Escribe: Silvana Jáuregui


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María de los Ángeles Crovetto es una joven artista plástica. Vive y trabaja en Valentín Alsina, donde tiene su taller. Su producción artística refleja realidades sociales: con sus trazos golpea la conciencia adormecida. Desde el año ‘76 hasta el 2002, Ángeles pintó la exclusión y la desesperanza. Para reflejarlas, transitó lo colectivo, el barrio de la Matanza y sus paredes. Fue su forma de incluir a los desamparados y desprotegidos. Ya en el 2003 decidió que era posible el cambio. Aquel peronismo que había leído y aprendido desde la cuna, surgía de la mano del kirchnerismo. Entonces decidió ponerle el cuerpo y el alma a ese proyecto. Se lo enseñó la militancia y así lo piensa: “A través del arte se puede transformar la historia y la vida”. Y en ese devenir la pasión peronista se apoderó de sus producciones y su obra se inundó de carácter y poder.


¿Cómo fue que llegaste a ser artista?
Se dio naturalmente, desde muy chiquita. Vengo de una familia de militancia política peronista y, aunque también eran profesionales, el espíritu familiar estuvo puesto fundamentalmente en lo político. Quizás fue eso lo que más me marcó porque fue lo más cotidiano. Pinto desde toda la vida y desde luego que me lo estimularon. Desde niña tuve claro lo que iba a hacer. Fui a escuelas de arte, a talleres particulares, hasta que decidí seguir la carrera de Bellas Artes.

Esa marca militante que se profundiza en tu obra hace de vos una artista especial. ¿Se puede ser artista y militante?
Pienso que quizás hay una resignificación del artista siendo militante. A mí el estatuto “artista” me resulta extraño. No me siento identificada con ese mundo que representa. O sea la galería, el establishment del arte, el mercado, los grandes museos legitimadores. No me llevo bien con eso. Es por esto que no me siento identificada con la palabra o el rótulo de artista. Yo me siento más semejante a una trabajadora de la cultura, por llamarlo de alguna manera. Ahí sí, vinculo esto con lo que consideraban los expresionistas alemanes acerca del “artista obrero”. Es un trabajo también.

Un artista visto como trabajador, ¿estaría mejor conectado con el arte popular?
Por supuesto, mi obra aborda el tema social desde el peronismo. Hago la salvedad porque también se puede tratar desde afuera. Te diría que desde pequeña todos mis trabajos tuvieron un interés puesto en lo social o en la condición humana. Si observo mi obra retrospectivamente puedo decir que fui de lo universal a lo particular.

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En relación con esto, ¿qué podés decirme del arte político en general?
Lo que pasa con el arte político me parece bastante complejo porque no hay tanta bibliografía. Creo que hace falta un estudio más general e intenso respecto al arte y la política. El arte político se redujo a revistas de militancia y a la divulgación de algunas imágenes gráficas de artistas. Están sí los hitos como Carpani, el grupo Espartaco, el Di Tella, que fue más conceptual pero que también tuvo una implicancia política. Eso sí, el arte político está absolutamente conectado con el momento político que atraviesa. Por ejemplo, Carpani tiene murales hechos en condiciones de cuasi democracia y, cuando no la hubo, la estética visual se redujo a un panfleto rápido o a pintadas. O sea, los murales desaparecieron porque no había tiempo real para hacerlos. Tenías que pintar una consigna e irte. Por eso ahora yo, nacida en democracia, tengo una mirada diferente. El mural se naturaliza, uno piensa que las paredes hablan y que uno puede expresarse y hasta confrontar de esta manera. Hoy la gente que pasa te puede gritar cosas a favor o en contra, algunos te aplauden, otros se acercan para hablar sobre la temática de lo que estás pintando.

Hay una brecha entre los que piensan que el arte político no es arte y los otros que juegan todo en este terreno.
Creo que es como la vida misma. La gente que dice ser apolítica por omisión igualmente es política en la vida. Para mí el ciudadano está siempre en el artista. No hay una escisión del artista genio creador y el ciudadano. Tiene que haber una coherencia en eso. Entonces si uno está comprometido con el contexto histórico que le toca vivir, algo de todo eso tiene que transferirse a una creación estética. Si no, pienso que es un modo de evasión de la realidad. No quiero ser determinante en este razonamiento, desde ya que respeto el trabajo de colegas y de otros artistas con otras posturas, pero la mía al menos es que no estaría siendo honesta conmigo. Además me parece que esa postura no transforma la realidad. Termina siendo una especie de individualismo donde pintar es una sensación con una gran sabiduría técnica, eso está fuera de discusión y puedo ser muy bueno, pero, ¿qué está diciendo esa obra al mundo?

¿Y vos con qué te quedás? ¿Qué elegís decir?
Yo me quedo con una obra que pueda generar un espacio de reflexión y de compromiso. Para mí la estética es ética también, no está separada. Es por esto que la figuración que intento abordar tiene que ver con la conmoción. Es decir, que hay una instancia de conmoción y después cuando esa conmoción decanta, dejar pensar al espectador para que vea qué le pasó y después que piense con qué se identifica y con qué no. Amor y odio, eso pasa con lo que produzco.

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Dentro de tu temática resalta una Eva Duarte propia, tuya, pensada. ¿Cómo surge y se modela esa idea?
Tuvo que ver con el hecho de arribar a la adultez y verse uno como un actor político. Tuve la necesidad de plasmar mi militancia territorial con lo que había mamado toda mi vida. Esto me hizo muy feliz. Así como se dice que “los días más felices fueron peronistas”, también fueron los más sufridos. Fue una manera de decir lo que pienso. Tomé a Evita por lo que representa su figura. Siempre digo que Evita es la dimensión emocional del peronismo, pero no una emocionalidad abstracta sino que está anclada absolutamente en una realidad efectiva. Evita hizo cosas, materializó logros, no era una figura y nada más. Es ese el lugar que me interesaba mostrar, sin poner en discusión una Evita sin Perón. Me identifico con ella quizás por un tema de género, hasta de carácter, con su figura y también con su humanidad. No creo que sea santa, no creo en las estampitas, y mucho menos de una figura política. Eva desencadenó en mí un montón de imágenes que permitieron subvertir esa imagen que se puede tener de ella. Claro que esto me trajo problemas, amenazas de muerte y hasta censura. En mi lectura Evita es el hilo conductor del peronismo en la primera resistencia, en los ‘70 también y hoy. Este hilo es lo que me permitió abordar toda la historia del peronismo. De dónde venimos y de dónde vengo yo también.

Hablando de historia y en el marco de tu muestra “La década ganada”, ¿qué opinás desde un punto de vista artístico? ¿Qué cosas creés que se ganaron y cuáles aún quedan por hacer?
Creo que la cultura es resultado de un Estado de bienestar, es el reflejo. Es la base de todo, por eso lo de la batalla cultural. También pienso que si no comés, no te va a importar mirar una pintura ni escuchar buena música. Entonces, desde ese punto, creo que hubo un avance enorme que tiene que ver con todo lo logrado políticamente. Eso es un correlato y va de la mano de la producción cultural. Me acuerdo cuando trabajaba pintando murales comunitarios en la Matanza y esto empezó en estos diez años. La Matanza se llenó de murales y esto no existía antes y no es que con Néstor empezó la democracia. Estamos desde el ‘83. Hay muralistas que vienen trabajando hace mucho, pero son contados. A lo que voy es que esto se transformó en una política de Estado, el tema del mural como una herramienta de inclusión. También pasó que proliferaron por todos lados murgas, infinidad de talleres en Casa de la Cultura y centros culturales. Todos con resultados realmente muy valiosos. Una de las concreciones que se va a inaugurar y que va a ser “la imaginación al poder”. Pero peronista [Risas], es Artépolis, es el Centro Cultural Néstor Kirchner que queda en el ex Correo Central. Eso es majestuoso desde lo simbólico y por la totalidad con la que está pensado. La mirada va a estar puesta en la cultural popular. De hecho pude conocerla a Cristina…

¿Cómo fue esa experiencia?
Fue una experiencia más personal que política. Cristina es una mujer con una energía inexplicable. Tuve la oportunidad de felicitarla por esa obra (Artépolis). Le comenté que después de hacer los murales comunitarios trabajaba en Casas de Cultura de la Matanza, donde la población muchas veces era problemática y otras veces estaba incluida, pero eran analfabetos. Entonces, ¡cómo enseñar a pintar a alguien que no sabe leer ni escribir? Parece una tontería pero no lo es, tanto por la oralidad para enseñar como por lo difícil de indicar un pensamiento más abstracto. Paulo Freire me ayudó muchísimo. Se lograron producciones realmente de muy buena calidad. Esas producciones, que está muy bien que se hagan, quedan olvidadas después de la muestra de fin de año de la Casa de la Cultura. Lo que le comenté a Cristina es que me parecía que faltaba ese salto inclusivo de que esa producción cultural barrial esté ahí. Y me dijo que sí, que esto iba a ser popular. Constatar que esto es así fue una alegría para mí. Y yo voy a pelear por eso, ese es mi compromiso.

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¿Qué proyecto tenés a futuro?
Quizás en algún momento me enfoque en los años ‘70. Una temática que refiera a la militancia de aquellos años. Así como hay un revisionismo histórico, yo aportaría desde una lectura plástica. La vinculación con el arte y la política va a estar. Sigo mis convicciones, espero que la vida no me haga cambiar. La idea es seguir trabajando hacia atrás y hacia adelante. Hoy la muestra que circula tiene que ver con Evita y se titula “Maravillosa furia”, son veinte obras sobre ella. Estuvo en el “Salón de los Pasos Perdidos”. Los Diputados de la Provincia de Buenos Aires nombraron la muestra de interés legislativo por unanimidad. Después muchas organizaciones políticas y universidades me convocaron. La satisfacción enorme que he tenido es la devolución de la gente, muchos han llorado y se han emocionado. Cuando yo estudié, había una frase que te decían que era “con poco se dice mucho”. Después me di cuenta que a veces se hacía poco para no decir tanto. Entonces tiré a la basura esa frase y, diciendo muchas cosas juntas, recibí a un espectador que tiene un vínculo mucho más afectivo que aquel que mira tu obra a una determinada distancia.

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“Lo que el agua no se llevó”, por Ángeles Crovetto
En ese lugar estuve, ahí mismo. Entre el barro y la lluvia. Las carencias. Ese día llegué a casa y realicé esta obra en horas, sin detenerme. Después escribí: “Todos los días igual. Con un movimiento automático saca su silla despelada pero con cuatro patas y la hunde en la entrada de su casa. En ese barro la acompañan su perro, sus tres hijos, alguna vecina. Charlan y me invitan a sentarme. Esa mamá tiene una sonrisa inesperada y toma mate mirando de los pies para arriba, a la nada. Me dice que el agua se lleva todo, que no da ganas de tener nada para cambiar, porque otra vez el agua se va a llevar todo. Me comparte a su bebita de dos meses. La bebita está de punta en blanco, ni una manchita, blanca como los dientes de su mamá. Abre los ojos y me mira fijo. Ojos negros chiquitos me miran fijo, le canto y se sonríe. Bebita está por arriba de los pies, volando sobre el suelo. No sabe que en un año le va a tocar aterrizar y su impolutez ya no la va a poder evitar nadie. En un año va a caer en el barro y en la mierda como su mamá, como su papá que heroicamente logra salir a trabajar como puede, como su hermanita que tiene los pies embarrados y su hermano que tiene las rodillas también embarradas. Y esa mamá que me ofrece un asiento y un mate, chupa de la bombilla lo que no puede decir ni por los ojos. Mientras sonríe llora. Y los ojitos de la bebita no saben.”