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El 22 de diciembre de 1987 fallecía Luca Prodan. Su figura atravesó muchas etapas: fue un reventado, un adelantado y también, para muchos, un genio a la hora de concebir su arte. Quizás, porque él vivía lo que hacía, y sólo hacía lo que le gustaba. Para Andrea Prodan, su hermano menor y líder de Romapagana, “Luca podía transformar la energía del lugar en algo maravilloso”. Andrea nos recibió en la casa de Fabián “Rojo” Limardo, guitarrista de la banda, en el barrio de Monserrat. Fueron casi dos horas de entrevista donde pasamos por todos los temas que se te puedan ocurrir: desde Romapagana hasta la muestra “Luca. El sonido y la furia” que se expone en el Museo del libro y la lengua. Si hay algo que quedó claro es que, al igual que Luca, Andrea también hace lo que le gusta. Y se divierte con eso, así sea grabar el disco en un patio o cambiar las letras a avisos de publicidad como mensaje en contra de los mismos productos. Y en definitiva, eso es rock.

¿Qué es Romapagana?

Andrea: Romapagana es lo que me sale cuando tengo una guitarra eléctrica encima y tengo al Rojo tocando su guitarra, a Diego en el bajo y a Cristian en la batería. Cuando compongo los temas tengo una idea en la cabeza. Normalmente empezamos con algunos riffs que me parecen interesantes, después le canto encima con una melodía como para darle una estructura. Algunos temas aparecieron en la sala, también. Es como un arquitecto que construye su juguete. Un primer momento de Romapagana fue tocar para nosotros y empezar a construir un cuerpo de música que nos representara, que fuera una música urbana, hecha para Buenos Aires pero que venía desde mi energía más británica. Con el pasar del tiempo, tenés ganas de guardar estas canciones y atraparlas en un disco. Romapagana es una banda que ya tiene diez años y sólo un trabajo de estudio. Me parece bien. Hay otras bandas que hoy en día graban un disco y no han tocado en público. Nosotros al revés, vinimos muy tarde al disco y lo grabamos en muy poco tiempo, porque ya sabíamos exactamente lo que queríamos hacer. Después hemos utilizado más tiempo en la sala de grabación con lo que son los efectos, las voces. O sea, jugar con una post-producción como se hace en el cine. A mí me encanta esta parte, es divertido. Podés hasta sorprender a la banda misma. O el Rojo, que le pone unos arreglos o unas formas para darle más sutileza al sonido de la banda, pero manteniendo su esencia.

Rojo: Es la realidad de lo que veníamos tocando, era esa la idea, ¿no? No invitar violines, pianistas, charanguistas.

Andrea: Queríamos hacer algo parecido al primer disco de AC/DC, que no tiene nada que ver con nosotros pero es un disco de rock puro. En el primer álbum uno quiere ser limitado. Es como la primera película de un director: trabajás con pocas cosas e intentás usarlas bien. Más limitaciones tenés, más te empuja a que hagas algo original. Hoy en día uno puede empezar con seis mil tipos en falsa orquesta, todo. Podés ser muy ambicioso, pero la idea era ser originales en un contexto más chico. Después está el tema de si el disco se parece a Sumo. Mirá, arrancar el disco con el tema con el que arrancamos (“¿Ordeñaste, mi amor?”), es casi un suicidio. Es un tema en castellano donde yo tengo un acento parecido a Luca, porque yo hablo castellano como habla un anglo-italiano.

Rojo: Y encima, casualmente sos su hermano. Algún timbre de voz habrás sacado.

Andrea: Uno que no escucha todo el disco o no tiene tiempo o no tiene la cultura musical para analizarlo, puede decir “Uy, loco, parece un poco mucho” o “Parece en parte Sumo”. Pero realmente si conocés la banda, te das cuenta que no hay mucho en común.

 

Antes de hacer música te dedicabas a la actuación, ¿no?

Andrea: Sí, había actuado en 40 películas y no estaba feliz. Había perdido mi identidad. Cuando era niño fui solista del Coro de Canterville, de los más famosos coros de Inglaterra. ¡Es absurdo! Yo saco un disco como solista de este coro cuando Luca no había agarrado la guitarra para tocar, siquiera. Luca era como un fan. Me tomaba el pelo porque yo era un nene de 11 años que iba de gira por catedrales de Europa cantando y mi hermano era un vago, hippon. Me acuerdo que él salió a comprar ese disco y se cagaba de risa porque una de las canciones que yo cantaba era una cosa como de gala inglesa que empezaba con el verso: “¿De dónde sale esta deliciosa fragancia?”. Y Luca decía: “¡Están hablando del faso! ¡Andrea! ¿No te das cuenta? ¡Estos monjes de mierda fumaban!”. Eso era en el año ‘71. Cuando vi el sketch de Capusotto, ahí me confirmé que si Luca hubiera estado vivo, habrían sido buenos amigos. Tienen el mismo modo de mirar: analítico, al mismo tiempo ridiculizando todo, pero siendo también políticos a su manera. Entonces, Luca no conocía ese costado musical hasta ese momento. Acá es todo un quilombo, la gente te chamuya, pero andá a vivir en Inglaterra, yo te quiero ver. Fijate que los ingleses son como ovejas, respetan todo lo que se les dice. Son tan educados que dicen: “Cómo me gustaría hacer mierda todo, pero no puedo”. Y en las guerras mundiales descargan un poco de su violencia reprimida. Es propio de Inglaterra, la violencia y el humor, tiene ese equilibrio maravilloso entre ambas.

¿Cuáles fueron tus influencias?

Andrea: A mí me pegó mucho el punk. Los ingleses adoran también romper ese “orden” cíclicamente. Los Beatles rompieron con el orden de una Inglaterra toda cuadrada. Primero era más pop y los viejos los odiaban, decían: “Estos que hacen bailar a nuestras hijitas y las hacen tener orgasmos con 14 años, ¡esos cuatro hijos de puta!”. Después pasaron a las drogas pesadas y toda la época del disco blanco, y los viejos decían: “Si hubieran quedado así, cantando cancioncitas, serían re copados”. Después se muere Lennon y “Ay, pobre Lennon, era una maravillosa persona”, cuando lo odiaban porque decían que andaba con una japonesa de mierda. Los ingleses viven de eso. La gente es rara, ¿viste? Con el post-hippie, en Inglaterra empiezan todas esas bandas progresivas. Son todos tipos que estudiaron años de guitarra, pajeros del teclado y que sacaban música para cierto tipo de finolis. El rock nace para el pueblo y parecía que el pueblo no tenía acceso a él, porque era para la clase alta. Y cuando llega el punk, era el momento de aquellos que adoraban a Genesis o Pink Floyd y estaban hartos de esas mega estrellas que se sentían tan especiales. Eran muy pocos los que hacían una banda de rock.

Rojo: Hace 30 o 40 años no era bien visto ser músico, los que se metían en la música era porque tenían ganas de tocar. Es como los escultores de ahora, el que se mete en escultura lo hace porque le gusta. Los pibes de 15 o 17 saben que siendo futbolistas se llenan de plata y se van a jugar a Europa, o siendo rockeros se ganan minitas. Ahora tocás en la tele o en algún lugar medio importante y ya sos amigo de Maradona o del vicepresidente.

Andrea: Si vos leés la entrevista a David Gilmore, dice que entró a Pink Floyd para levantarse minitas. Pero eran artesanos que venían de una pasión muy profunda. No existía MTV que lanzaba las bandas estéticamente. Vos primero tenías que inventar todo un mundo sonoro, original, y después empezabas a tener fans. Cuando empieza King Crimson, todos los de las otras bandas preexistentes iban a ver esos shows. En Inglaterra cuando alguien es bueno van y le dicen. Y cuando es malo, también. Es un poco distinto que acá o en Italia. Acá la gente es muy generosa, lo ven los amigos y le gritan: “¡Genio!”. ¿Qué genio?, ¡si es un pelotudo! Lo lindo de Argentina es que hay mucha gente que no le da mucha importancia a si la banda está buena o no, quieren estar entre amigos, ir al show y hacer un poco de quilombo. Es un país que perdona un poco más las cosas que no son perfectas y le gusta la noche, le gusta pasarla bien. La diferencia entre Inglaterra y Argentina es que los ingleses estuvieron continuamente inventando nuevos modos de encarar la música. Entre los 60 y los 80 había muchísima creatividad. Y acá estaban bandas que copiaban muchísimo. Spinetta fue uno en quien, en una primera época, reconocí similitudes con Genesis y Deep Purple pero terminó haciéndose la trayectoria, muchísimos se clavan ahí. Pappo está buenísimo, pero realmente es un blusero típico. Yo no estoy levantando la bandera inglesa, pero así como el tango es re argentino y a mí me chupa realmente un huevo ver a coreanos haciendo tango (aunque sea perfecto y todo), el rock, todavía en mi cabeza, es más británico e inglés. Me parece que ese fue el lugar que nos dio el rock. Romapagana me gusta porque es una banda de acá. Pero está basada en cosas que me encantan y formas y sonidos que vienen de Inglaterra porque eso es lo que mamé y para mí eso es el rock. Tampoco hay que intelectualizar y explicar todo. Uno toca, hace lo que le gusta y lo que le sale.

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¿Le dan bola a la escena rockera?

Andrea: Yo no quiero volver siempre a mi hermano, pero recuerdo que le preguntaba qué bandas estaba escuchando, cuando Sumo ya tenía muy buen público, excelentes temas, todo. Era a fines del ’82. Y él me respondió que ahora que tenía su banda no escuchaba más nada. Por ahí The Cure, por las letras, aunque al principio pensaba que era una bandita medio punk-pop boludo. Le gustaba Graceland de Paul Simmon. Y sus viejos amores, como Lou Reed. Pero estaba más que nada pensando en el sonido de su banda y en un punto creo que eso está bien cuando no está pasando algo realmente impresionante ahí afuera, cosa que no pasaba por esos años. Hoy tampoco estamos viviendo en un mundo que esté creando mucho. Estamos en el reflujo, todos están escuchando cosas del pasado. La gente dice: “Yo fui a ver unos rockeros de verdad. Gente que hizo la historia del rock”. Entonces, si eso es lo que está pasando ahora, quiere decir que el rock realmente fue un movimiento. Es como decir “Yo vivía en Francia cuando existían los surrealistas. Yo estaba en esa época”. Uno piensa que el rock va a tener una eternidad creativa en el futuro. No es así. Tuvo su ciclo, hubo ramas muy interesantes, un momento de máxima creatividad, un reflujo y ahí empezó la muerte de todo eso. Tiene que ver con Romapagana porque cuando nosotros tocamos me doy cuenta de que, por cómo vivimos la banda, la gente comprende que tocamos un rock que no tiene que ver con la música de ahora. Tiene que ver con las sensaciones que creaba el rock en otra época. Yo lo siento tocando y, si lo siento yo, creo que eso se transmite. Uno hace lo que puede de acuerdo a cual sea la intención o la vibración en una época.

 

El sonido y la furia

Fotografías, discos, instrumentos, grabaciones sonoras y objetos que pertenecieron a Luca. Todo eso se expone en la muestra “Luca. El sonido y la furia”, que puede visitarse en el Museo del Libro y de la Lengua (al lado de la entrada principal de la Biblioteca Nacional) entre diciembre y marzo de 2015.

¿Cómo surgió la idea de la muestra?

Andrea: Yo empecé a publicar relatos en Facebook de mi pasado, observaciones sobre cómo era Argentina la primera vez que vino Luca. En un momento, Daniel Riera, que yo no sabía quién era, me escribió y me propuso hacer una muestra. Me conectó con la gente de la Biblioteca Nacional, que estaban haciendo bastante movida en el Museo del Libro y de la Lengua. Estaban entusiasmados con hacer una muestra de Luca porque viene con un bagaje increíble.

 

¿Y cómo eligieron qué exponer?

Andrea: Vivo en Traslasierra y ahí tengo todas mis cosas. Mi mamá y mi hermana fallecieron hace poco en Italia y yo me volví con un montón de material. Vienen tres tipos de la Biblioteca Nacional a mi casa en Nono. Alquilaron una casa con pileta al lado, tres días. Estuvieron mirando todo, flasheando y yo pensaba: “¡Qué laburo buenísimo tienen esos chabones!”. Venían a mi casa y yo les mostraba todo, escuchamos discos. Yo me cagué de risa. Ellos intentaban intelectualizarlo y yo les decía “Vos sos un vivito de mierda”. Vinieron como intelectuales y se fueron como “¡Vamos! ¡Esta va a ser la mejor muestra!”. Era tanto material que en un momento me dijeron “Pará, loco, esto es demasiado”. Y terminamos usando sólo material mío. Les dije que la muestra tenía que tener algo de la esencia de Luca. Él entró a las patadas a este país. Era un tipo que iba a cualquier lugar y transformaba una situación banal en una cosa maravillosa. Eso es Luca. Y siempre fue así, acá, en Roma o en Londres. Lo que pasa es que en Londres él tomaba mucha heroína y ya las cosas eran muy pesadas en la sociedad. Cuando llegó a la Argentina, como resucitado de la muerte, me dijo que habiendo estado en coma tuvo una visión de él luchando con “el diablo”, y que logró ganarle. Era raro que hable así, nunca fue religioso. Y se fue a Traslasierra que es el culo del mundo argentino. Estaba con las vacas que había comprado porque no sabía qué hacer y empezó a componer y a escuchar el rock argentino. “Acá no pasa nada. Hay bandas que están bastante buenas, pero acá no pasa nada. Acá hay que hacer algo”, dijo. Entró y ya estaba armando algo para activar a la gente. Él nos cuenta esas cosas en un cassette, con una frescura tremenda. La primera vez que tocó en Argentina quedó fascinado. No era agrandado y se preguntaba por qué le gustaba tanto a la gente lo que hacía. Creía que era porque él venía con una energía que acá no conocían y estaba para levantar los ánimos de una cultura musical que percibía triste. Agarró a Daffunchio y dijo “¡Vamos!”. Así nació Sumo. Todos después dicen “un genio”, “un artista”. Luca era un recontra ornitólogo. Las primeras cartas que nos mandó eran todas sobre los pájaros que en Europa no había. Una bestia. Con la plata de las vacas y las tierras que vendió, volvió a Europa, vendió el departamento de Londres que mi papá le había comprado, de lo que cobró sólo una parte. Con esa guita, volvió a Argentina y se compró equipos, como el bajo que está en la muestra. Empezó a componer lo que después fueron los primeros temas de Sumo. Cuando fue a comprar los equipos, en el local estaban flasheados porque el tipo entró, se llevó de todo y se fue con eso a Traslasierra. Después se cansó de estar ahí y se fue para Buenos Aires. Y no le gustó mucho, porque él había vivido mucho la ciudad y sabía lo que era.

 

Durante y después de la guerra de Malvinas hubo todo un conflicto con la música en inglés. ¿Eso influyó de alguna manera en Sumo?

Rojo: Sumo venía con la onda de explotar para afuera y acá veníamos de siete años de milicos. La gente quería explotar y vino Sumo y explotó.

Andrea: Sumo fue una banda que no explotó. Tuvo un gradual crecimiento y en el último tiempo fueron consagrados pero siempre fue como una banda para entendedores. Luca se hartó de Sumo y la dejó. Él me visitó en Túnez, donde yo vivía en el ‘84, vino en un intento por ver si podía volver a vivir en Italia. Y ahí se dio cuenta. Con mis padres, cero onda. Italia, siempre más cuadrado, más comercial. Y en un punto, fue una pausa muy importante para que él comprendiera, a la distancia, que Argentina tenía cosas muy grosas, que si se ponían las pilas podían hacer cosas grosísimas. Entonces volvió, cerraron contrato con Sony, que era CBS en esa época, e hicieron los tres discos famosos. Sumo es la única banda realmente under argentina. Los Redondos no es lo mismo. Sumo le puso a la Sony la condición de escribir lo que querían, grabarlo como querían, vestirse como querían y no tener videoclips. Era una locura. Antes de eso, Sumo sólo había hecho 400 cassettes que vendían en el show: “Corpiños en la madrugada”. Yo tengo uno de esos 400, que ahora está en la muestra.

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