Editorial por Damián Cots

El miércoles pasado estuvimos en Plaza Congreso para decir: “Ni una Menos”. Éramos una muchedumbre reunida bajo la consigna de: “Basta de Femicidios”. Acá es importante hacer una aclaración. El concepto de Feminicidio, me parece más acorde porque hace hincapié en la violencia de género y no se desabrocha del significante del patriarcado. Pero empecemos por el principio: Fuimos a pedir, a reclamar, a manifestar nuestro repudio respecto a los asesinatos casi diarios (uno cada 30 horas) que se producen contra las mujeres en nuestro país. No puedo afirmar que estuve totalmente de acuerdo con todo lo que vi y sentí en la marcha pero me hago cargo sin excusas: Soy testigo directo de la violencia que se reproduce todos los días hacia la mujer. Y, aunque la consigna podría haber sido más profunda, no puedo dejar de pensar en que es cierto, que a la mujer se la mata diariamente. Se la mata con el lenguaje, con la cultura, y claro, también se la mata con las manos y con el cuerpo.

Es muy importante dejar en claro que lo que vibramos la semana pasada, va mucho más allá de los femicidios. Pero no es mi intención convertir este descargo en un palabrerío intratable propio de los talk show norteamericanos de los 90. Si bien el estallido mediático es fundamental para visibilizar los conflictos, tenemos que evitar la banalización porque izar una bandera tan grande en la pequeñez de una pantalla, arrastra el riesgo de que el discurso se recorte de manera incorrecta. Basta recurrir a nuestro origen para entender cuál debe ser el destino de nuestra lucha. Porque para entender qué es lo que está puesto en debate, es pertinente hacer un mínimo recorrido por la historia. ¿Ustedes saben qué pensaba Aristóteles acerca de la mujer?

Para Aristóteles, las mujeres pertenecían al ámbito privado; no participaban en la polis; eran sencillamente idiotas. La teoría de la civilidad de este muchacho establecía la presunción normativa de que la vida en la polis era superior a cualquier otra y que el único ciudadano con ese privilegio era el HOMBRE dotado. De esta manera, las mujeres, los esclavos y los niños no eran ciudadanos sino personas naturalmente gobernadas. Así, el lugar de la mujer se reducía a lo privado y a lo inferior.

¿Cuál es la fuerza que ha sostenido durante más de dos mil años tal orden de legitimidad de la desigualdad de los géneros? ¿Qué intereses han mantenido casi inalterable su eficacia y productividad a través de diferentes formaciones económico-sociales? Está claro que la vigencia de tan antiguo sistema patriarcal que legitima la desigualdad no es meramente una cuestión de persistencia de ideas sino que entra en juego aquí una historia de intereses políticos y culturales que va desde Dios al Capital, del Oro al Dólar. Y que, hasta el día de hoy, habita en tu sangre, habla con tu lengua y siente con tu cuerpo. Es tu parte femenina, tu parte masculina, tu parte bisexual, trans y transicional. Porque está claro que hombres y mujeres no somos iguales, pero esa desigualdad no implica un monopolio del poder. Los derechos de la mujer son, fundamentalmente, un derecho humano.

“Ni una menos” es la consigna con la que salimos hace 5 días a llenar las calles de todo el país. Era realmente necesario que se diese una movilización de estas características. Por lo emotiva y por lo transversal. Porque otra vez nos devolvió el emblema kirchnerista de que las minorías son la mayoría. Nos devolvió la lucidez para pensar en que el fortalecimiento del debate es de por sí, un principio revolucionario y que es, con aquellos principios, con los que se construye acciones nuevas, que profundizan y le prestan palabra a los grandes cambios. Decir simplemente, “Basta de Femicidios” no es suficiente para dar cuenta de todo lo que ocurrió el pasado 3 de junio. Porque el “Ni una menos” nos aporta un formato que redobla la apuesta de sentido. Es el sello de la feminidad, el reclamo no niega la falta y ese vacío que queda, nos habilita a debatir. Porque así como algunos eligieron poner en primera plana aquello de que “El estado es responsable”, otros creemos que todos somos responsables porque todos somos el estado. Por eso esto es un gran llamado de atención, una bofetada bien puesta a la misoginia. Una punta, una puerta que ahora quedó abierta para que todas aquellas mujeres que se sienten reducidas a una condición violenta, se violenten en el discurso. Salgan a la calle a construir un debate que nos haga repensar el concepto patriarcal de la familia. Porque la familia es la más patriarcal de las instituciones. Todos somos responsables como somos responsables de nuestros hijos. No pretendo meter a Aristóteles para hablar de filosofía, es más sencillita la cosa. Fíjense que las mujeres, los niños y los esclavos constituían un triángulo indivisible, una igualdad desigual: la de no tener derecho a participar en las decisiones de la sociedad.

Poco se habló de quiénes nos concentramos también por la lucha contra el abuso sexual. Y sí hablamos de abuso sexual, tenemos que hablar de los derechos del niño porque son esos mismos abusadores de mujeres, los no-padres que abusan de sus hijos. No es menor lo que pasó con el juez Piombo y Sal Llargués. Nos dimos cuenta que nuestras acciones podían modificar el triángulo de la justicia también. Hace más de 30 años que venimos pidiendo justicia por los responsables de la última dictadura militar. Las madres nos enseñaron que la violencia se denuncia públicamente, en la plaza del pueblo. Los hijos nos mostraron que el escrache era la única herramienta efectiva para impedir que los asesinos y los perversos caminaran libremente por las calles. Por eso, pienso en los derechos del niño, porque ellos, los más indefensos de todos, y en consecuencia de la que sufren las mujeres, están expuestos a todas estas violencias, también.

Siguiendo a Lloyd DeMausse, la historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos despertado hace muy poco. Cuánto más se escarba en la historia, más horroroso es el currículum de los derechos del niño. Fueron víctimas de la muerte violenta, el abandono total, los golpes, el temor, la esclavitud y claro, también de los abusos sexuales. Aún en los siglos XVII y XVIII en Francia y otros países de Europa, existía el infanticidio tolerado que si bien, era un crimen que se castigaba, solía legitimarse a través de la naturalización de los accidentes. Los bebés morían ahogados, en la cama de los padres. ¿Escuchaste hablar alguna vez de la leyenda del Rey Salomón?

Es recién en el siglo XIX que nace lo que hoy conocemos como infancia. Pongamos un ejemplo más cercano. En 1989, apenas hace 24 años, se realizó la primera Convención de los Derechos del Niño. Derechos que son pisoteados en las catedrales de la justicia. Sí, ahí donde se juntan los impecables, los obsesivos del orden y los campeones del silencio. Los expertos en dejar la verdad en manos de expertos. Los que cuando encienden la luz, iluminan la sombra de aquello que hemos dado en llamar: Patriarcado.

Los niños tanto más que las mujeres, han sido reducidos a la categoría de esclavos. ¿Qué podemos esperar de una sociedad cuyos valores están signados, significados, nominados y hablados por aquello que Marx definió bajo el nombre de capitalismo: un conjunto de valores, que replica desde Aristóteles hasta hoy la concepción de que el que manda es ese ser superior: el hombre. El Dios. El Juez. El hombre superior, aquél con el que muchos hombres, no nos identificamos.

La problemática de las mujeres, la protección integral de niños y adolescentes y la garantía del ejercicio de sus derechos, es un desafío fundamental del siglo XXI.

Ni una menos, es el comienzo, quizá, de una nueva era política, aquella que se recuperó del repliegue y la defensiva durante el kirchnerismo y hoy cuenta con la dignidad para pasar a la ofensiva y salir a construir no sólo los derechos sino los deberes que la sociedad necesita para sentirse mejor.

Bienvenidos a No Nos Queda Otra, un grupo de niños, mujeres y hombres que sabe que eso de la violencia es, sobre todo, una tarea para el hogar.

 

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