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En el momento que echaron a Víctor Hugo Morales de radio continental, se nos hizo un nudo en la garganta.
La lucha de años que el locutor llevó adelante contra las corporaciones pasó por nuestra mente en imágenes rápidas.
Sus abrazos con personajes reconocidos de la política, los derechos humanos y el arte, también.
Pero algo que no deberíamos olvidar es que él estuvo ahí cuando los que pasan horas en redacciones, hacen suplencias y/o cobran dos centavos reclamaban por lo suyo.
Estuvo con madres y abuelas de plaza de mayo.
Dio cátedras imperdibles de periodismo, nos enseñó muchísimo sobre música y teatro y siempre fue cordial con cualquiera que se acercase con una inquietud o un currículum.
Ese hombre alto y canoso, poseedor de una voz inconfundible, es lo poco (o mucho) de valiente que le queda al periodismo.
Fue uno de los primeros que entendió que los goles tienen que ser para todos y por eso lo arremetieron judicialmente.
Fue también quien nos enseñó que la libertad de expresión se pierde cuando el derecho a la información es violado por el precio de mercado que le ponen a la misma.
Morales no fue el único despedido de continental, pero que él esté entre los desplazados, tiene otro valor.
Es simbólico por todo lo que hizo y seguía haciendo.
Por representar a una gran cantidad de gente que entiende que el periodismo es otra cosa.
Pero también quieren asustar.
Pretenden que temamos y cerremos la boca.
Creen, un poco ingenuamente, que pensaremos “si lo tocan a él, qué queda del resto de nosotros?” y viviremos con la cabeza tapada hasta 2019.
No debemos darles el gusto, no tenemos que dejar que el poder económico decida qué podemos decir y qué no.
Victor Hugo tiene espalda política, comercial y periodística para estar mañana mismo en otro medio de comunicación.
Pero nosotros, mientras tanto, no tenemos que comernos ningún verso.
Porque no es que no le renovaron el contrato: lo habían hecho en diciembre de 2015, como hacían todos los años.
Tampoco se aclara cuáles son los incumplimientos que llevan a la empresa a echar a un hombre que por treinta años les dio una audiencia en constante suba con uno de los espacios publicitarios más cotizados de la radiofonía argentina.
Acá hay otra cosa y si no nos animamos a verla, nos atrapa la pantalla.
Esa misma que diagnosticó a la ex presidenta de una enfermedad inexistente; que dijo que Kirchner no estaba en el cajón y que crucificó a Cristina en una tapa que mejor ni nombrar y hablaban de libertad de expresión…
Hablo de la pantalla que te ponés todos los días delante, desde que prendés la televisión a la mañana para ver la temperatura hasta que discutís en la cena lo que escuchaste en el día.
La pantalla tenemos que crearla nosotros: ese colectivo de gente que ya aprendimos a no creernos ninguna noticia sólo porque esté en tal o cual medio.
Debemos informarnos entre si, crecer y creer que podemos crear, entre cientos de personas, un medio de la medida de Victor Hugo.
Uno con valor y convicciones, que no se venda a ninguna billetera y cuyo único objetivo sea informar.
Hasta entonces, estaremos aquí, poniendo un pie por delante del otro, a veces caminando y otras corriendo pero siempre con el amor por la lucha como bandera.

Texto: Rocío Alterleib

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