Escuchá la editorial completa del 1 de Febrero de 2016

Dedicado a Jorge Larumbe, un militante del carajo

Invitados al carnaval del bloqueo

los explotados, los detenidos

disfrazados bailan, se agitan,

sudan, se enferman

 

Invitados al carnaval del bloqueo

los explotados, los detenidos

disfrazados, simularán mezclarse

entre los quejidos de los muelles

sin siquiera golpear

el huérfano yeso que los acuesta

y que los hunde

 

Invitados a la comparsa del miedo

los amargados, los deprimidos

disfrazados corren, se agotan

piensan,

se retuercen

entre los huecos de la espera

y lloran

por el estómago

por la garganta, por la nariz.

 

Invitados a la comparsa del miedo

los jubilados, los despedidos

se sacarán por fin

el disfraz de la miseria

desenchufarán todos los espejos

y todas las pantallas.

Sin mucho que que perder

el temor será sinónimo de nada

Recién ahí,

los explotados, los detenidos

estarán listos

para contar su historia.

Y sin vergüenza ni paciencia,

mirarán de frente al pueblo.


Los de corbata amarilla representan un deseo velado. No es casual que hayan penetrado en el inconsciente de más de la mitad de los argentinos. Es que no hay que ser tan ingenioso para convertir lo siniestro en atractivo. Alcanza con ser lo suficientemente hijo de puta para estar siempre a disposición de la demanda imaginaria del otro. Ofrecerle la ilusión de que todo aquello que se le antoje es posible. Lo ilimitado seduce a la especie humana por defecto. Forma parte de nuestro propio lenguaje contemplar la inmensidad del universo, lo inacabable, lo inabordable. Es hasta incluso necesario pensar que hay un territorio desconocido en la vida para tener ganas de seguir explorándola. Así funciona el deseo. Pero una cosa es el deseo y otra, muy distinta, es el consumo. Cuando afirmamos que el neoliberalismo se enriquece con los pobres, no es una metáfora ni algo que requiera de la retrospectiva para confirmar la hipótesis. Es algo que está a la vista. El dios del consumo se nos presenta como la ilusión de completar algo que siempre nos va a faltar. Por eso el verdadero hijo de puta, el cínico, el perverso sabe muy bien que ofrecer. Porque aunque la satisfacción de esa demanda sea un imposible, la oferta se presenta como la única salida. Hoy te comprás lo último de lo último. Mañana eso ya es viejo, ya pasó de moda. Ahora los nuevos teléfonos inteligentes se tiran pedos en el aire y no dejan olor. Es que el consumo, es inacabable. Por eso hay que tener mucho cuidado con el tema de los límites. Porque si bien somos gobernados por el mito de lo ilimitado, de lo inacabable, es preciso acabar para llegar al orgasmo. Y ahí empieza el deseo, con ese límite. Los de corbata amarilla ya lo saben y por eso mismo, harán cualquier cosa para quitarnos esa sonrisa final.

Esos hombres y mujeres que te vendieron el paraíso amarillo, que enjuagan su omnipotencia con cristales de éxito, que se autoproclaman los científicos del diálogo y te quieren vender el experimento de que juntos podemos. Esos cínicos de corbata amarilla te van a prometer un cielo que no va a llegar ni con tu muerte y si acaso te atrevieras a cruzar del otro lado del océano, te dirán que te esperan abominables fieras hambrientas y que tu destino no será otro que el que la suerte del infierno te depare. Esa gente de corbata amarilla, viene por tus derechos, viene por tu pan, viene por tus sueños. Así de ilimitado es el consumo y así de sangriento es el colonialismo.


Jorge tiene 66 años. La primera puntada que sintió en el pecho fue un día antes de la nochebuena. Eran alrededor de las 9 y media de la mañana cuando salió de su casa con el estómago prácticamente vacío. Se había chupado dos mates amargos y le había sobrevenido el antojo de acompañarlos con esos vigilantes de la esquina. No era lo más recomendable para su dieta, pero el escenario de las festividades le brindaba cierta impunidad para darse algún que otro gusto. Aunque intentó evitarlo, se fue de la panadería con un generoso paquete de facturas. Es que Cecilia y Alberto, lo conocían desde hacía más de 20 años y no se resistieron a pedirle por favor que mirara unas manchas de humedad que le habían salido en el cuarto donde ellos dormían. La habitación como todas las del lote tenían salida al patio techado donde estaba el horno y las instalaciones del negocio. El gordo Alberto vivía ahí desde que Jorge se había recibido de arquitecto. Todavía tenía guardados los dibujos que él le había preparado antes de empezar con la obra. El negocio fue una línea de fuga para el gordo, como si hubiera intuido que estar metido en política tarde o temprano, le rompería el corazón. Y así fue. Lo traicionó su compañero de fórmula y el decidió ponerse a amasar. Sin embargo, su capacidad de cuadro estaba intacta. Era la panadería más popular del barrio. Y, además, el gordo había encontrado un límite que le ordenaba las ideas: no se movía de ahí. Quiénes querían conversar con él, ya sabían dónde encontrarlo. Era común toparse con algún diputado entrando por la puerta de al lado del negocio, los funcionarios del PJ lo visitaban de lunes a viernes. La política desfilaba por ese pasillo durante todo el día. Pero la prioridad del gordo era su negocio, la herencia de la abuela, el sueño de su padre. El gordo los recibía al lado del horno, los mataba de calor. Era el precio que le ponía a sus consejos. Era la libertad que se merecía por haber dado un paso al costado a tiempo. Porque en el PJ si todavía había alguien a quien todos respetaban, ese era el gordo Alberto.

Jorge prometió mandar una persona que rascara un poco esa pared y advirtiera con precisión de dónde podía venir la pérdida. Antes de irse, cometió el error de preguntarle qué carajo había pasado, por qué habíamos perdido las elecciones, por qué el pueblo llenaba las plazas y nadie asomaba la cabeza.

‒¿Qué dirigentes? ‒preguntó Alberto con ironía. ‒Hay muchos que están mirando para el otro lado, ¿O qué te pensás, que la provincia la ganó la derecha neoliberal del PRO? La provincia la perdió el justicialismo, Jorgito. Muchos intendentes nuestros llamaron para pedir boletas del PRO ese domingo. ¿Querés que te cuente de Lomas de Zamora, querés que te hable de Merlo? ¿Y el congreso? ¿Que está cerrado por decreto? Que sesionen en la plaza viejo si tienen huevos. ‒Cada dato del Gordo Alberto era una palada de tierra húmeda en la conciencia de Jorge que salió de la panadería con el estómago revuelto.

‒¿Quién lo dejó entrar a Lanata 1 para que entrevistara a Lanatta2? Las preguntas del gordo resonaban en su cabeza y lo hacían sudar. Jorge aceleró el paso en la bocacalle y sintió una puntada en el pecho. No podía más que frotarse con las manos hasta que el dolor finalmente desapareciera. Decidió caminar con mucha paciencia los metros que le quedaban y una vez que estuvo en su casa, cebó otro mate y abrió el paquete de facturas. No podía dejar de preguntarse por qué esa mujer se había ido y si algún día volvería.

Jorge se hizo kirchnerista en el 2008, la crisis del campo no sólo había partido a su familia a la mitad. Igual había sucedido en el trabajo, en el club y en él mismo. Eso que algunos dieron en llamar La Grieta a Jorge le gustaba explicarlo como un fenómeno de condensación: Un aire húmedo que generaba moho en el pensamiento.

En los últimos años que visitó su pueblo natal, en el corazón de Santa Fé, Jorge había sido testigo de cómo la condensación había generado manchas negras y amarillentas. El óxido de la pequeña población destilaba odio. Y eso, realmente dolía. Pero había algo irresistible en respirar ese aire húmedo. Algo del orden de lo ilimitado, algo relacionado con el atesorado enigma de lo inacabable, con el infinito olor de lo inexplorado. Porque son los límites los que constituyen una identidad y no otra. No somos todos iguales. Claro que no, pero estamos cocidos por el mismo hilo y cuando se siente esa puntada en el pecho es como si la abuela gritara desde el más allá o como ese primer llanto al salir disparado del vientre. Eso sintió Jorge en silencio, en la mesa del 24 de diciembre del 2015. Por supuesto que no dijo nada, se hizo un buche de impotencia y tragó con whisky todos los recuerdos del patio. Aplastó la imagen del tano, su viejo, dándole a la manivela del toldo, la escondió abajo de la ojota, cerró las rodillas con miedo y sin querer, sintió el caño frío del triciclo yendo de la pajarera al campo, de los pastizales con escarcha al cuartito donde estaba el hacha y como un acto reflejo, sacó los pies de la ojota y sintió la humedad de la tierra. Cerró la boca con fuerza y prometió que cuando volviera a ese poblado santafesino de 500 habitantes el cielo sería nuevamente peronista.

Fue justamente en el kilómetro 55 que le volvió el dolor. Un hachazo en el tórax. Un calambre en el brazo izquierdo. Tomó el volante con la mano derecha y fue desacelerando de a poco hasta tocar la banquina. Una vez que el motor se detuvo, la puntada en el pecho se hizo más fuerte. Le molestó la sonrisa de sus primos, la bandera amarilla en los alambrados, las preguntas del Gordo Alberto que se venía respondiendo hace un par de semanas. Comenzó a transpirar, se vio empalidecer frente al espejo retrovisor. Sintió que ya no podía respirar y apretando los dientes se preguntó nuevamente por qué ella se había ido y si algún día, volvería.

La última vez había sido el 9 de diciembre en la plaza y un poco ella le había advertido con particular detalle que había que tener cuidado con la censura y con la división. Los días pasaban despacio, pesados como pianos, huecos, desafinados. Jorge empezó a sentirse cada vez peor. Un día se levantó con antojo de facturas y pensó en volver a lo de Cecilia y Alberto. Alcanzó a hacer 50 metros que sentía que no podía más. Era como si hubiese ido hasta Luján de un tirón. Los dagazos en el tórax eran como contracciones. Algo pujaba por salir pero Jorge sentía que se le atoraba en el estómago, le oprimía el pecho y la garganta. El cuello le sudaba y le costaba respirar. Pensó que era como un asma del alma. Pensó que debía volver a su casa, pero ya no tenía energías. Con gran esfuerzo alcanzó a sentarse en el umbral de una casa vecina. Por suerte llevaba consigo el teléfono. Respiró hondo y llamó al médico.

Jorge fue internado ese mismo día en un hospital del barrio de Almagro. El cirujano esperó unas 48 horas hasta ordenar la operación. Era importante que no tomara contacto con el mundo exterior. Quizá por eso sintió gran alivio cuando llegó a la sala de terapia. La luz de tubo caía en su cabeza y era reconfortante pensar en la posibilidad de que esa puntada desapareciera para siempre. Lo última que recuerda es la voz del anestesista que le sugería que pensase en algo lindo.

La cirugía duró unas seis horas. Le realizaron 4 by pass. El cardiocirujano se mostró muy conforme con la operación y lo mandó a la casa. Pero los siguientes días Jorge tendría alucinaciones o más bien, restos de ellas. Estaba seguro que le habían escaneado el cerebro. Recordaba a la perfección que uno de los hombres con delantal blanco ubicaba una zona específica de su pensamiento a través de una fórmula matemática. Un algoritmo le revelaba aal hombre de corbata amarilla la cantidad de programas escuchados de Víctor Hugo Morales y localizaba el lugar exacto en dónde se encontraban las representaciones mentales referidas al periodista uruguayo. Jorge aún hoy tiene la sensación de que le quieren controlar las ideas. Todas las alucinaciones que suelen producirse en un estado de duermevela, finalizan con la aparición repentina del anestesista que ajusta su corbata amarilla, ríe y lo inyecta.

Jorge se levantó hoy a la misma hora que salió el sol. Se miró de frente al espejo y vio el tajo que lo partía a la mitad. Le habían sacado una parte de la pierna para ponérsela ahí, cerca del corazón. Le habían construido unos cuantos puentes coronarios. Pasaron 63 días desde que la vio por última vez. “Podemos mirar a los 42 millones de argentinos y juntos mirar al cielo para saber que ahí están orbitando los dos primeros satélites creados por los argentinos” había dicho ella. “Los periodistas nunca tuvieron tanta libertad como en nuestro gobierno” “Espero una Argentina sin censuras, una Argentina sin represión”. Jorge de pronto recordó con claridad sus palabras: “Ya podemos escuchar el aleteo de los buitres” advertía. “Hay que transformar el enojo en acción” había dicho y Jorge pensó que le estaba hablando en el oído. Una vez que pasó la pava al termo y la yerba al mate, Jorge metió los brazos para dentro y se sentó. Era necesario que lo hiciere porque la herida debía cerrarse lo antes posible. Cuando cebó el segundo, escuchó el timbre. “A los ojos de los jóvenes no los miro porque en ellos me miro yo”. Pasaron unos segundos y detrás de su hija lo vio venir al Gordo Alberto.

‒Traje facturas. Tu hija me contó que podías comer sin problemas ‒dijo el gordo y tomó asiento.

Jorge sonrió y le explicó que no tenía mucha hambre y que si bien eso no era nada bueno, lo iba a aprovechar para bajar un par de kilos.

Estuvieron un buen rato tomando mate. Ya eran nueve y cuarto cuando lo vio salir por la puerta. Hamlet Lima Quinta describió alguna vez a la gente que es así, tan necesaria, que con sólo decir una palabra enciende la ilusión y como al gordo, uno lo puede encontrar a la vuelta de la esquina. Alberto era un tipo humilde, optimista, pero estaba igual que Jorge, caliente como pulga de oveja. 63 días de destrucción, de desamparo, de cinismo. El sí que había transformado el enojo en acción. Y a eso había venido a verlo a Jorge. Por eso antes de irse, le dijo.

‒Afiliate. No seas pelotudo. ¿Vas a dejar que estos traidores se regocijen con sus negocios? Hay que meterle medio millón de afiliados y que se vayan a copular con el poder afuera del partido. Que nadie se equivoque Jorgito, podemos ser algo más que alfajores. Tenemos a los pibes. Tenemos al rusito. Hay que explotarlo al máximo. La tenemos a ella. A una parte de ella, a la que internalizamos, nos tenemos a nosotros, carajo.

Jorge agarró la birome y sin pensarlo, firmó.

‒Antes de que te vayas gordo quiero que me expliques por qué se fue y si algún día va a volver. ‒El gordo Alberto se guardó la ficha en el bolsillo del saco y le respondió:

‒Se fue porque la echaste y va a volver porque no puede vivir sin vos.

Los de corbata amarilla están entre nosotros, están adentro nuestro, son infiltrados de nuestros propios deseos, son servicios a disposición del goce, son traidores por estructura. Lo ilimitado seduce a la especie humana por defecto. Y a Jorge, tal vez, lo sedujo la idea de la muerte. Se creyó que eso que él tenía dentro suyo, que aquello inconfesable, inhabitable, indecible, eso que le daba una puntada en el pecho, era una salida a su pregunta. ¿Por qué se había ido Cristina, por qué lo había abandonado? Si tenían tantos proyectos en común, si tenían un futuro planificado, si estaban dispuestos a darlo todo por el otro. Si habían construido la casa de sus sueños. Es que los deseos se construyen a base de límites, los sueños son la industria de lo imposible y la realidad es la ficción de lo real. Jorge, en algún lugar de su inconciente, ya lo sabía. Cada hachazo en el tórax, cada puntada en el pecho, le agujereaba el alma. Y seguramente fue ahí, en esos huecos, en esos agujeros, en esa sensación insoportable de vacío, donde hubo que hacer puentes para llevar sangre al corazón. En definitiva, Jorge sabía que si estaba todavía vivo por algo era.

“Yo pido que Dios ilumine a toda la dirigencia argentina”, había dicho ella. Y cuánta razón tenía. Y cuán necesario era encontrar a tipos como el Gordo Alberto. Jorge metió los brazos para dentro y se levantó. Caminó hasta la radio y luego de 63 largos días sin escucharla, la encendió.


Buenos días mis queridos rebeldes, no hay nada más fantástico que la realidad, nada más material que un sueño, no hay nada más preciso en este momento que juntarnos en las plazas o en donde sea. Mirarnos mucho. Escucharnos mucho. Estar unidos. Estar organizados. Articular el puño. Construir un nuevo discurso que nos lleve otra vez a la victoria. No a la misma que supimos tener sino tal vez a una más grande, más heroica, que modifique para siempre eso que llamamos historia. Así está la cosa, mis queridos rebeldes, son las 9 y 20 de la mañana. La temperatura roza los 23° y ya estamos en febrero. Como todos ustedes me pregunto si este será el mes en que ella haga oír su voz nuevamente y se ilumine por fin la dirigencia.

Bienvenidos a No Nos Queda Otra: un by-pass en el corazón herido del pueblo.

editorial 1 febrero