Texto: Mónica Puertas


En 1991, mi escuela organizó un acto por la conmemoración de la guerra de Malvinas. Tuve que disfrazarme, al igual que mis compañeros, de un animal típico de la región. El que quisiera. Es así que animaron a las madres (faltarían casi tres décadas para romper con los estereotipos machistas) a confeccionar nuestros disfraces.

Antes y después del acto tuve que aclarar a mis amigos y a sus padres que yo efectivamente era un pingüino. La deformidad de la obra de mamá reflejaba su incapacidad como costurera. Me vi obligada a demostrar mi autenticidad animal con argumentos tales como los colores blanco y negro, el pico y poco más. Porque por más explicaciones que diera a quienes impugnaban el traje, nadie creía que fuera un pingüino.

Seguramente no hubieran hecho falta tantas explicaciones si, simplemente, hubiera aparecido con un auténtico disfraz a medida. Hecho o alquilado, pero creíble. Eran los años noventa y mamá apenas alcanzaba a pagar la comida. No iba a gastar en un disfraz.

La derecha latinoamericana no parece tener ese problema. En el libro contable de inversiones debe haber un número infinito destinado al rubro “Cotillón”. Pudieron camuflarse sin dar demasiadas explicaciones. Dos años después, los disfraces van perdiendo el color y la forma y ya no cierra lo que dicen que son. Y acá estamos tratando de saber si esto sigue siendo o no una democracia. Porque no cierra. Porque les empiezan a fallar las costuras. Porque la tela se rompe. Porque no somos boludos.

Ya no alcanza con hablar de urnas. A menos que hayamos creído que la democracia es votar y hacer la plancha. La democracia es otra cosa. El mayor error de todos es estar desprevenidos. Y muchos lo están. Y se les desfigura la cara si les señalás dos o tres cosas que no encajan con el Estado de Derecho. “¡Ojo con hablar de dictadura!” te dicen. “Hay una delgada línea”, te dicen. No. No hay una delgada línea. De hecho no hay una línea. Lo que hay son procesos, complejos, inciertos y ambiguos. Lo suficiente como para que pasemos desapercibido lo que antes se hacía de “golpe”. Te van corriendo la línea de lo soportable. Te moldean. Te hacen más tolerante. Te formatean las neuronas hasta el hartazgo, hasta que salís a la calle a gritar que se vayan todos pero ya te quedaste sin nada. Sin treinta mil en los ochenta. Sin ahorros en los dos mil.

Metamos el dedo en el agujero de esa costura que empieza a abrirse. Tenemos que agrandarlo y dejarlos en bolas. Antes de que los que quedemos en bolas seamos nosotros. Literal como los compañeros de los centros clandestinos. Simbólico como aquellos días de diciembre.

Pongámosle nombre a este limbo antes de terminar más mareados. Porque los de menos de cuarenta no entendemos nada de lo que pasa. Porque aprendimos dictadura de los libros. Porque nunca vimos botas ni fusiles. Porque creímos en los derechos adquiridos y en lo irreversible.

Y los que sí “la vivieron” tampoco entienden nada. Porque te tratan de exagerado. Porque si no hay tanques, ni botas ni fusiles lo que estás pensando no sirve y encima confundís. Porque profanás el recuerdo colectivo de algo que no entendés porque sos chico. Aunque sólo les estés mostrando que la costura del disfraz empieza a abrirse y cada puntada que se abre es un derecho menos, es una intervención a un sindicato, es una presa política, es un desaparecido. Porque la deuda externa a cien años nos dejó el futuro demasiado lejos. Y nuestros hijos y nietos “van a pagar la fiesta” porque están hipotecados. Porque el desempleo subió a dos dígitos y eso quiere decir que un día tu tío perdió el laburo, otro día lo perdió tu novia y un día lo perdés vos.

Porque retrocedimos hacia un abismo interminable y sólo tocan el piso los que duermen en la calle, que se multiplican. Porque se multiplican los decretos y se restan las leyes mientras nos dividen.
Porque el pasado del Chile de Allende ahora lo vive Maduro y ojalá no terminen igual. Porque en Venezuela las libertades individuales de la derecha se miden en papel higiénico. Porque en Ecuador uno se disfrazó de leal y la costura se le abrió de golpe. Y decepcionó a Correa pero nos decepcionó a todos. Porque en Brasil disfrazaron un golpe con un nombre en inglés para que suene más lindo. Porque acá un tipo baila cumbia en la Rosada para caerte bien.

Y quedan algunos pocos que todavía repiten “ganaron por elecciones” ¿Acaso un robo en un domicilio no es robo si el ladrón en vez de patearte la puerta entra con las llaves?

No importa cómo entró el ladrón. Lo que importa es que ya está adentro.