cata Catalunya nace en la Edad Media europea. En el siglo XIII ya se hablaba de los “Países catalanes”. En 1714, cuando cayó en poder de los Borbones, Felipe V prohibió el uso de su lengua y más tarde, incluso, su música. Derogando todas las leyes catalanas, los Borbones impusieron su derecho de conquista tras haber arrasado con la ciudad de Barcelona y sumó a Catalunya a su régimen de impuestos, asfixiándola fiscalmente. Por eso cada 11 de septiembre se conmemora “La Diada” y se cuelgan, más que nunca, banderas esteladas en los balcones. Lo que desde el resto de España se busca mostrar como un capricho no es más que la reafirmación de una identidad colectiva que sobrevivió al tiempo. Un valor que la globalización siempre busca diluir. Catalunya vuelve a respirar durante la República de 1931, cuando se acepta que tenga un gobierno autónomo, siempre y cuando siga dependiendo de España. El Estatuto de Autonomía se suspende cuando en 1936, LLuis Companys -presidente de la Generalitat – se rebela y declara el Estado de Catalunya después de que el Estado español frustre una ley para ayudar a mejorar las condiciones económicas y sociales de los campesinos. La respuesta fue una brutal represión y el encarcelamiento de los representantes políticos catalanes. Los años siguientes son historia conocida. Cuarenta años de franquismo, que tuvo especial tratamiento con los nacionalismos, que fueron fuertemente perseguidos. Y volviendo al tema de “Cuéntame”, la escena sesgada de un catalán así presentado no es menor. Ahí anida todo el sentido común gramsciano que le sirve, en este caso, al poder central para transmitir su ideología. Se trata de que atrás de esa construcción demonizante del catalán, sigue funcionando la España “una, grande y libre” franquista para todos los espectadores. Se trata de seguir reproduciendo hegemonía antagonizando con una nación que fue víctima y no victimaria. Fue perseguida. Fue exiliada y asesinada. Discriminada y prohibida. Barcelona sufrió hace un mes un atentado terrorista en una de las calles más típicas y concurridas de la ciudad. Llama la atención leer comentarios en las redes sociales donde algunos lo festejaron  “porque total eran catalanes”. A menos que ya uno advierta que la mayoría son consumidores de estos medios hegemonizantes. Vamos a disculpar por un momento a esos energúmenos llenos de odio e ignorancia. Vamos a centrarnos en el discurso oficial de aquellos días. El portal web de RTVE –Televisión Pública española-  no escatimó en culpabilizar, directa o indirectamente, a los Mossos d’ Esquadra, la policía catalana, en cada  noticia que publicó sobre el atentado los días siguientes. El gobierno central, con su epicentro en Madrid, aprovechó para soltar su desprecio a esta nación de naciones que forman lo que nosotros conocemos como España. La excusa se trazó mediante la supuesta falta de coordinación entre las diferentes fuerzas de seguridad, o por la falta de pericia ante presuntos avisos que se dieron para alertar los hechos. Pero de lo que se trata, también, es de deslegitimar a los gobiernos que van contra la corriente, como el de Ada Colau, Alcaldesa de Barcelona. Sus medidas económicas heterodoxas, que desentonan con el ajuste generalizado que PSOE y PP aplicaron por indicaciones del establishment representado por Merkel, son el dolor de cabeza de la tradición bipartidista que impera desde la llamada Transición. Pero no es sólo una cuestión económica. No hay que perder de vista que cada sociedad tiene una disputa por lo ideológico y que siempre, de fondo, está la lucha por la hegemonía. Lo que acá dimos en llamar “modelos de país”. Catalunya está acostumbrada hace algunos siglos a otros atentados, de menor calibre, pero constantes. Atentados simbólicos que se traducen en españoles residentes hace dos o tres décadas y que se niegan a hablar en catalán, en extranjeros que sobreactúan ser víctimas de discriminación por no haber sido respondidos en castellano en una cafetería de barrio o con simples reproductores del sentido común anclados en la idea de que en España se habla español porque así lo dicen los libros y ya está. Nada de esto sería posible sin una sociedad lobotomizada por la vigencia del fascismo que se cuela en formatos audiovisuales aparentemente asépticos. Y este fascismo tampoco daría más de sí si los medios de comunicación no siguieran siendo esa herramienta gramsciana de dominación hegemónica. Días antes del referéndum, la historia, como siempre, se repite: 14 presos políticos, represión y censura. A propósito de esto, vale la pena escuchar a la Portavoz Adjunta de Podemos, Noelia Vera, quien en plena sesión parlamentaria cuestionó al PP por impulsar la elección a dedo de las autoridades de la Televisión Pública. Una nueva generación política que entendió a Gramsci y que sabe que la disputa también es en los medios y por el sentido común. Ojalá lo sigan leyendo para que España tenga el 1 de octubre URNAS GRANDES Y LIBRES. cata2]]>