Cada vez que hay una conferencia de prensa desde la Casa Rosada, la imagen televisada encuadra tres símbolos emblemáticos alrededor del Jefe de Gabinete, Marcos Peña Braun: la bandera celeste y blanca, el Acta de la Independencia y el hermoso escudo confeccionado por la Asamblea de 1813.

Marcos Peña Braun, Jefe de Gabinete, en conferencia de prensa en Casa Rosada. Detrás, un acta apócrifa.

Aquellos símbolos suelen pasar a un segundo plano ante al protagonismo lógico del mensaje oficial. Ahora bien, si congelamos la imagen y ponemos la mirada sobre el Acta de la Independencia podremos leer que la misma dice “República Argentina”. Pero, menudo inconveniente, resulta ser que Argentina no tiene una declaración de independencia.

Posiblemente esto pueda alterar más de un alma. Vayamos por pasos. Efectivamente en la jornada del 9 de julio de 1816 tuvo lugar un Congreso en la “benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán”. Pero el documento del acta de la Independencia, el papel original, no está. Se perdió. Varias son las versiones sobre su derrotero y ninguna de ellas puede ser contrastada fácticamente con algún documento o testimonio confiable.

Lo que sí existen son las múltiples copias que el Congreso de Tucumán envío, con fines publicitarios, a todos los pueblos y provincias de la región. Las mismas, que fueron impresas en castellano, quechua, aimara y luego guaraní, declaran: “Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América […] declaramos solemnemente á la faz de la Tierra, qué és voluntad unánime é indubitable de éstas Provincias romper los violentos vínculos qué las ligaban a los Reyes de España, recuperar los Derechos de qué fueron despojadas, é investirse del alto caracter de una Nación libre é independiente del Rey Fernando Séptimo, sus Sucesores y Metrópoli”.

El 9 de julio de 1816 son las Provincias Unidas en Sud América las que declaran la independencia y no, como nos enseñó el sistema escolar creado tan hábilmente por ese genio de la propaganda que fue Sarmiento, la “Argentina”. Ni mucho menos la “República”, sistema que no se alcanzó a constituir sino hasta 1853 (y bien que también podríamos discutir esto). Y hay más: las provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Misiones y la Banda Oriental, ni siquiera estuvieron representadas en Tucumán (según Artigas, caudillo protector de la Liga Federal, aquéllas habían declarado su propia independencia un año antes, en 1815).

El nombre de las “Provincias Unidas en Sud América” no es casual y se explica desde la lógica americanista de muchos de los hombres y mujeres que protagonizaron la empresa de emancipación. Para San Martín, Belgrano, Güemes, Artigas o Bolívar, el proyecto era continental. Pero sucede que los Estados nacionales que hoy conocemos fueron creados varias décadas después por una generación que tenía muy poco en común con aquella que supo combatir al absolutismo monárquico y forjar la independencia americana. Basta contrastar el proyecto de Belgrano de coronar a un Inca en Cuzco (proyectada para ser nuestra nueva capital) con la llamada Conquista del Desierto, consumada por Roca.

El acta enmarcada en la sala de conferencias de la Casa Rosada, entonces, es apócrifa ¿Quién la hizo? ¿Cuándo? ¿Fue malicia o impericia? Sea como fuera, el hecho es sintomático. Incluso se podría arriesgar que se trata de un patrón recurrente, consistente con un modo de hacer política en el cual la verdad realmente no importa. Lo sustancial, en todo caso, es lograr que las cosas “aparenten” ser ciertas.

Los ejemplos abundan: “Maldonado está vivo en Chile”; “En mi gobierno los trabajadores no van a pagar impuesto a las ganancias”; “Va a continuar el fútbol para todos”; “No vamos a devaluar”; “Bullrich y Cristina empataron en las PASO”; “Los jubilados van a perder plata, no poder adquisitivo”.

Paso de comedia o anécdota increíble, el acta exhibida no fue otra invención de la política actual (de hecho, circula simulando autenticidad desde vaya uno a saber cuándo). En Balcarce 50, en la mismísima sede de gobierno, “el mejor equipo de los últimos 50 años” tuvo una cucharada de su propia medicina.

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