Escribe: Martín Burgos*

Así como Marx leía  la realidad francesa del siglo XIX como el laboratorio social de la lucha de clase en el capitalismo de dicho siglo, Argentina se transformó en un laboratorio social de la lucha de clase en el capitalismo del siglo XXI. Nuestro país se destaca por la profundidad con la cual se combatió la “globalización neoliberal”, forma que asume el capitalismo actual. Despezando la Convertibilidad, revertimos gran parte de las medidas económicas que sustentaban ese modelo y nos encontramos con las formas de control y de poder que garantizan su retaguardia: los medios de comunicación y el poder judicial. También enfrentamos a los principales actores de la concentración y la centralización del capital en un conflicto dantesco con la oligarquía terrateniente. Todo eso nos sirvió para entender el neoliberalismo pero, aún así, debe tener ingredientes secretos que aún desconocemos. La elección de Mauricio Macri como presidente implica que la vigencia del neoliberalismo en Argentina sigue siendo indiscutible y que logró imponer su hegemonía en la batalla cultural.

 

Desde lo económico, el no pago de la deuda externa posterior a las revueltas del 2001 y la consiguiente salida de los acreedores externos del bloque de poder destruyeron gran parte de la maquinaria económica y política sobre la cual se asienta el neoliberalismo. Esto posibilitó poner en marcha un modelo económico donde la demanda interna y la producción local se consolidaron uno a otro en un círculo virtuoso consistente. Esto implica que la acumulación de capital se desenvuelve en un marco donde el capital industrial y sus auxiliares (capital comercial y capital financiero local, entendido este último como la banca orientada al consumo interno y la inversión productiva) pueden convivir con la clase trabajadora. Lo que se implementó fue un proyecto político de consenso de clases, donde todas ganan en períodos de auge mientras que en las crisis las pujas distributivas se institucionalizan.

¿Es posible en el largo plazo tal convivencia de clase en el marco capitalista? ¿O es una ilusión bonapartista que tiene que terminar sí o sí en ajuste? Si nos referimos a cierta interpretación de Marx, se podría sostener que todo aumento de sueldo termina reduciendo las ganancias tarde o temprano y, más aún, en un país periférico. Y, “dentro de la fábrica”, la contradicción de clases resulta evidente e incluso irrefutable. Lo que aportó la teoría económica del siglo XX es la perspectiva “fuera de la fábrica”, la cual posibilita la acumulación de capital en esquemas de consenso de clase. Del lado de la demanda, por ejemplo, el keynesianismo mostró que la ampliación de los mercados a través del gasto público podía hacer mejorar la demanda para que la escala de producción de la fábrica lograra licuar los aumentos de costos medio laboral.

 

Y si miramos del lado de la oferta, los enfoques del “desarrollo” mostraron que el Estado como productor de bienes y servicios con ganancia inmediata nula (inversión en educación, salud, ciencia y tecnología, servicios públicos, o empresas estatales productoras de industrias básicas o tecnológicas) abren todo un campo “no mercantil” que es totalmente funcional al sistema “mercantil” y, por ende, a la acumulación de capital en su conjunto sin requerir ajustes. Salvo si pensamos que el Estado debe tener un equilibrio fiscal para no “emitir” dinero que redunde en inflación, la expansión del Estado en la economía es lo que posibilita una acumulación de capital con consenso de clase. Algunos marxistas prefieren no ver la perspectiva “fuera de la fábrica” porque posterga la conclusión del capitalismo, cuando esta permite enriquecer toda interpretación histórica basada sobre la lucha de clases.

 

El gobierno elegido por el pueblo en este 2015, adhiere plenamente a las concepciones económicas del neoliberalismo. Sus nociones básicas se podrían resumir en que el mercado es el mejor distribuidor de recursos y de ingresos y, por lo tanto, la reducción de la influencia del Estado en todos los ámbitos es una condición de mejora en la acumulación de capital. El retiro del Estado afecta directamente toda posibilidad de ofrecer un campo “no mercantil” de producción de bienes y de servicios y, por lo tanto, de tener una perspectiva “fuera de la fábrica”. Es decir, el neoliberalismo no puede plantearse como un esquema de “consenso de clase”, sino que se ubica “dentro de la fábrica”, ahí mismo donde Marx demostró la tendencia contradictoria del capitalismo. Por lo tanto, aunque la teoría neoclásica lo disfrace de objetividad, la política económica que preconiza es la de una confrontación de clase.

 

Mucho se ha dicho sobre las medidas de ajuste que el gobierno de Macri considera necesarias para atraer la confianza de los inversores. Con solo recordar que la eliminación de las retenciones, el aumento de tarifas, la devaluación a 16 pesos y el fin de los “precios cuidados” que sus economistas anunciaron podría llevar la inflación a niveles de 50 a 70% en el 2016, con la reducción de salarios reales que eso implica. Así se entenderá perfectamente lo que significa en concreto esa confrontación de clase.  

 

¿Podrá el gabinete anunciado llevar a cabo su voluntad de ajuste? Los ministros anunciados, la mayoría de los cuales provienen directamente de los sectores empresariales, parecen indicar que los generales están listos para la batalla. Por ahora, estos empresarios son vistos con buenos ojos, beneficiándose de la mirada positiva que se logró instalar en el trabajador, según la cual el empresario exitoso es el ejemplo a seguir. Lejos del “garca”, estamos ante el “self-made-man”. Y poco importa si los nombrados son empresarios por herencia, más que por capacidad propia.

 

Sin embargo, la salida de Ernesto Sanz, que refleja cierta disconformidad del radicalismo, la escasa cantidad de diputados y de senadores propios, la tardanza en designar el Ministro de Economía generó cierto malestar en los mercados. Esto último se trató de dibujar con la formación de un gabinete económico de seis ministros que no despejó dudas. La designación de Alfonso Prat-Gay, quien hace dos años se había presentado a elecciones en alianza con Libres del Sur, llegando al ante-último puesto en las PASO de diputados de UNEN en capital, parece ser el muerto que resucitaron para hacer el trabajo sucio para luego dejar su lugar a un funcionario con más posibilidad de quedarse, que sepa atraer las inversiones en un país empobrecido pero, sobre todo, que sepa endeudarnos.

 

Las diferencias y las internas se harán indudablemente más patentes cuando el rengo empiece a caminar. Y ahí habrá que tener en cuenta que el capital concentrado, por más diversificado que sea, tiene intereses dispares que cualquier gobierno de sesgo liberal no tiene por qué contener. Si bien la representación del capital financiero foráneo está asegurada con Prat-Gay o Federico Sturzenegger y el capital agrario con Ricardo Buryaile, llama la atención la ausencia de un hombre del capital industrial en las primeras líneas del gabinete –siendo Sanz un hombre cercano a Techint.

 

La alianza entre la oligarquía terrateniente local y el capital financiero internacional tiene dos antecedentes importantes: el de 1955, en la cual la oligarquía quería volver a la Argentina del centenario, un proyecto anacrónico que dejó lugar con Aramburu y Frondizi a la apuesta por las empresas industriales transnacionales que predominaban en la estructura económica del país. La segunda experiencia redundó en un éxito y fue la de 1976, en la cual el capital financiero internacional pudo poner en marcha su proyecto a través de técnicos como Cavallo y políticos de la oligarquía terrateniente como Martinez de Hoz, generando un modelo de empresarios rentistas del cual la familia Macri es un ejemplo característico.

 

A esta elección todavía hay que darle un significado histórico. Puede transformarse en bisagra en la historia de nuestro país y ser recordada como la restauración del orden neoliberal, el mismo que sigue vigoroso en Europa, en Estados Unidos y en varios países de América Latina pero también puede transformarse en un detalle en el largo ciclo de lucha de clases que empezó en 1997, con los primeros piquetes en La Matanza y en Cutral-Co. Este ciclo está compuesto por una etapa de resistencia sin gobierno, que tiene como momento cumbre a los días de diciembre 2001 y otra etapa de resistencia con gobierno, cuyo climax se vivió luego del “conflicto del campo” en 2008.

 

El campo popular debe prepararse para enfrentar una grieta que esta vez no será mediática sino que será una grieta social en la cual los principales efectos serán una fuerte conflictividad para el conjunto de los trabajadores agremiados para recuperar sus salarios, pero también un aumento de la pobreza muy importante en los sectores más vulnerables y que, hasta ahora, se encontraban protegidos de la intemperie por un Estado activo, un Estado que sabía situarse “fuera de la fábrica”. Luego de la “máquina de perder” que armaron los aparatos partidarios del PJ en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, las movilizaciones de las bases posibilitaron condicionar la victoria escasa de Macri. El regreso de ciertos reflejos asamblearios, el nivel de organización sindical y popular acumulado en estos años, la existencia de una conducción clara, permiten encarar con optimismo y con paciencia la tercera vuelta electoral, la que se dará en la calle.

 

La representación del capital financiero foráneo está asegurada con Prat-Gay o Federico Sturzenegger

 

El campo popular debe prepararse para enfrentar una grieta que esta vez no será mediática sino que será una grieta social

*Coordinador del Departamento de Economía del Centro Cultural de la Cooperación