El gobierno ha construido una épica de la escucha: para el macrismo gobernar es escuchar. Dice María Eugenia Vidal: “Lo más importante es lo que les pasa a los vecinos en sus casas todos los días. Tenemos que estar ahí, escuchándolos”. Y eso hacen los macristas: van hacia los domicilios de los argentinos, les tocan el timbre y los escuchan. El timbre, entonces, esa frontera sonora entre el espacio público y el privado, es el instrumento con el que relocalizan la política: la colocan en el mundo privado.

Pero hay más. El discurso político o ideológico siempre requiere de una distancia: es la distancia pedagógica que media entre el que propone y el que elige. El político explica, ofrece, recomienda, discute con un orden del mundo que le incomoda y al que sugiere cambiar. Esa mediación discursiva es, implícitamente, una distancia. Es la distancia de la representación.

Macri elimina esa distancia: en esos intercambios privados sólo escucha o pronuncia frases de sentido común. No tiene nada para decir, no puede decirlo o lo dicen otros por él. Por eso, tras tocar el timbre, tras ingresar en los mundos privados de los vecinos, el macrismo disuelve la distancia y la mediación discursiva y, con ello, elimina a la política y a la representación. Hasta aquí es pura y absoluta recepción. Es lo que Chantal Mouffe llama la pospolítica. Democracias de puro consenso y sin conflictos, donde la política queda disuelta en el mundo de la comunicación y del ininterrumpido intercambio horizontal entre individuos que mediante el diálogo siempre llegan a acuerdos.

En los timbreos Macri refunda la ciudadanía: le devuelve el uso de la palabra a los vecinos, palabra que había sido expropiada por Cristina Kirchner quien, a través de las cadenas nacionales y de una secuencia infinita de piezas propagandísticas, hacía un uso monopólico del discurso político. Para el macrismo, ciudadano es el vecino que volvió a hablar con la política, que recuperó el uso de la palabra. Pasamos de un Estado que había expropiado el uso de la palabra, a otro que devuelve el uso de la palabra. Por eso, la política va a escuchar la palabra al lugar a donde ha sido devuelta. Pero en ese ir hacia la sociedad se disuelve como política: se hace pospolítica.

La sociedad, homogénea e indiferenciada, se presenta como una unidad ante la política para que esta la exprese. Hay una sociedad y una política unificada. Y, por añadidura, un discurso único que las expresa. La política es igual a la sociedad, un reflejo, una copia. En esos escenarios de escucha, lo que el neoliberalismo disuelve es la misma representación política. Primero, porque toda representación se construye en oposición a otra representación. Segundo, porque sin distancia y sin mediación discursiva entre los políticos y la sociedad lo que resta es el discurso único del individualismo. La sociedad, sin política que la interfiera, es la suma de los discursos individuales de los vecinos.

Si no se puede o no conviene reconstruir la representación entonces es mejor disolverla. ¿Qué sucede con los dirigentes de Cambiemos mientras “escuchan” a la gente? ¿Qué sucede en el silencio del macrismo, ese silencio que ocupa el lugar del uso de la palabra y de la creación de una distancia pedagógica y propositiva propia de toda política? Podemos imaginarlo: en ese silencio, están los discursos de los grandes conglomerados económicos, financieros, mediáticos que dan contenidos a las políticas públicas del macrismo. Entonces, en el macrismo la representación más potente se produce en sus silencios: allí está lo que no dicen, lo que no pueden decir o lo que dicen de modo contradictorio. Por eso, disuelven la representación mientras escuchan a los vecinos y la reconstruyen con el discurso de los grandes poderes económicos cuando hacen silencio.

Pero hay más. El macrismo es una invención neoliberal en transición y, por lo tanto, un experimento bifronte: por un lado disuelve la representación en la escucha de los vecinos, por el otro, les habla a los poderes económicos –al “círculo rojo”– para adelantarles lo que hará luego de las elecciones. Pero lo que les dice a los segundos no debe ser escuchado o debe ser poco escuchado por los primeros. Allí una de las grandes tensiones del macrismo: debe actuar como una maquinaria visible de escucha hacia abajo y como un discurso silencioso hacia arriba. Esa ecualización imposible se expresa como una permanente incomodidad en el lenguaje. El macrismo dice mientras afirma que no le conviene decir o anuncia que no dirá lo que en ese momento está diciendo.

Afirma La Nación: “En medio de la campaña, cuya premisa en Cambiemos es evitar las definiciones fuertes, el presidente Macri confirmó ayer que su propósito político para después de las elecciones del 22 de octubre próximo es debatir con la oposición en el Congreso las reformas laboral y jubilatoria (…). A pesar de que mencionan el tema en los últimos días no quieren que se transforme en un eje de campaña por el temor a un efecto negativo”. Es decir: te avisamos que no te vamos a decir lo que te estamos diciendo.

Hay algo más: hay un segundo discurso del macrismo pronunciado fuera de las escenas de escucha y, en general, tercerizado en los medios hegemónicos. Es el viejo discurso radical republicano que llega al neoliberalismo a través de dirigentes nómades que, tras una larga deriva en el sistema de partidos, encallan en un destino esperable, dado su individualismo ancestral. Elisa Carrió, Graciela Ocaña, Margarita Stolbizer, entre otras, dotan al antikirchnerismo de una presentación comunicacional alternativa y, las dos primeras, le proveen al macrismo una dimensión moral que éste no tiene. Con esa dimensión moral prestada el macrismo construye su identidad pública en contraste con el kirchnerismo.

¿Qué hizo Cristina Fernández de Kirchner en el acto de Arsenal, donde se lanzó el espacio Unidad Ciudadana? Le hizo una emboscada a los grandes medios hegemónicos que fueron allí a buscar los atributos de ella con los que seguir construyendo al macrismo por contraste. Fueron a buscar la Cristina que ellos mismos estigmatizan para poner a operar sobre su figura el discurso moral y “republicano” que el oficialismo toma prestado de ese grupo de dirigentes nómades. Fueron a buscar agresividad, violencia, distancia, dirigentes identificados con la corrupción. Pero en su lugar se encontraron con los cuerpos y los rostros de la crisis.

Cristina ve una crisis emocional y, entonces, diseña una campaña que es una inmensa intervención terapéutica sobre una sociedad dolorida. Ella les pide a sus dirigentes que salgan a escuchar. Pero no es la escucha macrista, un modo de diseñar una ciudadanía banal. Es la escucha de la crisis.

Cristina no coloca esa escucha en el mundo privado de los vecinos: va a escuchar a los comedores comunitarios sin recursos, a los merenderos sin alimentos, a las Universidades con crisis presupuestarias, a las PyMEs, a los hospitales. Su objetivo no es disolver la representación colocando en su lugar la gestualidad de la escucha. Su objetivo es reconstruir la representación a través de la polifonía de cientos de relatos ascendentes. Es la diferencia entre la escucha como táctica comunicacional y la escucha como estrategia de reconstrucción política de la representación.

Daniel Rosso.  Sociólogo y periodista. Fue Subsecretario de Medios de la Nación, gerente periodístico de Radio Nacional y jefe del área de investigaciones y desarrollo de la Agencia Télam.

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