Más veredas y caminos”, dice el maquillado discurso que describen las refacciones con que justifican la remoción de las baldosas con pañuelos blancos de las Madres. A modo de premio consuelo y en lo que aseguran como transitorio, se exhibirán en la muestra de fotografías permanente que funciona en el ex quincho de la ESMA. Sin reparar en el absurdo de los más de cuarenta millones de pesos que demandará la remodelación de un sitio declarado patrimonio histórico y protegido por la ley 1653, sancionada por la Legislatura Porteña, el riesgo de no contar con la Plaza para el próximo Día de la Memoria es lo que deja en evidencia, nuevamente, una imperdonable intencionalidad de arremeter contra todo simbolismo.

Números cuestionados con reflotadas Teorías de los Dos demonios o de Guerra Sucia. Atriles de cemento. Desarticulación de organismos de Derechos Humanos y desfinanciación del Banco Nacional de Datos Genéticos. Los pies de Obama en el Parque de la Memoria y sus malditas estrellas flameando sobre nuestros muertos. Propuesta de conmutación de penas a condenados por delitos de lesa humanidad. Genocidas beneficiados con prisión domiciliaria. Funcionarios promulgando una reconciliación con nuestros tiempos más oscuros. Como reverendos hijos y nietos de la Obediencia Debida y el Punto Final, no se privaron de nada. En apenas medio ciclo de gestión pretendieron, de numerosas formas, borrar de la conciencia del pueblo más de cuarenta años de atrocidades y ausencias. Pero ni en el más pergeñado de sus atropellos pudieron armarse contra ellas.

Ellas, las catorce que aquel abril de 1977, con mensajes escondidos en ovillos de lana, establecían un código de comunicación sagrado. Ellas, que deambulaban de a tres en sentido contrario a las agujas del reloj, para gambetear el Estado de Sitio de una tierra sometida por las Fuerzas Armadas. Ellas, que convirtieron los pañales de sus nietos en pañuelos para identificarse en medio de tanta bestia. Ellas, que lograron que su grito traspasara las fronteras cuando la prensa local silenciaba el reclamo y la sociedad se anestesiaba con euforia mundialista. Ellas, que surcaron la Plaza de pasos en círculo y desafiaron incansablemente a una Junta Militar que las tildaba de locas. Ellas, cuyos úteros desgarrados se compensaron con templanza de acero y ovarios hechos alma. Ellas, para quienes no hubo tormenta, amenaza o valla con que las cercaran, que impidieran a sus suelas gastadas de dolor, sus rondas infranqueables y eternas.

Malditos ilusos. Abyectos. Perversos. Miserables. Pero definitivamente ilusos si piensan que un permiso oficial y un par de taladros les alcanzarán para arremeter contra la conciencia de un pueblo al que esas benditas locas de la Plaza parieron en millones sedientos de Memoria, Verdad y Justicia, hasta en el más recóndito rinconcito de Patria.

Miles y miles de hijos habían sido devorados por la dictadura militar argentina y más de quinientos niños habían sido repartidos como botín de guerra, y ni una palabra decían los diarios, las radios, ni los canales de televisión. Unos meses después de la primera reunión, tres de aquellas madres, Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Eugenia Ponce, desaparecieron también, como sus hijos, y como ellos fueron torturadas y asesinadas. Pero ya era imparable la ronda de los jueves. Los pañuelos blancos daban vueltas y más vueltas a la Plaza de Mayo, y al mapa del mundo.” (Eduardo Galeano)

]]>