oímos en el ruido el ruido. oímos

en el ruido el ruido. oímos. respondemos.

L. Lamborghini

¿El capitalismo es una religión?

Mi primera experiencia del capitalismo como religión, de poder pensar al capitalismo como una religión, fue con un capítulo de Los Simpsons. A veces no hay que ir demasiado lejos para poder pensar algo. Se trata de ese capítulo donde, luego de un vuelo a India, los pasajeros son recibidos a la salida del avión por unos misioneros del capitalismo, al modo de los hare-krishnas pero vestidos de traje.

Así, el capitalismo es presentado como una religión, con toda su maquinaria: imágenes, vestimenta y ritualismo bien al modo de una religión clásica. Pero, como bien nos enseñó Walter Benjamin, si el capitalismo no disimula, o no especialmente, el aparato religioso que utiliza, hay un elemento en particular del carácter religioso de su práctica que se esfuerza por esconder: el dogma, la doctrina. No es que no lo tenga, pero ¿cómo se transmite el dogma capitalista? El arte y la religión han tenido históricamente una alianza estratégica y nuestros días no son la excepción. Lo que antes hicieron los artistas con los íconos religiosos, luego lo hizo cierto cine con el American Dream, y ahora el gran aparato de propaganda capitalista es, sin duda, el conjunto de series de tipo Mad Men o House of Cards, donde, no solo promocionan tal o cual producto comercial, sino al capitalismo en su conjunto: los canallas son disfrazados románticamente de individuos que tienen éxito en la realidad aplicando un pragmatismo donde el único valor es el poder o la riqueza individual. No es que no sean grandes obras de arte, tanto las de ayer como las de hoy, o que incluso en algunos casos se alcancen enormes grados de libertad a través de un discurso que solo en apariencia sería religioso o capitalista. Lo que quiero poner en discusión es que si no pensamos un poco en esto no sabemos al servicio de qué trabajamos cuando hacemos cosas cuyas causas desconocemos pero que de todos modos nos determinan. ¿Cómo darle lugar a esas otras causas para que nuestro actuar no sea solo en función de ese discurso que nos empuja a estar cada vez más solos y aturdidos?

El retrato más reproducido

Hace muchos años, en el corazón del Imperio Romano Germánico, un herrero con conocimientos de orfebrería adaptó una prensa de uvas utilizada en la producción de vinos y hacia 1440 comenzó con las primeras pruebas de impresión del texto que cifraba el dogma de su época, y lo publicó diagramado a dos columnas de 42 líneas, en un libro que sería conocido luego como La Biblia de Gutenberg. En esa época, muy poca gente podía leer, menos aún acceder a los materiales de lectura, y aun menos gente podía interpretar lo que leía, lo que hacía que la mayoría fuese tan ignorante como fácil de gobernar. Evidentemente, la jugada de Gutenberg fue brillante porque, no solo no terminó en la hoguera, sino que lo que a nivel del contenido podría pensarse como un nuevo aporte para la propaganda religiosa, en sus efectos fue una intervención en la cultura occidental que permitió una socialización de conocimientos que estaban muy restringidos. No por nada esa época es recordada hoy como la del “Renacimiento” europeo. Si bien no todo es color de rosa en esos siglos, como lo enseña la cruel historia, pasada y actual, de las masacres occidentales en Asia, África y América, hoy podemos decir que una mayor libertad de acceso al pensamiento se sostiene de lo que Gutenberg inauguró.

Esa misma imprenta de tipos móviles sirvió unos siglos después para imprimir las estampitas del Capitalismo, y en ellas la imagen de su profeta máximo: Benjamin Franklin, cuyo retrato sea probablemente el más reproducido en la historia. El sociólogo Max Weber se preguntó, ¿cómo se impuso este modo de producción antes que otros? Hizo falta mucha propaganda. Así, le dedicó un extenso comentario crítico a las ideas que Franklin promocionaba, en especial a la de que es preferible renunciar a todo en nombre de una voluntad de enriquecimiento, desoyendo los efectos perjudiciales para la salud psíquica que vienen con este estilo de vida cuando no se lo interroga.

Entre culpa y deseo

Los resultados de las últimas investigaciones sobre estos temas en UBACyT sitúan cómo existe un tipo de culpa que se produce, no en el cumplimiento del deseo, sino en la renuncia ante el deseo. Esta culpa se diferencia de la culpa religiosa o jurídica, donde se es culpable por acción, o por una omisión que cuenta positivamente como acción. Ese sentimiento inconsciente de culpa, como lo llamó Freud, se expresa en un malestar difuso pero real que no admite tratamiento directo, pero para el cual el psicoanálisis ha demostrado ser sumamente efectivo. Esa culpa rara que Lacan delimitó con Hamlet, de W. Shakespeare, en relación al daño subjetivo que viene de renunciar al deseo en pos de una demanda enloquecedora, y que luego con Antígona advirtió que es aún peor entregársele de lleno, porque no proponemos tampoco una religión del deseo. Acaso sí podamos tener una existencia menos sorda a nosotros mismos y más dada a quienes cuya compañía elegimos. Antes que romper, se trata de oír lo roto, como dice el poeta, y responder por eso.

Hace varios años un analizante vino a consultarme porque había sido diagnosticado con una enfermedad de base que, si bien no era terminal, le impidió seguir con la vida de negocios y oficina que llevaba, muy en el espíritu capitalista de nuestro tiempo. En su análisis, fue apareciendo cómo su posición ante esos ideales lo habían hecho andar muy lejos de esas otras causas, y lo que parecía una condena, quedó como la marca de una transformación: de una enfermedad a la oportunidad de andar un poco menos olvidado de sí mismo.

Matías Laje. Becario de Investigación UBACyT, Docente de Clínica de Adultos Cát. I (UBA) y miembro del Equipo de Urgencias del Hospital T. Álvarez y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.

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