Escribe: Una Mujer

Nací en una época en la cual disfrutar de la sexualidad parecía ser cosa sólo de hombres, en la cual debíamos ganarnos ese derecho transgrediendo fuertes mandatos. También convivíamos con mitos, como que en tu primera relación sexual no quedabas embarazada, una idiotez, lo sé, pero en ese momento no lo supe.
Un día decidí –así, sin más- que quería dejar de ser virgen. Pero el cuerpo no me acompañaba mucho en esa decisión, y el temor al dolor de esa primera vez, hacían que no saliera de los juegos previos sin llegar a la penetración.
Es así que, entre un óvulo que atrae y un esperma que busca, quedé embarazada. Aún recuerdo las náuseas y el razonamiento de que no podía ser. Afortunadamente alguna vez escuché a un médico de la familia decir que eso era posible, y entre un cuerpo que daba manifestaciones claras y el razonamiento que decía que era imposible, me hice un análisis de sangre. Y así era. Increíblemente estaba embarazada.
No fue opción en ningún momento la idea de continuar con ese embarazo, aunque reconozco que lidié con la culpa durante algún tiempo. Tal vez el mismo tiempo que me llevó darme cuenta de que parte de mi resistencia a la penetración era que no quería “pertenecerle a ningún hombre”. Otro mandato de la época: que en el primer encuentro sexual te hacía suya y yo, jamás quise “pertenecerle” a nadie.
Así, acudí a una prima que ya había pasado por esa experiencia y fui al mismo lugar. Ella había quedado sangrando mucho tiempo después del aborto, pero era el único lugar que conocía y yo quería ponerle fin a esa situación y volver a mi vida adolescente. Al mismo tiempo que no quería permitir que crecieran los posibles monstruos de la culpa.
Juntamos la plata con mis amigos. Era mucha. Ninguno de nosotros trabajaba y ese día fueron varios los que me acompañaron. Aún recuerdo cuando, estando medio dormida, escuché que mi noviecito le preguntó a una médica (supongo que era médica) si yo era virgen y esa mujer le respondió: “si no lo sabes vos…”. No fueron muchas más las palabras que escuché de ese noviecito. Entre la experiencia y esas palabras me distancié. Al mismo tiempo que empecé, afortunadamente a disfrutar de mi sexualidad.
Ya no iba a pertenecerle a nadie.