Escribe: Roberto Villarruel
Ilustra: Maite

Mónica tomó su teléfono celular, flamante, y lo miró como quien contempla una joya. Se preguntó, una vez más, si valía la pena estar tan aferrada a ese aparato pero se acordó de Valeria y fue directo a la pantalla, buscando el ícono del whatsapp. Decidió mandar un mensaje de voz que, según creía, le dejaba expresar mejor sus sentimientos y evitar la confusión del texto frío y sin matices. Además, al mensaje de voz se le permite la extensión.

-Hola Vale! Perdoname, todos estos días de silencio, Negri, pero me afanaron el celu y acá en Tigre es muy difícil conectarse. Al final, Martín me trajo uno del laburo que ya no usaba. Además, llueve sin parar hace una semana y estamos medio atrapados. Un embole. Pero contame vos ¿cómo te va, cómo va yendo ese “retiro”? ¿Qué tal la vida de “sola y suelta”? ¿Me extrañás? Dale, contame todo, que yo sí te extraño y a mí no me pasa nada… De garchar ni hablar. Martín está con una infección urinaria y muy embolado así que…nada. Te diría que lo más excitante es tomarme una copa de vino mirando la lluvia en el río. Mi vida en estos días podría ser una novela titulada “Días de vino y lluvia”

Dejó caer el teléfono sobre el sofá del living y se dirigió a la cocina donde la esperaba una copa de Tempranillo patagónico que se había reservado para la conversación con Valeria. Mientras saboreaba el primer trago oyó el sonido de la notificación y se recostó con la cabeza elevada por un almohadón mullido, lista para empezar a recrear, gozosa, un ritual con sabor a adolescencia y que la iba a llevar de paseo, bien lejos del hastío. Se puso los anteojos de leer y se sumergió en el brillo de la pantalla que iluminaba la penumbra del living.

-¡HolaPuchi!. Qué cagada lo del celu! ¿Por qué me mandas audios? Sabés que los odio.

Pensaba un argumento ingenioso para la respuesta cuando sonó la notificación de un nuevo mensaje. Volvió a Valeria y leyó:

-En cambio, mi novela acá en Pántano podría titularse “Días de pija y playa”

Mónica pegó un respingo que le hizo volcar algo del vino en el sofá, se incorporó y volvió a leer, ahora sentada, con la cara pegada a la pantalla, como queriendo corregir un error de lectura. Siguió con la vista el mensaje de Valeria y largó una estruendosa carcajada que la hizo atragantar levemente. Tosiendo todavía, apretó con fuerza el ícono del micrófono y comenzó a grabar.

-¡Qué hija de puta! ¡Me hiciste volcar el vino! ¿No era que no, Puchi, necesito un tiempo sola para pensar, por un tiempo, nada de nada para mí, salvo que encuentre un pendejo en Brasil y me eche un polvito reparador…bla, bla, bla? ¡Sos una trucha! ¡ja,ja! ¿Encontraste al pendejo? ¿Qué pasó? ¡Me contás ya! Todo con lujo de d…-La excitación le hizo soltar el icono antes de tiempo pero ni se molestó en completar el mensaje.

-No es un pendejo, es un jovato. Bah, no. Tiene 68. Está bien, ¿no? Nosotras ya pisamos los 60… ¡Es un divino! ¡Y cómo garcha! Valeria agregó dos emojis de manitos haciendo la “V” y adjuntó la foto de Alberto.

Mónica le pegó una mirada veloz a la imagen. Un hombre de edad, sin duda, robusto pero flaco, con porte de dominador, melena blanca pero aún tupida que se continuaba en sus pectorales, barba candado marmolada y unos ojos que se adivinaban muy claros en el contraste con el mar, a cuya orilla se lo veía erguido, sonriendo, descontracturado, en short de baño floreado y con un habano en su mano izquierda, cruzada por una enorme cicatriz en forma de L, magnificada por el bronceado de la piel. La imagen no había terminado de bajar y los mensajes de Valería se amontonaban en un monólogo desenfrenado.

-¿Viste qué lindo?

– Y el lomo que tiene…

-Me flechó apenas me habló. Me mandó una caipirinha a la mesa del bolichito donde cenábamos.

-Lo invité a sentarse conmigo. No se, me mató con eso. Tiene algo, una voz que me transporta…

-El tipo es re “preparado” como decía tu abuela Beatriz, hablamos de mil cosas y todo perfecto.

-La segunda noche cogimos y desde entonces no paramos. Bajamos a la playa, morfamos, cogemos, ¡y un par de veces garchamos en la playa de noche!

-¿te acordás? Como en Gesell aquel verano…

-Me había olvidado de lo que era esto, Puchi…

Mónica llevaba un buen rato apretando el micrófono y repitiendo “¡Pará, pará!” Cuando percibió la pausa de su amiga, alcanzó a tipiar velozmente: -Negri, hablemos por teléfono, ¡Así no vale chusmear! Te llamo desde el fijo. Salvo que tu padrillo te pague la cuenta… ¡ja, ja!

-Dale- respiró Valeria.

Hablaron durante más de una hora, ambas acostadas en sus respectivas camas, mirando el techo. Mónica interrogando sin concesiones y Valeria narrando hasta el más mínimo detalle de la historia de amor que vivía sin poder todavía entender ni creer demasiado. Entregada.

-Eso, Puchi, estoy entregada. Vine dispuesta a pensar mi vida sin pareja y de golpe estoy hasta el cuello con un tipo que me tiene como cautiva. Me asusta un poco, te digo. Pero es un flash, la pasamos bomba, nos cagamos de risa, nos gusta la buena comida, el folklore, la música brasileña, el vino, hablamos y discutimos de política sin drama… ¡A veces me siento como en esas charlas interminables en La Giralda con los pibes…! No sé, este chabón tiene algo y me pone en lugares que creía olvidados…

-¿Es gorila?, preguntó Mónica en seco.

¡No! Bueno…si, es un poco gorila, pero acordamos al final. Es un gorila generacional, ¿viste? Me hago un poco la liberal y cerramos. Además, es medio nacionalista así que…

¿Ya le contaste?, interrumpió Mónica.

-No, Puchi, ya estoy cansada de poner siempre adelante mi rollo, como un número en la piel. “Fui miltante, bueno, en realidad fui Montonera, ¿viste? Peronista. Era una adolescente… Yo era buena, no, no maté a nadie, fui torturada, pero estoy sanita, ¿eh?, joya, nunca taxi… Y ahora soy Kuka, si, si y no me robé nada…” No, Moni, por ahora al menos no. Nos merecemos un respiro de la historia. Yo tampoco se mucho de él. Mejor así, por ahora.

Una hora después, Mónica dejó el vaso en la cocina abrumada todavía por la conversación y con la marca del teléfono en la oreja derecha. Se recostó contra la heladera y volvió a mirar la foto del tórrido amor de su amiga. Un extraño cosquilleo la hizo sentirse incómoda. Se sirvió un vaso de soda como para apartar la molestia. Decidió irse a la cama. Martín terminó tarde y se quedaba a dormir en Capital. Lástima. Tanta promiscuidad veraniega la había dejado un poco excitada y le hubiese gustado revolcarse en los médanos de su colchón Extra King con su amorcito. Apagó la luz y trató de dormir la inquietud que no la abandonaba. ¿Estaba celosa? ¿Era una idische mame con Valeria? ¿La vida la había vuelto una veterana desconfiada? ¿Soy mi mamá? El sueño apagó todas sus dudas.

Mónica abrió primero un ojo y lentamente el otro para que el rayo de sol que la había despertado no la cegara del todo. Algo la había estado atomentando aunque no podía recordar bien qué. Hacía mucho que había aprendido a bloquear sus sueños para poder vivir despierta y recordar, no olvidar más bien, evitando las voces e imágenes que siempre querían volver.

-Un fantasma recorre a Mónica- pensó y riéndose se propuso comenzar el día. Su mente había aprendido a proveerla de algún pensamiento pavote para cuando comenzaba a orillar el pantano. Oficio de prisionera

Mientras se preparaba para ir al vivero, recordó una frase que había anotado hacía un tiempo en un curso de coaching de esa pelotuda de Diana Sanders, al que había tenido que ir para hacer un reportaje: “para empezar un buen día, repasar todo lo que dijimos ayer y poner el contador en cero”. Nunca supo bien qué carajo quería decir eso, pero por algún motivo, los extraños designios de la memoria habían decidido almacenarlo. Recorriendo los pasillos del vivero y armando el cajoncito con alegrías del hogar para el jardín de adelante, comprendió que en algún lugar de la conversación con Valeria debía estar el origen de su desazón. Oficio de periodista. O de psicoanalizada. O de testigo. Poner el contador en cero.

Repasó minuciosamente toda la historia de amor, sexo, arena y gastronomía que habían compartido y volvió a sentirse contenta por la felicidad que experimentaba su amiga de toda la vida, por el nuevo mundo que se le ofrecía pero a la vez inquieta por el desborde, la entrega, el vértigo, el riesgo. ¿Nunca más podrían arriesgar, correr los límites y entregarse? De pronto, vino al umbral de la memoria un fragmento de la conversación con Valeria, interrumpiendo sus divagaciones existenciales.

-¿Y qué hace tu padrillo?

-Es consultor para empresas y ONGs. Si, ya sé, una truchada que no dice nada. Sé que viaja mucho y me contó que había estado en todas partes y había hecho un poco de todo y en todos lados. “Como Diosito”, me dijo y se rió mucho pero en seguida se disculpó por la soberbia del comentario.

Mónica completó apurada el cajoncito, pagó y manejó en dirección a la Estación Tigre. En el camino llamó a su marido.

-Hola, amor. Te cuento que me voy a la Capital. Dejo el auto en la estación, me tomo el tren y a la noche volvemos juntos, ¿te parece? Total, a mí me viene bien porque me bajo en estación Rivadavia. Voy a la ESMA.

-¿Qué pasó? ¿Todo bien?- preguntó Martín.

-Sí, sí. Voy al Archivo de la Memoria. Una compañera tiene que declarar y me pidió unos datos que no me acuerdo bien. Rutina. Pero los necesita hoy.

-Bueno, cuidate, no revuelvas mucho… Te aviso cuando termino y por ahí podemos cenar en la parrillita de Nuñez antes de volver, ¿dale?

– Si, buenísimo. Hablemos. Te quiero. Beso.- Mónica colgó pesando que tenía una buena vida, después de todo.

-¡Moni, tanto tiempo! ¡Nos tenés olvidados por acá ahora que te acovachaste allá en el Tigre! ¿Cómo estás hermosa? ¿Qué te trae por acá? – el desborde afectivo de Rita, la encargada del Archivo, siempre la ponía un poco a la defensiva pero se sentía halagada. –Qué jodida soy- pensó mientras devolvía saludos y besos por toda la oficina.

-Gracias, Rita. La verdad es que me organizo para venir un par de días a la Capital. No parece, pero es un trecho. Además, te confieso, cuesta dejar la vista de la mañana en el río. No sé, es un experimento, vamos a ver si funciona. ¿Y acá, cómo va la cosa?

-Y…ya sabés. Por lo menos, seguimos existiendo, que no es poco. Acá nadie te lo quiere decir porque todos estamos cuidando el culo, pero yo te la digo: se la quieren cobrar, Moni. Y no van a parar hasta que nos hagan pagar todas. Están en todos lados, entre nosotros. A veces pienso que mejor me hubiesen rajado como a vos. ¡Pero vos tenés marido y yo no!

-Pará que yo laburo, nena. Y no te pongas paranoica que somos muchos también y “estamos entre nosotros”.

-Si, disculpá, es que este gobierno de mierda me tiene muy mal. ¿Qué necesitás, gorda?

-Necesito las actas del Juicio a las Juntas. Me vino un recuerdo a la mente y necesito saber si existe y, si no me falla la memoria, creo que es del día que declaró Adri Calvo. Por lo menos, puedo empezar por ahí.

-Abril del 85. Cómo olvidarlo. ¡Pobre Adriana! Aguantá que busco y te lo traigo- dijo Rita. Al rato, volvió con un bibliorato que apoyó sobre el escritorio. –No sé como hacés, yo no pude leerlos nunca más. Soy el perro guardián de todo esto, pero hasta ahí me da.

“Cierto, a veces no sé cómo hago” pensó Mónica mientras repasaba el legajo. Recorría velozmente las fojas, leyendo en diagonal, pasando por sobre el horror del relato, buscando una frase, una palabra, un indicio claro que certificara la locura. Lo había hecho cientos de veces en todos estos años para la Fiscalía.

“Método Ilvem para leer torturas” era la broma macabra que hacían con las compañeras endurecidas en interminables jornadas de descenso al infierno, recolectando y desenterrando datos e historias. A veces temía haberse convertido en uno de Ellos. Cada tanto se detenía en alguna palabra, alguna situación que la obligaba a leer, a mirar, y el nudo en el estómago le devolvía una parte de su humanidad.

Recorría el conocido ritual del secuestro y el tobogán del cautiverio cuando las notificaciones de whtasapp de Valeria volvieron, poniéndole una música el aire pegajoso que la aplastaba. Como en un partido de tenis, sus ojos comenzaron a moverse rítmicamente del teléfono al legajo.

-Ay, Puchi, no sabés que noche…creo que despertamos a todo Pántano con los ruidos y los gritos”

Nos iban llamando de a uno a los que estábamos en ese pasillo en esa especie de hall y se comenzaban a oír los gritos, los gritos desgarradores realmente, creo que nunca más voy a poder olvidar.”

-Con Alberto hablamos cada día de más cosas. Casi le cuento mi historia pero se dio cuenta de lo que me costaba y me dijo:”Tranquila, Valeria, la memoria también está hecha de olvido. Y eso ayuda a seguir adelante”. ¡Encima borgeano el muy turro!

les grité, íbamos a toda velocidad por la ruta que une La Plata con Buenos Aires, iba el auto a toda velocidad, y yo les grité ya nace, no aguanto más, y efectivamente nació, nació mi beba, (…) mi beba nació bien, era muy chiquita, quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso, yo les pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo, no me la alcanzaban, (…) mi beba lloraba, yo seguía con las manos atrás, seguía con los ojos tapados, no me la querían dar, señor presidente, ese día hice la promesa de que si mi beba vivía y yo vivía, iba a luchar todo el resto de mis días porque se hiciera justicia;”

Te juro Negri que la estoy pasando bomba, era hora de que se me diera alguna. No te imaginás lo agotada que estoy de placer…pero todo bien. ¡Voy a tener que descansar de las vacaciones! Jajaja!-

Bueno, esta gente estaba muy cansada, habían torturado toda la noche y por fin se cansaron de mí también, a mí en un momento me dio la impresión que ni ellos mismos sabían por qué estaba yo allá…”

Mónica aceleró la lectura. Ya se le hacía difícil soportar el calor de la sala, los sonidos del recuerdo en su cabeza y el chirrido frenético de las notificaciones, hastiada también de playa, caminatas, sexo y cuentos de hadas. Había seguido una corazonada que más bien parecía una trampa de la memoria “que es una forma del olvido”, le resonó fastidiosa la cita, y que al parecer no conducía a nada. En la última mirada al testimonio, un párrafo la devolvió de un tirón a la lectura atenta:

dos días después, el 27 de abril… por la tarde sube un oficial a los calabozos, casualmente era el mismo que estaba de guardia cuando yo llegué, me llama por mi nombre y apellido, cuando yo salgo del calabozo con mi beba, este hombre empezó a ponerse muy nervioso, transpiraba, se aflojó la corbata, dudaba (…) El sabía Sr. presidente que mi familia había conseguido una beca para Alemania para nosotros, me lo dijo en ese momento. Me dijo, Uds. se van a Alemania, vos y tu marido, váyanse, ya tienen la beca, tienen los pasajes, váyanse mañana mismo. Los van a limpiar sino, mirá que nosotros estamos en todos lados…”Como Diosito”, dijo”

Dejó el bibliorato abierto y desordenado sobre la mesa, el teléfono abandonado en una silla y salió corriendo de la sala a tomar aire al patio. Todo el lugar se le venía encima y se odiaba a sí misma por su memoria de elefante. -Podría estar disfrutando del aroma de pasto recién cortado o esperando plácidamente en la pileta hasta que llegara Martín a casa, tomarnos unos vinos y tener sexo bueno, del verdadero- pensó mientras caminaba resignadamente hacia el archivo de datos del personal militar.

Entró en la parrillita de Núñez, pidió un Campari con pomelo y se acomodó para esperar a Martín. Encendió el celular y sacó de un bolsillo interno de la cartera la fotocopia de una foto ajada y borrosa. Un joven robusto de enorme bigote renegrido y sonrisa contagiosa, la miraba con unos ojos que se adivinaban claros pese a la bruma del papel añoso, recostado sobre la puerta de un patrullero con la mano derecha apoyada sobre el techo del auto y la izquierda colgando del hombro de un camarada, sosteniendo un habano entre los dedos. La L dibujada en la piel brillaba como un tatuaje blanco contra el negro borroso que venía del fondo.

Mónica bebió un sorbo de su trago, encendió el teléfono, buscó el avatar de Valeria y tipió meticulosamente en la pantalla:

-Hola Vale. ¿Estás ahí?- No hubo respuesta ni visto. Un tanto aliviada, pensó en cómo continuar tejiendo un texto apropiado:

-Bueno, supongo que seguirás de revolcón. Llamame mañana a la mañana. Tengo una historia para agregar a tus días de Pija y Playa – agregó los emoji de una sonrisa y una flor, apretó el botón de enviar y apagó el teléfono.