Escriben: Matías Sbora y  Julieta Dorio
Fotografia: Paula Lobariñas


Karen “Burbuja” Carabajal es la primera boxeadora surgida del semillero del Almagro Boxing Club, en el cual hizo toda su carrera amateur y profesional. Invicta y con 15 peleas profesionales ganadas, Karen es campeona argentina y latina en el peso Súper Pluma y está en busca del título mundial. A sus 27 años, nos cuenta sus inicios en el boxeo, el presente como entrenadora del club, y su futuro en el ejercicio de la psicología. Hoy Karen es una referente del Almagro Boxing Club, un club centenario que es administrado por los socios, por donde pasaron muchos campeones profesionales, olímpicos y amateurs. El club tiene elecciones de Comisión Directiva y Presidente cada dos años y los directivos se van rotando entre los socios más antiguos y los “profes”. Hoy el sector musculación ostenta un mural donde figura el escudo del club y una caricatura de la última consagración de “Burbuja”.

 ¿Cómo fueron tus inicios en el boxeo?

Arranqué en el Club Almagro a los 16 años porque me gustaba el boxeo, lo veía en la tele. Me parecía muy complicado, veía que hacían algo pero no entendía de qué se trataba. Me dio ganas de ver qué había atrás de eso. Nunca pensando en que quería boxear, simplemente por curiosidad y también porque sentía que el boxeo me iba a dar un lugar de protección. En mi colegio eran todos medio peleadores entonces yo dije “Hago boxeo y nadie me va a molestar”. No me gustaba pelear, era muy tímida, callada, pero el hecho de que la gente supiera que yo hacía boxeo me daba cierta protección.

¿Cómo te adaptaste al mundo del boxeo, con 16 años y siendo mujer?

Fueron muy abiertos, me recibieron muy bien. Veían que yo venía a entrenar y que me esforzaba todo el tiempo en superarme, entonces me fui ganando un lugar de respeto. Nunca sentí que me hayan dicho“Vos sos mujer, no servís para esto”, o que me miraran mal. Incluso los compañeros que ya boxeaban me ayudaban, me invitaban cuando guanteaban [Nota: guantear es entrenar boxeando con otro compañero], colaboraban conmigo, me daban consejos. Querían que yo formara parte de este lugar y del equipo. En ese entonces en el club no había mujeres boxeadoras, había chicas que venían a hacer boxeo recreativo, pero no había competencia femenina.

¿Cómo te pesa ahora, siendo campeona y una referente del club y de las mujeres que vienen a entrenar?

No tomé noción de que eso había pasado. Que yo llegara a boxear y a ser campeona lo tomé natural: están todos apoyándome, quizás como un pibe más.Acá siempre me ayudaron en todos los aspectos: en mantener mi carrera, mi estudio y poder seguir entrenando. Me dieron un lugar para que no necesitara ir a trabajar afuera y pudiera seguir estudiando. Doy clases de boxeo en el club y con eso puedo solventarme económicamente. El boxeo es muy sacrificado, tenés que tener muchas ganas de hacerlo y saber que vas a dejar cosas afuera. Tengo 27 años, me gustaría vivir sola, con mi pareja, formar una familia. Pero no puedo. Vivo con mis abuelos, comparto los gastos, el alquiler, la comida. Tengo que boxear y eso me lleva tiempo en el gimnasio, pero también le tengo que dedicar tiempo al estudio. Soy psicóloga. Hoy elijo seguir viviendo con mis abuelos, no vivir con mi novio, no tener hijos, no trabajar en lo que a mí me gusta, que es la psicología, trabajar en instituciones de drogadependencia, porque no me dan los tiempos. Es dejar cosas que son muy naturales en la vida de cualquiera, por algo que vos sabés que es el momento. Económicamente no creo que me vaya a rendir, no es un deporte que te permita vivir de esto. Necesitás sponsors, que no los tengo. Pero tengo la suerte de tener a mi familia, a mi profe, Fernando Albelo, que cuando necesito algo me ayuda, a mis compañeros.

¿No hay subsidios para el boxeo? ¿En el CENARD?

Hay sólo para los chicos que son de la Selección Argentina y tampoco son subsidios muy importantes. Hay muchos cuestionamientos sobre por qué los chicos que nos representan no dan una buena imagen.Y es por eso: no tienen para comer, tienen que estar concentrados, sin su familia, no les pagan. Es bastante complicado vivir de esto. Uno lo ve de afuera y parece que tienen todo cubierto, pero no es tan así. En boxeo, si no sos muy conocido o muy comercial, no recibís apoyo del Estado ni de sponsors. Tenés que ser una figura que dé espectáculos arriba de un ring, que tenga todo un circo alrededor. Es muy difícil que te ayuden económicamente.

Con respecto al show, ¿vos pensaste cómo crear esa imagen que es parte del arte en este deporte?

Creo que la imagen me la hicieron como “Burbuja”, la psicóloga que boxea. Después, cuando subo al ring, a la gente le gusta que te “cruces”, que se peguen o cancherees. No es mi estilo. Sé que si lo hiciera podría tener más prensa, más sponsor, pero no es lo mío. Yo lo hago por mí, porque me gusta, y por la gente que tengo alrededor que confía en mí, que me conocen, saben lo que hago, y quieren verme hacer eso. El boxeo me influyó positivamente en muchos aspectos: cuando arranqué no hablaba. Ahora doy notas, hablo, comparto mi vida. Arriba del ring, los sponsors buscan al boxeador que se faja con otro.Yo soy más técnica. Mi filosofía del boxeo es “El arte de pegar y no dejarse pegar”. Eso es lo que mejor me funciona y es lo que venimos trabajando en estos 12 años. A veces sale, a veces no. Pero no es tanto el “cruce”. Puede pasar que en ese formato también knockeás, pero no es mi estilo ir al cruce, pegar y hasta que caiga una no terminamos. A la gente le gusta eso de ver cómo dos personas se pegan y termina una en el piso.

¿Sigue habiendo diferencias entre hombres y mujeres?

Sí, sobre todo a nivel económico. La “bolsa” que se llevan los hombres es mayor.

Comercialmente el hombre es más buscado, lo llaman para más festivales, y por la pelea de un título un hombre puede cobrar el doble que una mujer. ¡Y está peleando por el mismo título!

¿Cómo te llevás con el debate de la cuestión de género?

Por fuera de lo económico, desde que arranqué el boxeo la gente siempre me apoyó. Porque eso empieza a pesar cuando pasás al profesionalismo, el amateurismo, aunque a veces te dan algo, no es rentado. Es muy bien visto el boxeo de mujeres dentro del ambiente del boxeo. El principal problema es el económico, hay muchas boxeadoras que están en esa lucha constante. Y también deberían cambiar muchas cosas, no sólo lo económico, el reglamento también. Las mujeres pelean un round de dos minutos, cuando el de los hombres es de tres. Dicen que es por cuestiones biológicas. No estoy de acuerdo.

No existe un estudio científico que demuestre que la mujer tenga que pelear dos minutos porque es más “débil”.

Nosotras, cuando entrenamos, lo hacemos igual que el hombre. Supongo que a nivel pelea es lo mismo. Sería bueno que se mantengan las mismas reglas. Otro ejemplo: si el hombre pelea a 12 rounds, ¿por qué la mujer lo hace a 10? Es un absurdo. No creo que el boxeo se pueda hacer mixto, pero sí que se iguale en esos aspectos.

¿Y cómo hacés en los entrenamientos?

Es bastante complicado, porque tengo que hacer bolsa a 3 minutos y guanteo a 2. Hay que ir mediándolo entre todos, para que todos nos vayamos adaptando. O trabajar a 2 minutos, pero más intenso. Yo guanteo igual con el hombre que con la mujer. Sí pasa que el hombre no te pega tanto, te respeta más, porque es más fuerte, o simplemente porque los kilos no coinciden. El hombre, si pesa más, va a pegar más fuerte por una cuestión de peso. Pero siempre es mejor guantear con una mujer porque te va a “sacar” como te van a sacar en una pelea. Cuando voy para adelante el hombre te toca y no la sentís, en cambio con una chica sí, y ahí te acordás de que tenés que subir la mano, que te tenés que cubrir. En lo previo a una pelea siempre es mejor hacer con mujeres.

¿Cómo sigue tu carrera a nivel boxeo y a nivel psicóloga?

Estoy por terminar la especialización en drogadependencia como psicóloga. Pero mi idea ahora es ir por el boxeo: ahora soy campeona argentina y latina, así que este año me gustaría ir por algún título del mundo y también poder defender los títulos que tengo. Siempre digo que cuando haya alcanzado mis objetivos, quizás lo deje y me dedique a la psicología de lleno. Me gustaría el tema del tratamiento de adicciones, de personas que están en el Servicio Penitenciario. Pero ahora, que peleé por un título y lo gané, ya no sé cuáles son mis objetivos en el boxeo [Risas]. Una dice:“Salgo campeona del mundo, lo defiendo dos o tres veces y listo, ya cumplí”, pero cuando una está ahí quiere más y más. Creo que la edad me va a decir cuándo parar. Por ahora éste es el momento del boxeo, quizás 5 años más, y después ya sí dedicarme a lo que es la psicología. Me gustaría ser mamá también.

Y a tu hija o hijo,¿le dirías que haga boxeo?

Que haga lo que quiera, que elija. Pero se va inculcando, la va viendo, se mueve en un ambiente que es de boxeo. Y ahí va a elegir: o lo odia porque está todo el tiempo ahí, o le gusta.

¿Qué lesdecís a las chicas de 16 que pasan por la puerta y asoman la cabeza en el club?

Si asoman la cabeza es porque algo les despierta y les diría que lo practiquen. Más allá de si vas a competir o no, este deporte es muy lindo, muy completo y te ayuda en muchos aspectos, no sólo en lo físico. A mí me dio mucha seguridad. Te forma como persona, te muestra cualidades como la solidaridad, el compañerismo, la disciplina, la pasión, el luchar por objetivos. Te ordena bastante la vida también.

Una familia en el Almagro Boxing Club

Quisiera retrotraernos a tu historia previa al boxeo, ¿cómo te marcó este deporte?

Lo que encontré acá e hizo que no me vaya, más allá del deporte en sí, fue el lugar que me dio el boxeo. Sentía que tenía un lugar en la sociedad. Que tenía una familia, que la formé acá, y yo era alguien de esa familia, todos me querían, sabían que estaba ahí, cosas que no tenía en mi familia biológica en ese momento. Ese fue el enganche.

A mis 11 años, mi mamá se fue a Misiones por cuestiones laborales y nos quiso llevar, pero nosotros no fuimos. Me quedé acá con mi hermano y mi papá. Ella iba y venía bastante seguido, hasta que un día mi padre, que es alcohólico, agredió a mi mamá físicamente. Ahí ella decidió no venir más, yo tenía 14 años. Ella nos quería llevar a Misiones, ya que mi hermano andaba medio perdido, no iba a la escuela, estaba mucho en la calle. Fuimos 2 o 3 meses. Empecé el colegio allá, porque a pesar de todo lo que estaba pasando yo sabía que tenía que estudiar, terminar el colegio. Sabía que iba a volver a Buenos Aires, pero no iba a perder mi año de escolaridad. Luego, mis abuelos me fueron a buscar y me trajeron de vuelta a Buenos Aires. La relación de mi hermano y mi papá era cada vez peor, en el marco de esa situación de violencia. Estaba enojada con mi papá, pero sabía que él tenía un problema, una enfermedad, que era el alcoholismo. Sabía que estaba mal lo que él hizo pero quería ayudarlo, por eso me quedé a su lado. A los 17 años, mi hermano decidió irse a Misiones para comenzar a estudiar, trabajar, reencaminar su vida con mi mamá allá. Él formó su familia, tiene una hijita, está trabajando. Yo me quedé. Mi papá estaba cada vez peor: rompía todo, vendía las cosas de la casa, tenía la música a todo volumen mientras yo estudiaba. Él venía, se ponía a llorar a mi lado, era complicado pero siempre traté de seguir hacia mis objetivos. Estudiaba y cuando terminaba me ponía a escucharlo. Hasta que dejó de trabajar, ya no tenía un límite. Sabía que él me quería, pero llegó un momento que hasta vendía mis cosas para comprar alcohol. Ahí fue cuando le dije que estaba en cualquiera. El profe me ayudó mucho, a veces no tenía para comer, mi papá decía que quería trabajar y no tenía zapatillas y el profe me las compraba para que se las diera. Desaparecía tres días de casa, o me despertaba y estaba tirado en el piso. Hasta que un día, en un momento de coherencia, se fue y no volvió más. Yo tenía 18 años. Un día me llamó, me dijo que estaba bien, que se había ido porque era la casa de mis abuelos y no quería vivir sin trabajar. El año pasado me llamó, me dijo que estaba viviendo en la calle, pero no quería decirme dónde porque le daba vergüenza, hasta que sin querer dijo unos nombres de calles y fui a buscarlo y lo encontré. Estaba viviendo debajo de un puente.

¿Y qué hiciste?

Más allá del alcohol, lo vi bastante en sus cabales. Primero sentí una especie de culpa, porque vivo en una casa, tengo comida, cama, techo, y porque no hago nada por él, que está viviendo en la calle. Después entendí que él eligió eso, que por más que yo le diga “Vení a vivir a mi casa”, él no elegiría vivir conmigo.

La elección de tus dos profesiones ¿tiene algo que ver con tu historia?

Sí. Él a veces me dice: “Ella estudió psicología para resolver la vida, pero conmigo no va a poder” y se ríe. El tema es que a veces no puedo ir porque él de día está “cartoneando” y no está, y de noche esa zona es bastante complicada. A veces paso los fines de semana y lo engancho de día y lo veo un rato. Igualmente cuando lo veo, me olvido todo lo que estudié en la carrera, porque es mi papá. Yo quiero que sienta que lo quiero igual, a pesar de todo lo que pasó, y que estoy ahí.

¿Qué rol tiene el deporte con las adicciones?

El deporte es fundamental. Se usa mucho para problemas de adicciones. Genera en el cerebro la Serotonina, que produce la droga (y que también te la quita). El deporte también te la da, de una manera más sana, es fundamental a nivel neurológico. Creo que las personas que se meten en las adicciones lo hacen porque no tienen algo por qué luchar, por qué vivir, la vida ya les da lo mismo. Al principio, uno no se da cuenta, pero muchos saben que llega un momento en que están jugados. Y lo que te da el deporte es que te va ordenando la vida, porque si querés entrenar y boxear, tenés que olvidarte de salir de noche, de comer mal, de tomar alcohol, de drogarte, de fumar, porque son factores que te influyen negativamente en el entrenamiento. Te da esa disciplina y te marca el límite. En el boxeo hay reglas que cumplir y los límites en personas con adicciones están perdidos.

¿Qué opinás del estereotipo de violencia del boxeador?

Me lo han preguntado las madres de los niños, si sus hijos se van a volver más violentos. Lo que creo, por lo que vi, es que el boxeo es una forma sublimada de violencia. En todo ser humano hay algo de violencia interior, de situaciones pasadas, o algo que no hayan podido resolver o decir.

Al boxeo lo vivo como un lenguaje, una manera de decir. Cuando venís acá sabés que no se trata de violencia. Entonces, si venís le pegás a la bolsa, hacés guantes, sparring, entrenás. Cuando salís a la calle ya sabés lo que sos, no tenés que demostrar nada a nadie, porque ya lo demostraste acá, y se lo demostraste a quien corresponde, que es a un rival, a tu técnico o a tus compañeros.

En ese aspecto te da mucha seguridad en vos y te quita esa violencia que quizás una persona que no hace boxeo no lo siente. Y un tema también, secundario, es que el boxeador no tiene ganas de andar peleándose cuando vive las 24 horas haciéndolo arriba del ring, salís del gimnasio más relajado. La persona que hace boxeo es mucho menos violenta que la persona que no lo hace. Creo que el boxeo reduce los niveles de violencia en la sociedad.