Escribe: Julián Andreu

Desde la muerte de Hugo Chávez aquel 5 de marzo de 2013, como para poner una fecha arbitraria de comienzo, existe sobre nuestra América Latina una ofensiva (una más y van) del poder real. Ésta va de la mano de las propias circunstancias que así lo permiten en cada país, y claramente su inicio se puede fijar desde mucho antes. A esta embestida la podría llamar neocolonial, la podría llamar neoliberal, la podría llamar… de alguna manera. La verdad no le encuentro definición adecuada a este conglomerado de pequeñas partes que logran formar un todo de poder omnímodo e implacable.

Son Bolivia y Venezuela los bastiones que lograron soportar el vendaval. O los vendavales, si nos referimos sobre todo a la República Bolivariana, centro del ataque más despiadado y sin pausa desde que se logró erguir como una nación independiente de la mano de un presidente que pudo romper esa hegemonía de gobiernos ligados a la potencia del norte. En el caso de Bolivia la situación fue similar, aunque en el contexto de la economía norteamericana está claro que Venezuela es central por su potencial petrolífero. El Estado plurinacional que preside Evo pudo capear varias tormentas, sigue en pie el proyecto y con miras a seguir avanzando, aunque las condiciones materiales en las que ahora está inmerso sean claramente esquivas.

Ambas naciones comparten algo en común: profundizaron los cambios y lograron (con altibajos) reformas constitucionales que les garantizaron la continuidad de los proyectos que encarnan. Claro, decirlo así resulta un simplismo del que escribe, pero no es el eje de estas lineas analizar en profundidad los procesos que llevaron a este presente en el que viven, no por lo menos hoy.

Con matices, en el resto de los países del cono sur asistimos a estocadas de derechas implacables, algunas por el voto “popular” y otra por lisa y llanamente un golpe. Me refiero a Brasil, donde asistimos en estos días a la casi consumación de dicho escenario golpista con la encarcelación de Lula y su casi segura proscripción a la candidatura presidencial para las elecciones de octubre.

Tanto en Brasil con un golpe, como en Argentina por el voto, se institucionalizan gobiernos de corte oligárquico en lo político, neoliberal (hasta me atrevería a definirlo como neoconservador) en lo económico y antipopulares en toda su estructura. Categoría superior a la de antidemocráticos por un detalle no menor: son con las herramientas de la democracia con las que llegaron a posicionarse. Claro que hay más, pero me parece sustancial esta impronta que no buscan esconder, siempre matizadas o disfrazadas bajo artilugios mediáticos muy bien pensados y armados por ese suprapoder, el que sabe a qué juega y al que nos pone a jugar a casi todos. Ese que logró, por ejemplo en Brasil donde millones salieron de la pobreza gracias a los gobiernos de Lula, que los beneficiados por esas políticas no se empoderaran y que en un breve lapso de tiempo incluso desconozcan dicho cambio sustancial en las estructuras sociales. Un campo fértil para lograr destituir por medio de un golpe blando a Dilma y encarcelar al político popular más importante del hemisferio sudamericano. En el caso de Argentina logró demoler el salario más alto de América Latina y llevarse puesto un sistema previsional, que con errores había ampliado la base hasta lograr que un 95% de los ancianos mayores tuvieran una jubilación mínima. Todo esto casi sin arriesgar capital político, o por lo menos eso dijeron las última elecciones.

Ahora claro, también estamos los que habitamos el otro lado de esa grieta que ellos dicen querer cerrar (y la verdad que sólo quieren ampliarla). Opositores a este sistema que con incipientes herramientas, no menos importantes por ser simples, intentamos decodificar con un esfuerzo similar al de Alan Turing con su Enigma, ese mensaje perverso e ignominioso que tan bien maneja el escenario, donde ellos son los protagonistas y el elenco principal. En este guión algunos de “nosotros” entran en escena con simples papelitos muy chiquitos, pero efectivos para el desarrollo de su obra. Acá Roma no compra traidores, compra inocentes.