Escribe: Nuria Giniger
Fotografia: Midia Ninja

Lula se atrincheró en el Sindicato de Metalúrgicos ABC, su raíz, el origen de sus nueve dedos, con los muchachos fuertes y aguerridos que se enfrentaban a la aceleración de los ritmos de producción tanto como para rebanar un pedazo de carne humana, al mismo tiempo que contra la dictadura brasilera. Y como sobrevivientes de la mutilación, los metalúrgicos del ABC vencieron a la dictadura.  El jueves y el viernes, Lula se atrincheró unas horas en el sindicato para crear un instante mágico de esperanza latinoamericana.

Brasil es el país más grande de América latina y sus destinos se asocian al de todas y todos nosotros. Por momentos, nos pasa desapercibido: nos encontramos con las fronteras y la deshistorización cotidiana; rivalizamos, o peor aún, nos desconocemos por completo. Pero desde que el tribunal superior de justicia brasilero negó el beas corpus el miércoles pasado, comenzó a reconstituirse una historia, un presente y un futuro común. Allí estaba la sucesión de golpes de Estado de esta nueva etapa -Honduras, Paraguay y Brasil-, cuando el imperialismo nos mostró su capacidad innovadora de transitar la recolonización. Un ejército de medios de comunicación concentrados y un sistema judicial a medida, desplazó a la trinchera (pendientes de orden) a las fuerzas represivas estatales, en toda su variedad militar-policial.

Algunas y algunos nos fuimos preguntando durante este tiempo cómo y por qué llegamos a esta situación luego de más de una década de ejercitar un intento de construcción de alternativas (y de nuevo decimos, algunas con la audacia de las y los revolucionarios; otras con la tibieza de quién no desea cambiar el mundo). Esbozamos críticas y autocríticas, le agregamos características a las derechas latinoamericanas, polemizamos entre nosotros y nos enfrentamos contra ellos en cada tribuna y calle que pudiéramos encontrar. Igual nos mataron, igual nos encerraron, igual nos dividieron. En Argentina, desde la asunción de Macri tuvimos más de treinta presos políticos y el movimiento popular en su enorme mayoría los puso en duda: los cuestionó; los segmentó entre buenos y malos, entre luchadores y corruptos; decidió que había algunos a los que valía la pena defender y otros a los que no; les puso nombre y apellido a unos y a otros no. En síntesis, compró la estrategia del poder de fragmentar y quitarle contundencia al reclamo por la libertad. La ética popular, el basamento moral sobre el cual se edifica un proyecto político, está enormemente debilitada.

El movimiento popular latinoamericano pedalea en el aire sin entender bien.El piso se movió de una forma, con una virulencia y con una rapidez que nos dejó a todas y todos buscando respuestas desesperadamente. En Argentina, las respuestas se buscan en las calles, en las movilizaciones, en los actos, como rituales de encuentro y comunión, a ver si se nos cae alguna idea. Algunas y algunos (¿por experiencia?) vimos que el camino de escindir lo social y lo político era un problema, que si había fuerza política –debilitada y aun contradictoria- había que ponerla a disposición de la unidad popular y de un proyecto superador. Muy tibiamente, en las últimas elecciones de octubre pasado, la expresión electoral más contundente que un sector del pueblo pudo armar en este contexto, se presentó: el macrismo hizo su elección de la alegría y los globos, y de este lado, una campaña basada en el bolsillo: ni en la ética ni en la política, si no en la economía. Que por cierto, la política económica del macrismo tampoco es una sucesión de ajustes sin sentido que nos dejan a todas y todos en medio de una crisis terminal. La derecha sabe, aprendió, no es la primera vez que lo hace: tiene clarísimo que recuperar la porción de la torta (por más grande o más pequeña que sea) que le arrebatamos, que quiere, que requiere y que siente que le corresponde no se hace de un día para el otro. La derecha hace planes veinte años vista. Nosotras y nosotros no. Así respondimos en las elecciones de 2017, divididos: con un sector del pueblo desanimado, descreído y discutiendo el reparto del poder ficticio; con otro sector desencantado con las elecciones; con otro incapaz de aproximarse a las necesidades y a contribuir a construir anhelos.

Por supuesto, perdimos. Perder una elección no tendría por qué constituir un retroceso, o no necesariamente (y mucho menos cuando los votos se cuentan en millones), pues sino pareciera que el partido se juega solamente allí. Y tal como vimos estos días con Lula en el sindicato, los partidos políticos se juegan en múltiples canchas, planteadas por la historia y una pizca de azar.

Perder en 2017 tuvo consecuencias inmediatas: la propaganda feliz macrista bajó la guardia y apareció rapidísimo la sucesión de programas de ajuste y represión. Diciembre fue un hervidero y los cacerolazos del 18 a la noche nos auguraron un caminito de desgaste o desencanto hacia el gobierno. Algunas y algunos de nosotros también nos alertamos de la capacidad inmensa que el gobierno tiene para recuperar su legitimidad, pero igual fuimos optimistas.

Sin embargo, perder no fue solo eso: también significó que la cancha donde estamos jugando se desplazó todavía más hacia la derecha. El tiempo y el espacio –el estadio- que desde 2001 estuvo ubicado en una sutil oscilación de la centro izquierda, durante más de diez años, se mudó. Eso no implica que no haya habido políticas de derecha. La ley antiterrorista es el mejor ejemplo de eso. Sin embargo, el sentido de lo jugado se ubicaba allí, tironeado por los países del ALBA, cuya enorme voluntad de poder nos permitió renombrar, resignificar y volver a soñar. Pero cuando el imperialismo se definió a reconquistar América latina, con golpes y con elecciones, la soga se tensó y la cinchada comenzó a ponerse más difícil.

Entre 2015 y 2017, el gobierno voluntariamente electo de Mauricio Macri hizo brillantes jugadas, memorables. Pero todavía parecía que teníamos con qué enfrentarlos. Perdimos las elecciones y las y los de este lado de la soga, nos caímos al suelo. Y el estadio se movió, cambió de barrio. Las voluntades de izquierda e incluso las de centro-izquierda más radical perdimos el eco o la amplificación. El partido se dispuso a ser jugado bajo la estrategia de reconfiguración de una alternancia de derecha: “hay 2019” ya no se postula como proyecto político de raigambre popular, si no como “saquemos a éstos a como dé lugar, incluso si los jugadores que entran a la cancha son iguales a Macri”. El PJ se empezó a parecer de nuevo al PJ. Y el kirchnerismo como corriente política empezó a desvanecerse; las y los dirigentes kirchneristas están más perdidos que sordo en tiroteo; la izquierda peronista, comunista, socialista y latinoamericanista se encuentra de nuevo poniendo el cuerpo para construir sobre las cenizas, sin representación electoral ni fuerza que defina; y lo que llaman izquierda extravió todo viso de ética y el oportunismo ya no se puede tapar.

En este panorama desolador, a punto de convertirnos en espectadores de un partido por derecha, Lula se presenta como una esperanza continental. Si a Lula lo sacamos en libertad; si se presenta a elecciones y si las ganara el próximo octubre en Brasil, el tablero se mueve. No sabemos a dónde, cómo, ni exactamente casi nada de las consecuencias inmediatas, pero que se mueve, se mueve. Y si se mueve, habrá rebotes en Argentina, en Uruguay, en Paraguay, en Chile, en Ecuador, en Perú; y ayudará a Bolivia, a Venezuela, a Nicaragua y a Cuba. Si se mueve, el temblor es de Tierra del Fuego hasta el Rio Grande. Y si se mueve, volvemos a jugar el partido: “hay 2019” ya no es una trampa por derecha, si no que puede constituirse en un paso, en un momento de condensación de los esfuerzos, sacrificios y esperanzas que el movimiento popular viene poniendo para sostener sus conquistas. Y a ver si nos disponemos a planificar veinte años vista.

Cifradas nuestras expectativas allí, en Brasil, en el crecimiento de la campaña Lula, en el apoyo del pueblo verdadero, negro, pobre, feminizado, asesinado, la Corte Suprema no le da el beas corpus. Lula es Lucha. Lula Guerrero. Lula mostranos que la ética está vigente. Lula, “hoy te convertís en héroe”: el pueblo latinoamericano te necesita, requiere de tu resistencia. Lula, no hay héroe sin política y no hay mito sin ética. Solo con la política no nos alcanza, necesitamos ética, la del humano solidario, compañero, dispuesto a darlo todo, dejarlo todo en la cancha con las consecuencias que haya (aún con la vida).

Hoy el partido está puertas afuera del penal donde trasladaron a un Lula que decidió entregarse. No decidió inmolarse por nosotras y nosotros. Al menos, no por ahora. No decidió condensar nuestros anhelos y nuestras voluntades. Nos los transfirió: “No sirve de nada intentar frenar mis sueños, porque cuando deje de soñar, yo soñaré a través de sus cabezas y de sus sueños (…) Todos ustedes, de aquí en adelante, se convertirán en Lula y van a andar por este país haciendo lo que ustedes tienen que hacer”.

Hoy nuestros sueños están afuera, en los miles de millones de nosotros, que esperamos poder ser la fuerza colectiva que haga temblar la tierra, lo saque a Lula y le dé la oportunidad nuevamente de ser héroe. La oportunidad de convertirse en Maradona.