Texto: Una Mujer
Ilustración: Laura Alderete


El primer día de atraso me acosté en la cama, recuerdo mis mayores certezas hasta el día de hoy: estaba embarazada e iba a abortar. La primera me la daba el cuerpo, desde todos lados; como la piel, las tetas, la falta de sangre, el sueño, los sueños, el cosquilleo y mas. La segunda nacía de mi ética y la convicción de que un@ niñ@ nace para ser feliz y eso empezaba por mí, dependía de mí. Sinceramente, no estaba preparada para eso ni lo deseaba, no era justo que es@ niñ@ naciera. Todos merecemos sentirnos felices. Tampoco fue justo abortar con un “doctor” gritándome al oído, preguntando si ya había pagado, mientras sentía un dolor espantoso y me sostenían para que no me moviera. Salí de ese cuarto temblando, con muchísimo dolor, con bronca. Me recibieron los brazos de mi hermana, con todo su amor y compasión. Tenía que salir rápido a la calle, no podían juntarse muchas mujeres dentro. Ese “doctor” fue en ese momento la opción mas ajustada a mi presupuesto (más alto que el de otras mujeres), la más rápida (el tiempo hace tic-tac), la más cercana y conocida (por una conocida). Pero no imaginé tanta brutalidad.

La semana previa, había viajado cuatro días para llegar a Buenos Aires, subí al bus llorando como nunca, asustada, enojada, y con mucho miedo de morirme, de estar yendo directo al matadero. Viajé a Argentina porque necesitaba abortar en mi lugar, donde estaba mi gente y porque allí se encuentran, según el vox populi, los mejores médicos de Latinoamérica. Lamentablemente, para abortar nos limitan el acceso a ellos. Porque el aborto es ilegal y porque es caro, muy caro. Las mujeres y nuestra vida se cuentan en billetes, así que cuando hay pocos billetes nos queda la resaca. Y ahí es cuando muchas mueren.

Secreto. Palabra clave en nuestras historias porque hay que buscar un profesional en secreto, moverse en secreto, hablar en secreto, llorar en secreto, abortar y post-abortar en secreto. Muchas siguen muriendo en secreto. Mientras tanto, otros gritan desde la ignorancia, el prejuicio y la falta de toda humanidad y respeto.

El secreto, el prejuicio y el negocio del aborto caen como mano negra sobre las mujeres, la culpa que la sociedad nos tira encima sólo ayuda a los dueños del negocio, cada vez más ricos y brutales.

Aunque sigue siendo mi peor recuerdo, nunca me arrepentí de haber abortado y sostengo que fue la decisión mas coherente que he tomado. Agradezco ser sobreviviente.

Mi aborto y el de todas, tendría que haber sido menos pesado, sin el peso del dinero, en un contexto acorde a la situación, preparado frente a complicaciones médicas y psíquicas y  con profesionales humanos e idóneos. Con acceso a medicación y controles gratuitos. Es decir, en un hospital, no en un departamento de dos ambientes contrafrente. O en peores condiciones según los casos.

Por humanidad, el aborto debe ser legal, seguro y gratuito.