Autor: Enrique Arias Gibert

No existe un grado cero de la mirada como pretendía el liberalismo clásico, cuando decía que el ser es aquello que se percibe. Por cierto, nuestra capacidad para percibir los hechos que nos rodean en esa primera mirada “ingenua”, es solidaria de los prismas y cegueras que hacen posible que cualquier orden social se constituya y sostenga.

Los siglos XIX y XX trajeron consigo la asunción de subjetividades nuevas que, en las luchas y conquistas emancipatorias, mostraron que la mirada objetiva y fuera del tiempo sobre la verdad y la sociedad no era otra cosa que la perspectiva desde arriba de los dominantes de cada sociedad. Junto a esa verdad del dominante se hace presente la verdad de los pueblos sin historia, del sexo oscuro, de la fuerza de trabajo apropiada en un intercambio formalmente igual.

Sin embargo, en la batalla cultural por el sentido común, esta idea de objetividad e independencia fue agitada hasta hace pocos años por las concentraciones mediáticas. Una idea que ha sido desplazada de los círculos académicos y científicos sigue teniendo efectividad en tanto no se combata en el ámbito mismo de las subjetividades populares.

Una concepción no se transmite sin afecto. De allí la esterilidad del “socialisma científico”, y la potencia emancipatoria de los movimientos sociales y las organizaciones sindicales de base. Lo que hace al socialismo utópico no es su falta de cientificidad, sino su falta de realización en la práctica. “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento” (2da tésis sobre Feuerbach). Por eso, cuando una concepción se hace cuerpo, el sentido común hegemónico tambalea y se empieza a construir una nueva hegemonía.

La respuesta de los dominantes a la crisis de sus disciplinas de verdad fue el neoliberalismo, construido sobre el relativismo, el escepticismo y el régimen de posverdad. Si toda verdad es relativa, si en nada se puede creer, ninguna emancipación tiene sentido. Y aunque lo dado no sea sacralizado como eterno, el único camino racional es acomodarse a lo existente para construir un nicho en el que sobrevivir como emprendedor individual.

Una apuesta por la emancipación es una apuesta por la verdad. Pero ya no es la verdad como correspondencia entre el pensamiento y la cosa, sino la verdad en tanto síntoma de lo social. La verdad de una concepción se manifiesta en las marcas que deja. La verdad de la financiarización de la economía son los cartoneros, los sin techo, los sin pan. La verdad habla, aunque no haya palabras que la digan. Se manifiesta entonces como marcas en el cuerpo de la sociedad y de cada humano. Es ese dolor que no puede ser dicho. En palabras del poeta depuesto, la Patria es un dolor que no tiene bautismo.

La verdad que aparece como síntoma fija el límite del proyecto de restauración neoliberal. Aunque se pretenda cercar los contenidos de lo que puede ser dicho. Ese dolor que no se expresa en palabra, amenaza con la irrupción de lo real, aunque se demonice a Zaffaroni por decirlo.

*El autor es Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo y Doctor en Ciencias Jurídicas.