Autora:Silvana Camerlo

*La sexualidad de las mujeres ha generado cierta inquietud a los representantes del poder a lo largo de la historia. La ciencia médica, las instituciones religiosas y el Estado continúan manipulando y ejerciendo un control sobre los cuerpos femeninos.


Lo que llamamos feminidad es un entramado de mitos sociales, soportado por narrativas y por significaciones imaginarias, que variará de acuerdo al momento socio-histórico del que se trate. Según los períodos históricos transcurridos, los soportes narrativos ofrecerán variaciones argumentales, en función de diferentes instituciones, las cuales se valdrán de representaciones que conformarán un determinado modelo hegemónico. Entre estas instituciones, han tenido su grado de importancia la Iglesia, el saber médico y el Psicoanálisis. Recién a partir del siglo XVIII, los médicos empezarán a reconocer el cuerpo de sus pacientes mujeres, aunque durante mucho tiempo, la asistencia en salud se circunscribirá a los partos exclusivamente. (Fernández:1994)

Para comenzar a hablar del tema que me convoca, me valdré de dos imágenes: la primera pertenece a una pintura de André Brouillet, llamada “Una lección clínica en la Salpêtrière” (1886) en la que Jean- Martin Charcot- neurólogo francés, de quien Sigmund Freud fuera discípulo- se enfrenta a un grupo de colegas varones, quienes parecen escucharlo con suma atención. Charcot está explicando lo que es la gran histeria. Más que explicar, lo demuestra: sostiene con un brazo suyo el cuerpo arqueado y lánguido de una muchacha que se halla de pie. Sus ojos están cerrados, como en un trance hipnótico. Vemos un único brazo, también arqueado, con un puño cerrado. Detrás de ella, se encuentran dos enfermeras, aprestándose a ayudarla, por si cayera. El aula del Hospital deviene en un Teatro ante la ávida mirada masculina.

La segunda imagen pertenece al filme Drácula, de Francis Ford Coppola (1992). El Conde se presenta ante la ventana del cuarto de Lucy, bajo la figura de un joven dandy. La saluda, sin entrar, quitándose su sombrero de copa, cortésmente. La muchacha se halla acostada en su cama, vestida con un camisón rojo transparente, y ya ha iniciado su proceso de metamorfosis vampírica. A partir de un único gesto de Drácula, Lucy se incorpora, no sin lentitud y como si danzara. Ante los gritos de una criada, el profesor Van Helsing y uno de los pretendientes de Lucy, Jack Seward, – ambos, médicos- ingresan en su alcoba. Seward queda azorado ante lo que ve. Van Helsing- un hombre de mundo y experto en el tema del nosferatu- no se escandaliza demasiado. Lucy se arquea en su lecho y gime. Uno de sus senos está al descubierto. Repentinamente- y justo cuando la chica está a punto de ser transfundida- irrumpe Arthur Holmwood, otro de los pretendientes. Golpea las puertas, grita desaforado y pregunta qué le están haciendo a su novia. Lucy no ha dejado de jadear en toda la escena, ya que ha tenido un interminable orgasmo, y podría decirse que cada uno de los hombres ha observado una actitud muy diferente ante el goce femenino aparentemente solitario, aunque propiciado un rato antes por un vampiro, un muerto- vivo, un proscripto al que todos odian. Las actitudes masculinas podrían encuadrarse en tres: el horror, la indiferencia y la violencia.

¿Podemos decir que este control de la sexualidad de las mujeres está vigente en la Argentina del siglo XXI? ¿Quién decide sobre los cuerpos femeninos? La Iglesia y el saber médico- como antes- ejercen, indudablemente, un control. Pero también lo hace el Estado.

Michel Foucault (1987) señala la existencia de cuatro grandes conjuntos estratégicos, a los que también denomina líneas de ataque o formas y que desde el siglo XVIII, despliegan dispositivos de saber/ poder acerca del sexo: la histerización del cuerpo de la mujer, la pedagogización del sexo del niño, la socialización de las conductas procreadoras y la psiquiatrización del placer perverso. Aunque se ligan entre sí de algún modo, querría ocuparme del primero, que tiene lugar a partir de la idea de que es a las mujeres a quienes les corresponde la responsabilidad respecto de la salud de sus hijos, la solidez de la institución familiar y la salvación de la sociedad. La Madre – con su imagen negativa de “mujer nerviosa”- constituye la forma visible de dicha histerización. Es el primer personaje invadido por el Dispositivo de sexualidad. En el proceso de histerización de la mujer, el sexo puede ser definido de tres modos posibles: a) como aquello que le es común al hombre y a la mujer; b) como lo que le pertenece por entero al hombre y por lo tanto, a la mujer le falta; c) como lo que constituye por sí solo el cuerpo de la mujer, si se lo refiere únicamente a las funciones de reproducción. La figura que le corresponde a este conjunto estratégico es la de la histérica.

La sexualidad femenina ha despertado a lo largo de la Historia – podría decirse casi eufemísticamente- al menos, cierta inquietud. Así como Charcot busca el punto histerógeno en el cuerpo de las mujeres, los inquisidores ordenan a los barberos/cirujanos indagar sobre los “puntos anestésicos” en las eventuales brujas, como marca del pacto diabólico. Muchas mujeres posiblemente diagnosticadas hoy día como histéricas “sucumbieron en la hoguera como tratamiento para sus síntomas”. (Fernández: 1994: 74). Las mujeres acusadas de brujería – además de poseer conocimientos sobre hierbas y oficiar de parteras- practican su sexualidad por fuera del matrimonio y pertenecen al medio rural. Hacia el siglo XVII, se realizará un pasaje del discurso religioso al médico y las “brujas” serán catalogadas como “enfermas mentales”.

Pobres, locas, histéricas, vampiresas, viejas, brujas: lo que tienen en común dichas denominaciones es su carácter marginal. A través de narrativas como Drácula se intenta subvertir la sociedad patriarcal, atacar el orden simbólico de la cultura moderna, definido por un modelo burgués, monógamo y androcéntrico. Lo inhumano, lo monstruoso, lo demoníaco representan fuerzas hostiles a la ideología burguesa. A la vez, se proyectan en monstruos, demonios, vampiros y femmes fatales las propias miserias. Dichas figuras encarnan realidades insoportables para una sociedad determinada y constituyen elementos que deben ser destruidos, debido a su carácter “problemático” (Jackson: 1986).

¿Quién habla y decide por las mujeres?

En nuestro país, durante el siglo XIX, Eduardo Holmberg- un naturalista y maestro darwiniano que integró un equipo de intelectuales positivistas- utiliza en sus cuentos el cuerpo femenino como punto de contacto entre el empirismo y lo fantástico. Ve la psique femenina como símbolo de irracionalidad y de caos. Si se desea lograr la prosperidad de la familia y de la nación, el cuerpo y la mente de la mujer deben ser controlados por la ciencia. (Masiello: 1997). ¿Podemos decir que este control de la sexualidad de las mujeres está vigente en la Argentina del siglo XXI? ¿Quién decide sobre los cuerpos femeninos? La Iglesia y el saber médico- como antes- ejercen, indudablemente, un control. Pero también lo hace el Estado.

El aborto clandestino y en condiciones carentes de asepsia no dejará de existir por esas razones- se calcula que se practican alrededor de 500 mil abortos por año en Argentina. No legalizarlo, entonces, no sólo es una manera más de controlar los cuerpos de las mujeres y de apropiarse de su sexualidad, sino también un modo más de propiciar el feminicidio.

A menudo, las polémicas en torno al tema del aborto están repletas de clisés. Existe una especie de terror que se origina a partir de la idea de que si hay una ley, las mujeres “se dedicarán a abortar sin más”, como si la decisión del aborto no fuera traumática de por sí, tanto psíquica como físicamente. Los efectos psíquicos se producen más que nada por la penalización del aborto y por su clandestinización y son efectos de estrategias biopolíticas de disciplinamiento y control sobre los cuerpos y sobre las subjetividades (Fernández: 2009). Como réplica desafiante, se escucha la frase un tanto narcisista o caprichosa: “Con mi cuerpo hago lo que quiero”. Fundamentalmente, creo que se trata de vidas. Y no me refiero a la afirmación católica que reza “hay vida desde el instante de la concepción” u otras posibilidades, barajadas por el saber médico. Se trata de vidas, claro. De las vidas de las mujeres. Y de su poder de potencia, de su empoderamiento.

La epistemóloga y bióloga feminista Donna Haraway (1999) dice que en la lógica liberal de la representación, el feto debe protegerse de quienes están cerca, de su “entorno”. El poder de la vida y de la muerte se delega al ventrílocuo más epistemológicamente desinteresado. En la política semiótica de la representación, el objeto de la representación es la realización del sueño del representante. Siguiendo la frase de Karl Marx: “No se pueden representar a sí mismos, tienen que ser representados”. La efectividad de la representación se basa en operaciones de distanciamiento. Aquello representado debe retirarse de los nexos discursivos y no discursivos que lo rodean y resituarse en el dominio autoritario del representante. El efecto de esta operación es el de desautorizar a quienes se encuentran “cerca” del objeto “natural” representado (la mujer embarazada, por ejemplo). El feto es apartado de una entidad colectiva y es resituado en otra, donde se lo reconstituye como la base de una práctica representacional que autoriza siempre el ventrílocuo, es decir, quien habla por él. Se efectúa un tutelaje que será eterno. Lo representado queda reducido al status permanente de recipiente de la acción, sin poder ser nunca un co-actor en una práctica articulada con otros compañeros sociales diferentes.

Millones de mujeres mueren por año por practicarse abortos en condiciones terribles, muchas de ellas autoinduciéndoselos . El misoprostol- análogo semisintético de la prostaglandina- es utilizado para la prevención y el tratamiento de las úlceras gástricas y duodenales. Además es empleado para la inducción del parto y para la interrupción del embarazo. El libro “Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas” es publicado en 2010 por Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto y da instrucciones al respecto.

Usualmente, quienes se oponen al aborto aluden a una mejor educación sexual, contención familiar y leyes más rígidas contra toda forma de abuso sexual como posibles soluciones. Eso podría quizá ayudar a evitar la instancia cruenta del aborto en algunos casos. Pero no es suficiente. El aborto clandestino y en condiciones carentes de asepsia no dejará de existir por esas razones- se calcula que se practican alrededor de 500 mil abortos por año en Argentina-. No legalizarlo, entonces, no solo es una manera más de controlar los cuerpos de las mujeres y de apropiarse de su sexualidad, sino también un modo más de propiciar el feminicidio. De producir “estrategias de fragilización social- subjetiva- corporal como parte de los dispositivos de disciplinamiento social”, que van desde provocar miedos y culpas en los sectores medios hasta la violencia represivo-genocida ejercida por el Estado “que deja morir o deja caer” a los sectores más desfavorecidos (Fernández: 2009: 121, 136).

No otorgarles a las mujeres la capacidad de decisión- y hablar por ellas, al modo de los ventrílocuos- es, nuevamente, caracterizarlas cual locas, irresponsables, irracionales, demoníacas, como antaño.

*gran parte del presente artículo fue publicado originalmente en la revista La Letra Partida (2012)