Escriben Paula B. Altayrac* y Alejandro Biasin**

Ilustra Luciana Capece

 

Periódicamente nos encontramos con textos y artículos periodísticos que anuncian el fin del psicoanálisis, su antigüedad y caducidad. Sostenemos, en cambio, su particular importancia actual, en tanto práctica clínica y en tanto discurso disruptivo frente al embate neoliberal al que asistimos.

El psicoanálisis apunta a una verdad que es desconocida para la persona que padece. Apuesta a la emergencia de un sujeto en el decir de quien habla. Esta verdad solo podrá ir produciéndose en el dispositivo analítico. No es una verdad que se tenga que ir a buscar en los libros, una verdad revelada por el médico ni de una verdad única para todas las personas. Tal como pretendería la psicología científica cuando intenta definir la personalidad del adicto, la depresión, como si en tanto “ente” fuera posible hablar de “la depresión”, de “los ataques de pánico” como categorías externas a quienes las padecen e iguales para todos. Yendo a contramano de esto, apuntando a la verdad que encierra cada sujeto, una verdad para cada quien, es que el psicoanálisis adquiere el valor de descubrimiento.

La posición de extranjeridad que tiene el psicoanálisis con respecto al discurso de las ciencias que pretenden unificar y masificar, provoca cierto desdén en ámbitos ajenos a nuestra práctica. El psicoanálisis apunta a lo singular de cada sujeto y es por ello que se contrapone al Neoliberalismo. En los modos de abordar el padecimiento psíquico, el neoliberalismo encuentra su correlato en las llamadas ciencias cognitivas, ya que éstas responden a su demanda de homogeneizar y protocolizar los tratamientos en formatos breves e iguales para todos. Reducen el padecimiento subjetivo a un síntoma a ser erradicado, a un síntoma biológico. Y esto, como lo advertía Freud, solo logra la eliminación de un síntoma, pero no elimina la capacidad de producir nuevos síntomas. Suprimir el síntoma -si esto fuese posible- no modifica lo que para nosotros es esencial desde el psicoanálisis que es el modo del lazo al Otro que ha constituido a ese sujeto.

El discurso capitalista y el neoliberalismo, como su forma más actual, pretende hacer de todo ciencia y mercancía o mejor dicho, ciencia para crear la mejor mercancía que obture toda pregunta por el sufrimiento: psicofármacos, libros de autoayuda, gurúes, encuentros religiosos que prometen la felicidad, etc. Sostener la ilusión de una respuesta para todos es la forma en que el neoliberalismo opera efectivamente en el terreno del padecimiento humano.

Psicoanálisis y política

No es novedad que asistimos a un momento particular de la política en el que se manipula la opinión generalizada para aparentar que no se está haciendo política. La estrategia marketinera en nuestro país consiste en hacerle creer a la población que cada ciudadano es una parte importante del cambio, de lo que se hace. Se pone la responsabilidad de todo en la figura del vecino entonces, si se trata de prevenir el dengue, es responsabilidad de todos y no del Estado. El gobierno se desliga de tener que implementar políticas públicas para proteger y, llegado el caso, tratar a la población. En términos capitalistas, el Estado se ahorra recursos mediante el “en todo estás vos” justificando así su retirada de los problemas más cruciales: salud, educación, previsión social.

Pero lo que nos interesa ubicar en este artículo es que no lo hace de manera explícita. Lo hace solapadamente, vía la justificación de que tal o cual medida no es su responsabilidad y en cambio, es de todos. Así, mientras el Estado se retira, lo hace vía la producción de un cambio de sentido. Instaura un sentido nuevo en el que el Estado no tiene por qué hacerse cargo de una serie de cuestiones particulares, y así, no se lo acusa de abandonar sus funciones más importantes.

Esta es entonces la ganancia más efectiva del neoliberalismo: la creación de sentido para justificar sus medios y no ser cuestionado. El logro último es sacarle la ayuda a la población y que ésta justifique que está bien que así sea. Si esto se ha logrado, la perpetuidad de este modo de poder está asegurada. Como entendemos que esta operación en el sujeto nunca puede ser completa, que queda un resquicio por el cual el sujeto resiste al intento de colonización, desde el poder se intenta controlar mediante amenazas, persecuciones políticas y en última instancia, el voto electrónico. Basta ver la insistencia con la que se quiere instalar la necesidad de implementar esta modalidad de sufragio, bajo la excusa de su rapidez y efectividad, ocultando que, en definitiva, lo que se intenta lograr con ella es la manipulación de la voluntad del votante.

No cuestiones, no preguntes

Si tuviéramos que resumir la política del neoliberalismo, podríamos hacerlo en estos términos: “no cuestiones, no preguntes” (representada literalmente en la frase del Jefe de Gabinete “El pensamiento crítico llevado al extremo le ha hecho mucho daño a la Argentina”). Mediante la creación de sentidos cerrados, se busca que las personas no se cuestionen y ante cualquier indicio de cuestionamiento, justifiquen o se desentiendan de las críticas. Así el logro último del neoliberalismo es el ciudadano no interesado en la política y que elige no informarse, no cuestionar y solo quedarse con titulares tendenciosos.

Esta posición cínica de quienes llevan adelante esta operación reside en instalar una idea que se sabe es falsa. El famoso prometido “cambio” no es más que la implementación de las retrógradas medidas neoliberales de la historia. Prometen participación al ciudadano y le piden que ponga el hombro pero el que pierde es siempre el que está más expuesto frente a las desigualdades que provoca el neoliberalismo.

En estos enunciados, implícitamente está la idea de que nadie se cuestione, se le habla a la gente como si fuesen niños. Y aquí nuevamente destacamos el carácter subversivo del psicoanálisis. En el plano del padecimiento subjetivo, se le pide al paciente que asocie, que hable de lo que le pasa, se le pregunta y repregunta, se busca que se cuestione. En última instancia, se busca que el sujeto historice su padecimiento para encontrar en sus dichos, la determinación de aquello que le pasa. Se trata de cuestionar los sentidos establecidos que al sujeto le vienen del Otro para crear sentidos nuevos, se trata de abrir preguntas para generar una nueva respuesta, propia, singular. Se trata de hacer algo nuevo con lo que a cada uno le fue dado por el Otro. Y allí encontramos lo más revolucionario del discurso psicoanalítico (1). No se trata de que le digamos al paciente que nos crea a nosotros. No, de lo que se trata es de que pueda cuestionarse y armar algo nuevo vía las intervenciones del analista.

Entonces, donde la política del neoliberalismo promueve la no pregunta, la coagulación de un sentido que no es inocente sino que está digitado en función de sus intereses, al mismo tiempo busca velarlos. El psicoanálisis en cambio, apunta a revelar aquellas determinaciones inconscientes y sentidos que han venido comandando la vida del sujeto, ponerlos a la luz, hacerlos visibles. Si para Freud el yo es una superficie, se trata de rascar lo cuajado y que nuevos sentidos emerjan, poniendo al descubierto que no hay un sentido único. Pero el psicoanálisis no procede sabiendo a qué se llegará sino que procede avanzando lentamente y sin saber el final que se espera. Así, mientras el neoliberalismo pide que sigas durmiendo en una suerte de sueño farmacológico y mediático que atonta, el psicoanálisis apunta a un despertar hacia algo nuevo.

Notas

(1) Entendemos que el psicoanálisis es revolucionario en función de pensar, como lo hace José Luis Villacañas, que una revolución es una transformación intelectual. Fuente: Aleman, J., Capitalismo y vida, conversación con José Luis Villacañas, en https://www.youtube.com/watch?v=8YQbQZq_ZRg

*Psicoanalista

**Ingeniero en informática