Mónica Puertas

Dejemos de pensar que el 2001 es una cosa. El 2001 no es un objeto. Pensarlo así puede deberse a la falta de pericia del discurso político y/o de las Ciencias Sociales. El peor recuerdo de la historia reciente de la Argentina hoy funciona livianamente como una esperanza. Seguimos queriendo que hable la heladera y la heladera no habla.

El 2001 no es una cosa

El 2001 es la culminación de un período que, según cómo se mire,  puede tener diversos puntos de partida. El más inmediato es el menemismo. La primera gran transformación de esos años fue la Ley de Convertibilidad en 1991. La paridad cambiaria, por cierto ficticia, fue la coartada que el gabinete económico liderado por el muerto vivo Domingo Cavallo encontró para justificar la brutal deuda externa. O sea, para que pudiéramos disfrutar del famoso “uno a uno” el Estado se endeudaba. El 2001 fue “pagar la fiesta”, una fiesta que las clases populares venían pagando hacía por lo menos una década.

¿Ese fue el arranque? No. Hay que seguir yendo para atrás. Menem heredó un país quebrado. No es una justificación. Es un dato objetivo de la realidad. La prueba es que Raúl Alfonsín debió anticipar su salida entregando la presidencia seis meses antes. Ni el Plan Austral, ni ninguna de las recetas neoliberales que aplicó el padre de la democracia con que se come, se cura y se educa, pudieron morigerar las dos hiperinflaciones que sacudieron a su gobierno y que pagó la clase trabajadora. ¿Qué heredó Alfonsín? Ni más ni menos que la multiplicación por cinco de la deuda externa contraída por la dictadura, aumentada exponencialmente por la estatización en 1981 de la deuda privada que implementó alguien ya mencionado: Domingo Felipe Cavallo.

Pero tampoco nos podemos parar acá. La dictadura cívico- militar acaso también puede ser la culminación de otro proceso. Fue la vuelta de una clase dominante que no pudo imponerse del todo desde que, en 1945, Perón la sacó del Estado. Habían probado  alternando democracias restringidas y varios de estos golpes. No desperonizaron a nadie.

En definitiva, el período que separa al 2001 del último mejor gobierno de la historia argentina (para la clase trabajadora, claro) es de nada más ni nada menos que de cuarenta y seis años. Estoy contando desde 1955, cuando los milicos sacaron a Perón del gobierno después de diez años de crecimiento económico y mejoras en la calidad de vida de los trabajadores. Lo hicieron con la violencia de siempre: los bombardeos a la Plaza de Mayo dejaron más de 200 muertos. Un golpe que insistimos en llamar “Revolución Libertadora”.

¿Qué quiero decir con esto? Que durante cuarenta y seis años aguantamos proscripciones, encarcelamientos, listas negras, caída del salario real, asesinatos políticos, represión y ajustes. ¿Qué nos hace pensar que fue la clase media la que hizo a De la Rúa irse en helicóptero? El Corralito fue un chispazo. El incendio se explica por algunas variables más.

Pensar en el 2001 como el hecho político creado por la clase media porque les tocaron el bolsillo está lejos de ser un razonamiento progre. Está más cerca de compararlo con un fenómeno meteorológico.

Por otro lado, aspirar a un 2001 como lo que nos va a salvar del desastre es una muestra de que, a pesar de sonar muy críticos, no dejamos de reproducir una perspectiva de clase media. Estamos olvidando que esos días de diciembre se saldaron con casi cuarenta muertos. Y que la mayoría fueron cuerpos que pusieron las clases populares. Estamos olvidando que al 2001 llegamos con un 50% de pobreza. Que el 2001 fue un hecho político macerado en pibes muertos por gatillo fácil, en nenes muertos por desnutrición, en familias con dos o tres generaciones de desocupados. Hambre y miseria de larga data.

Por último, al momento de actualizar esta nota el dólar se disparó. La mayor devaluación del gobierno de Cambiemos desde que asumió. Alcanzó un récord histórico de $23.53. No habrá corralito. La del 2001 fue una corrida como culminación de un proceso de valorización financiera iniciada en la dictadura. El modelo ya no daba más de sí. El conflicto social, político y económico era, a todas luces, inmanejable. Esta vez la corrida bancaria funciona para bajar el salario real en la Argentina mientras, paralelamente, se valorizan los capitales financieros a través de la bicicleta de las Lebac. Incluso la diferencia se repite en las propias reservas que tuvo cada etapa.

No busquemos un 2001. Busquemos otro mayo de 2003.