Escribe: Nuria Giniger

Hoy cumpliría 200 años Marx. En todo el mundo hay festejos: algunos más populares, otros más elitistas y otros… virtuales. Pero de todas formas, somos muchísimos en el mundo a los que Marx sigue inspirándonos pasiones. Y hay que decirlo, a los marxistas nos gusta mucho más festejar la vida que la muerte. ¡Viva el natalicio!

Por supuesto, no tengo ningún dato fidedigno, sino solo la aventura de decir: la obra escrita de Marx debe ser la más debatida, interpretada, réquete discutida de todos los aportes del siglo XIX, XX, anque XXI. Vertientes y más vertientes. Discusiones filológicas, historiográficas, económicas, filosóficas, antropológicas, estilísticas y, claro está, siempre y todas ellas políticas.

Entre tanta discusión, entonces, mi saludo de feliz cumpleaños a Carlos Marx entra dentro de una de esas vertientes del marxismo. Hay que decir –no nos vamos a hacer los zonzos- que la mayoría de los marxistas asumen que su interpretación (en la cual nos situamos y nos reconocemos) es la verdadera. Y allí empiezan los problemas, o mejor dicho, ahí asoma la cola el anti-marxismo, porque “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”. Eso lo dijo Marx, sí señor.

Porque Marx no era historiador, economista, lingüista, poeta, antropólogo, filósofo: la discusión del conocimiento específico, por el conocimiento en sí, no era lo suyo. Sin embargo, era al mismo tiempo todo eso y más. Porque Marx era un comunista. Eso era y la Revolución es el núcleo central de todos sus aportes.

No fue el primer revolucionario, ni afortunadamente el último. Marx quería -como otros- hacer la revolución socialista, cambiar de cuajo el mundo horriblemente injusto, dar vuelta la tortilla. Y para eso, además de militar, se dio cuenta de algunas cosas muy importantes: 1) que criticar uno u otro aspecto del capitalismo no alcanzaba: la oposición al capitalismo debe ser total, de todas las dimensiones que lo constituyen, porque las relaciones sociales que configuran y son producidas por el capitalismo son injustas, destructoras de la vida, del futuro y de la felicidad de las grandes mayorías; 2) que criticar no es levantar el dedito acusador, no es un acto de retórica, sino un ejercicio de la política, específicamente de la política revolucionaria; 3) que el capitalismo tiene en su seno su propia destrucción: los hijos de Abel en el vientre de la esposa de Caín.

Claro, el mundo es incluso mucho más injusto ahora de lo que era en los años en que vivió Marx. Ese es un dato de vigencia: en el análisis crítico que hicieron Marx y su amigo Engels, explicaron que el capitalismo tiene una capacidad de destrucción ilimitada y la historia los absolvió. Basta una foto de cómo viven la mayoría de los seres humanos en el mundo y en nuestro país. La enormidad de viejos y nuevos padecimientos, contrastados con la capacidad humana de seguir produciendo respuestas y soluciones a esos padecimientos, pero que son apropiados solo por un sector pequeño de la humanidad.

Esa condición destructora del capitalismo y constructora de las clases subalternas (específicamente, del proletariado, para ajustarnos a Marx), también, después de Marx (y en su nombre), produjo un montonazo de revoluciones socialistas (algunas muy duraderas, otras menos, otras poquito y otras que no llegaron a ver el sol).

Esas Revoluciones tuvieron un plan, un programa, una propuesta, un Manifiesto, una idea. Hoy nos esperan las Revoluciones que nos tocan hacer a las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Urgente, que “hay que acudir corriendo, pues se cae el porvenir”. Con Marx sabemos que tenemos que edificar sobre los cimientos de las victorias y las derrotas, sobre lo que efectivamente es el poder real (deplorable y sangriento), sobre lo que somos. Que hay que dejarse de cháchara y transformar el mundo, invertir la fuerza, subvertir lo que naturalizamos, sobrepasar la aparente imposibilidad que día a día nos quieren imponer. Que lo común/colectivo le gane la pulseada a lo privado/individual.

Hace doscientos años nació Marx y nos propuso que nos metamos en los conflictos del mundo con ojos críticos, para que brillosos y luminosos produzcan sintéticamente los brazos constructores del futuro como un nuevo orden, donde sea para todos el pan y para todos la belleza.

*Por cuestiones de ligereza en la escritura y la lectura, preferí usar el genérico masculino. Como soy mujer, me doy esos permisos, sin sentirme ni ejerciendo la subalternización. Con conciencia, bah.

La autora es Antropóloga, investigadora de CONICET, docente de la UBA.

Militante de Liberación – Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología.