Escribe: Nicolás de Brea Dulcich

“He decidido iniciar conversaciones con el Fondo Monetario Internacional”, fueron las palabras elegidas por el equipo de comunicación de la Casa Rosada para que el presidente de la Nación reprodujera en un audiovisual de 2:55 minutos. Breve, muy breve. Pero coherente, hay que reconocerlo, con un gobierno que no descansa en demandar eficiencia y racionalidad económica; eufemismos empleados para suavizar la cruda realidad del ajuste producido por la transferencia de recursos de trabajadores a especuladores.

Y digo coherentes porque hasta el vocabulario someten a esa práctica especulativa. El cálculo detrás de la selección de los términos empleados fue casi tan programado como el sometimiento a los fondos buitres, allá por comienzos de 2016, o como la millonaria “operación” que el JP Morgan realizó días atrás a costa del Estado argentino (aunque, paradójicamente o no, en plena complicidad con el gobierno democráticamente elegido para administrarlo).

Tan medida es la especulación que ni siquiera corrieron el riesgo de exponerlo a hablar en vivo. Nada de eso, al presidente lo grabaron hasta que dijera exactamente lo que tenía que decir. Ni “ayuda”, ni “blindaje”, mucho menos “endeudamiento”: el presidente decidió “iniciar conversaciones” para que el FMI “nos otorgue una línea de apoyo financiero”. Hermoso.

Sea como fuera, nada de esto llama la atención. Resulta todo tan obvio que parece trillado decirlo, pero se trata de la crónica de un endeudamiento anunciado. Lo llamativo, para algunos al menos, es la velocidad con que salieron a “iniciar conversaciones”. Tan sólo a dos años y meses de su asunción, el gobierno salió a endeudar un Estado que había logrado la relación deuda/PBI más baja en toda la historia de las transiciones democráticas argentinas. Este dato, para nada menor, fue reconocido hasta por el propio gobierno cambiemita en el documento titulado “Argentina: Land of Opportunities”, creado y promocionado en 2016 con el fin de atraer inversiones extranjeras. Basta googlearlo para reconocer el escudo oficial de la nación estampado en sus hojas (el texto está en inglés, obviously).

Pero no es lo único llamativo. También sorprende el timing, ya que estamos con el gringo. Porque fueron dos años de gestión los que necesitó Néstor Kirchner para realizar una medida similar, aunque diametralmente opuesta: “iniciar conversaciones” con el FMI, pero para sacárnoslo de encima. De un solo pago, y en asociación con el Brasil de Lula, el Estado argentino se deshacía de la imposición foránea de políticas neoliberales y recuperaba su soberanía. Y algo más: la herencia recibida por Kirchner fue un Estado quebrado tras la crisis del 2001. Un detalle minúsculo.

A partir de allí se inició un camino de crecimiento sostenido con inclusión social. El cambio de paradigma fue tal que en el año 2011 nuestro país llegó a ser acreedor neto del fondo. En criollo: en lugar de pagar intereses de deuda, Argentina cobró por ser miembro asociado. Visto hoy día, todo esto parece ficción, pero aun corriendo el riesgo de reincidir en lo trillado, no encuentro otra forma más justa de decirlo: no fue magia.