Por Natalia Morandeira

¿Cómo hace una sobreviviente para poner en palabras los abusos sexuales sufridos en su infancia, en su adolescencia? En la palabra hecha denuncia se da también la lucha de esa sobreviviente por ser escuchada, por proteger a otras posibles víctimas, por conseguir alguna forma de justicia. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada cinco niñas y uno de cada 13 niños sufren abuso sexual. De estos casos, muy pocos llegan a ser denunciados en la Justicia (se estima que el 10%). Y eso significa que muchxs callan, porque no pueden hablar, porque no terminan de asimilar lo que padecieron, porque tienen miedo.

En la novela “Por qué volvías cada verano” (Editorial Madreselva, 2018), Belén López Peiró cuenta los abusos sexuales que padeció en su adolescencia por parte de su tío, comisario en un pueblo en el que tener ese rango significa ser un hombre de mucho poder. Belén hace de la literatura una herramienta más para poner en valor su voz, pero su voz no es la única que se juega. Se escucha hablar en primera persona a sus familiares, amigos, habitantes del pueblo, al abogado y hasta el tío abusador, y Belén va quedando casi sola, acompañada por sus familiares más cercanos. El título de la novela anticipa esa sentencia. Es que en paralelo a la mayor parte de las denuncias de abuso está la construcción de la defensa del abusador: se desconfía y acusa a la/el denunciante, al niñx y a quien decida acompañarlo, a la madre que (dicen) le llena la cabeza, a la/el adolescente que decidió inventarlo todo (¿por qué?, ¿para qué?). La perversión del abusador se traslada entonces a quienes buscan explicarlo, justificarlo, aunque eso signifique aplastar a la víctima o, como escribe Belén, desangrarla por dentro:  “¿Estás cansada de que te cuestionen? Acostumbrate, porque todavía queda para rato. Que por qué volvías, que por qué no hablaste, que por qué dejaste que te cojieran (…). Querida, poner bajo la lupa a un hombre siempre sale caro”.

En la contratapa del libro escribe Gabriela Cabezón Cámara, quien coordina el taller literario en el que Belén trabajó su novela. Gabriela contó en Las12 que ella y otra integrante del taller acompañaron a Belén a buscar copias del expediente de la causa. Belén decidió entonces que su relato se entremezcle con el tono seco del Poder Judicial, que recoge las declaraciones de peritos y testigos. El contraste entre los dos lenguajes (expuestos con distinta tipografía) hace rica a la novela y a su vez logra exponer la violencia a la que lxs sobrevivientes de abuso sexual en la infancia son sometidxs si consiguen hablar. En una investigación que publicamos el 2016, revelamos 40 expedientes judiciales de la Ciudad de Buenos Aires y en sólo 1 de estos casos denunciados en la Justicia el abusador fue condenado con sentencia firme. O sea, el 95% de los denunciados fueros sobreseídos. En 20 de estos 40 casos, el fiscal sugiere que se demande a la denunciante (mayormente la madre de lxs niñxs abusadxs) por daños y perjuicios. A nivel de todo el país, se calcula que en sólo uno de cada 1000 casos de abuso sexual en la infancia se llega a una condena.

En la novela de Belén López Peiró la búsqueda de una condena para el tío abusador tira la historia para adelante y nos hace avanzar a lxs lectorxs, pero hay también otra búsqueda, la de dejar de ser sólo una víctima. En palabras de Belén: “Llamarlas víctimas es volver a garcharlas otra vez. Y otra vez. Es convencerlas de que les cagaron la vida, de que su historia comienza y termina ahí, con el tipo adentro. Les hacen creer que son a partir de él, que su identidad se construye a partir de la violación, que sus derechos fueron vulnerados y que ya nadie les va a garantizar que no se las vuelvan a cojer”. Al terminar la novela queda el sabor amargo de saber que esta historia no es única, que se repite en otrxs niñxs, que hay cómplices por todos lados. Y, como una batalla ganada, sentimos que Belén López Peiró logró contarlo y ser otra, ya no la Belén que se lee en el libro sino la escritora que hizo de la novela su arma.