Texto: 
Ilustración: Laura Alderete

Yo tenía novio y dieciséis años. No sabía cómo cuidarme porque ni mi papá ni mi mamá me explicaron nada. Nunca se hubieran animado. Con mis amigas hablábamos del amor, de quién era lindo, compartíamos frases en las agendas. En la década del noventa el preservativo era para los que no tenían pareja estable o para los gays. Jamás se me cruzó que con mi novio podíamos necesitarlos, si nos amábamos para toda la vida. Eran los noventa, mi familia era clase media baja y se mantenían ciertas formas conservadoras: el novio para toda la vida, casarse e irse a vivir juntos, casarse y tener hijos. Nunca se me ocurrió otra cosa. En la agenda escribía lo que hacíamos con mi novio, los juegos sexuales y el amor que nos teníamos y fuimos descubriendo el sexo tímidamente juntos. Hasta que nos dimos cuenta que mi cuerpo estaba diferente. Que no me indisponía. Y del mundo privado entre nosotros dos tuvimos que abrirlo a mis padres. Con toda la vergüenza del mundo no sabía cómo decirles que me parecía que estaba embarazada. Me veían como una nena todavía aunque mi novio se quedaba a dormir en casa. Pero estaba en la secundaria y después estudiaría para maestra jardinera.
Recuerdo la conversación como si fuera hoy. Mis padres de un lado, mi novio agarrándome la mano sin saber qué hacer y mi mamá y yo pensando que no podía tener al bebé. Que había un futuro que nos iba a quedar trunco. Que yo necesitaba estudiar para no seguir en la misma situación económica que ellos, que tenía que crecer, una profesión. Nunca se discutió si mi novio, actual marido, habría podido sostenernos económicamente. La decisión la tomamos ella y yo. Y mi mamá sabía que no íbamos a poder pagarlo. Entonces la historia se extendió y mi mamá habló con mis tíos. Recuerdo el aura de silencio en la casa, los secretos, las llamadas telefónicas, caras de preocupación y alivio cuando todo pasó. Fue en una clínica. No puedo o no quiero acordarme del momento en sí pero como mis tíos tenían plata todo fue muy cuidado, limpio y sin problemas. Pero así como sucedió, me devolvieron a mi vida cotidiana sin pensar en nada más. Fue asumido con total naturalidad por la familia, como si fuera el camino justo que debía suceder. Para mí también lo fue.

Fin de la cuestión.
Naturalmente crecí pensando que el aborto fue, para mí, el camino lógico. Nunca me detuve a pensar lo que hubiera sido de mi futuro si tenía a ese bebé a los dieciséis. Estudié, me recibí, me casé con ese novio y me fui a vivir afuera a donde criamos a mis dos hijas. Muchas veces tuve que mantener a mi marido y a mis hijas con mi sueldo porque la fortuna laboral nunca le sonrió a mi esposo pero nunca dejé de amarlo. Entonces me cargué todas las responsabilidades yo sola, siempre. Hasta que tomé conciencia de mis decisiones en la vida pasaron años. Nos separamos, nos volvimos a juntar, mis hijas ya son mujeres y si tuviera que ayudarlas a tomar el camino que viví también les hubiera recomendado el aborto. Pienso en sus carreras, en sus libertades, en sus elecciones.
Yo pude elegir porque tuve esos tíos. Yo pude vivir y tener la vida que tengo porque tomé esa opción y no me arrepiento.
Yo sabía lo caro que salía un aborto. Yo sabía el riesgo que corría si no me lo hacía en un buen lugar.
No puedo pretender desear para otros otra cosa que no sea lo mismo para mí, afirmando mis ideales por un mundo más justo. Todavía me acuerdo cuando me enteré del caso de Romina Tejerina, la chica jujeña. Pensé, qué suerte que mi madre pensaba lo mismo que yo, que mis tíos tenían la plata. Romina tenía una familia clase media y terminó nueve años en la cárcel por no haber abortado. Tiempo después me enteré que una amiga mía tuvo que abortar en su casa, sin cuidado médico, con pastillas, porque el bebé estaba muerto en el vientre en el segundo mes de gestación y los médicos la mandaron a su casa porque hacer eso en un hospital era avalar una práctica ilegal. Tenía la mejor cobertura prepaga de Capital y la dejaron que abortara en el baño de su casa. Y la que se fue a Uruguay a abortar. Y la que tuvo que juntar la plata. Pero, ¿qué sucede con las adolescentes que crecen en entornos desfavorables?
Más tarde la vida me hizo formar parte de una familia en donde la violencia de género estaba completamente naturalizada. La mujer, mi consuegra, había sido abusada por su padre desde los diez, a los quince queda embarazada de un NN, tiene a su primera hija y a los dieciséis se junta con su marido que la embaraza y muele a palos alternativamente hasta los cuarenta y nadas. Una mujer de nueve hijos e hijas. ¿Deseados? ¡Cómo saberlo! Tal vez su comportamiento, su constante abandono del hogar, sean la mejor respuesta. ¿Qué hubiera pasado si ella, que no tenía ningún sostén emocional, hubiera recibido ayuda psicológica y médica en un hospital cuando era una niña de quince? ¿si hubiera tenido el apoyo y sostén que tuve yo?
Ayer pensé en el sacrificio de María Villegas, la empleada doméstica de mis tíos. Siete criaturas cuidaba sola, dejaba a los más grandes cuidando de los más chicos cuando trabajaba y esos más chicos, cuando crecieron, cuando pasaron la barrera de los dieciséis, decidieron tener uno, o dos hijos como máximo. Pero su hija mayor, la que cargó con todos los hermanitos y hermanitas, su hija mayor, tuvo 14 hijos. En situación de extrema pobreza encontró María a sus nietos el día que le dijeron que su hija murió. ¿Habría cambiado algún destino la legalización del aborto sobre la vida de María y su descendencia?
La brecha es demasiado grande para que una mujer como yo, clase media de cuarenta y tantos años, hable por las madres quinceañeras. Solo sé que estudiar es un derecho, maternar también lo es y que una mujer pueda acceder a todo eso, implica que pueda tomar decisiones sobre su propio cuerpo, no que ningún hombre, ley o estado interfiera sobre el destino individual de las personas.