Por Mónica Puertas
Foto Majo Grenni

El debate abierto en la sociedad actual por el aborto legal, seguro y gratuito echó luz sobre algunas miradas pero, también, ha oscurecido muchas otras, y esas otras, a veces, son las de nuestro lado.

Últimamente leo que se repite la palabra dolor entre declaraciones de quienes están a favor de la legalización. Que el aborto siempre es doloroso. Que el aborto es el antideseo. Que el aborto es el último lugar al que quiere llegar una mujer.

Yo aborté hace 17 años y no sentí dolor ¿debería pedir disculpas?

Hace unos días lo comenté en un grupo con el que comparto prácticamente todos mis ideales y, por primera vez, sentí una mirada reprobatoria.

-Para mí fue muy doloroso- me replicaron, con bastante indignación.

Pero yo no sentí dolor. Con el correr de los días, de las historias que leo de quienes abortaron clandestinamente y sobrevivieron, de quienes perdieron a alguien en una camilla inmunda, me di cuenta de que el privilegio de no sentir ese dolor es producto de la legalidad.

Aborté en España en 2001, donde la interrupción voluntaria del embarazo estaba despenalizada desde 1985 por la Ley Orgánica 9/1985. Los dieciséis años corrieron desde que la ley fue implementada hasta que tuve que hacerme uno, fueron claves en la naturalización del aborto en la sociedad española. Tuve el privilegio de no haber sido señalada, mirada con reprobación, estigmatizada ni ninguneada. Lo supieron mis amigas, compañeros de trabajo y padres de amigos. Podría decir, casi con seguridad, que fue la legalidad la que legitimó mi decisión. Por eso no hubo tabú. No hubo dolor. Salí caminando después de tres horas de una clínica impecable, en pleno centro de Barcelona. Enseguida que salí quise comer un sandwich. Así que, acompañada de mi novio de ese momento, fui a un bar.

Tenía recién 19 años y ni bien me enteré del embarazo supe que no quería tenerlo. Apenas estaba sobreviviendo a la experiencia de la inmigración, mientras el 2001 galopaba en los cuerpos de todos mis contactos en Buenos Aires. Todavía no era diciembre pero la olla en ebullición ya apretaba.

En la sala de espera había mujeres de todas las edades y condiciones sociales, por lo menos en apariencia. Me llamaron del primer consultorio para hacerme preguntas de rutina y para asegurarse de que estaba segura de la decisión. No lo dudé. Nunca me arrepentí. Lo demás fue una experiencia tan invasiva como cualquier operación ambulatoria, sólo que más larga y, claro, con la mente un poco más revuelta de lo normal. Pero en un consultorio aséptico y un personal también aséptico de miradas reprobatorias.

Eso fue todo.

¿Está mal no sentir culpa ni dolor? No lo sé. Pero durante todo este tiempo que el aborto legal, seguro y gratuito se impuso en la agenda nacional por supuesto que algunas fichas me fueron cayendo. Pero el dolor no aparece. Ni la vergüenza de decir que aborté

No es el dolor lo que debiera legitimar el aborto. Es la decisión soberana de una mujer sobre su cuerpo. Punto. Y que esa decisión no se convierta en una sentencia de muerte. No es tampoco el cómo se llegó a ese embarazo. No debería ser el embarazo “no deseado” la fuente de autoridad moral que nos dé luz verde para tomar una decisión. Si es deseado o no. Si hay arrepentimiento o no. Si hay dolor o no, no es algo que debamos debatir. Hacerlo sería seguir juzgando a las mujeres.

No caigamos en la trampa de poner el foco en el camino previo al aborto. La discusión de hoy no es cómo se llega a esa decisión. Hoy se debate qué vamos a hacer con la miles de mujeres ya la tomaron. Las que, efectivamente, ya abortan en la Argentina. Si vamos a dejar que se sigan muriendo en clínicas clandestinas o vamos a garantizar las condiciones en que interrumpen su embarazo. Si vamos a dejar que las sigan maltratando en los hospitales públicos, aunque lleguen moribundas.

Tener que decir que “nos duele” es seguir sometiéndonos a un examen de conciencia moral. Es seguir legitimando, indirectamente, un mandato social.

Hace unos días, Horacio Verbitsky mencionaba en la entrevista que le dió al programa de radio de nuestra revista, que el movimiento de mujeres era equivalente, en términos políticos, al 17 de octubre de 1945, al Cordobazo de 1969 y al movimiento de Derechos Humanos de 1977.

Antes fueron las Madres y ahora son las hijas. Y las dos se le plantaron a los gobiernos más difíciles de la Argentina de las últimas décadas.

Habrá que tomar nota y dejar de seguir subestimando la magnitud del feminismo en la Argentina y en el mundo.

Es mi cuerpo.

Yo decido.

#AbortoLegalYa