Por Rocco Carbone y Nuria Giniger*

Los programas de Tinelli son factores (decisivos) de la política argentina, pues operan a manera de propaganda. Estrictamente, Tinelli nunca circunscribió su accionar a la esfera del entretenimiento porque su objetivo es imprimir valores y creencias en lxs televidentes que lo siguen. O sea: sostuvo siempre una causa política junto con los intereses del grupo de poder, hoy integrado por el propio Tinelli (conductor-productor), Canal 13 y el Grupo Clarín que retumba a manera de eco. Propaganda: formula un tipo de mensaje que apunta a influenciar las opiniones o el comportamiento de las personas. Si ideologizamos “influenciar” y “personas”, entonces es preciso agregar que Tinelli busca impactar, con vistas a orientarlo electoralmente, sobre un sector social: el medio y el medio-bajo. Franja que para ese grupo de poder se define por la serie: banalidad (humus para el sensacionalismo), apatía y conservadurismo políticos. Y sobre el primero de esos factores quiere incidir Tinelli. Con la banalidad de sus programas apela y rescata la (presunta) banalidad de esos sectores sociales y la orienta electoralmente con vistas a las urnas. Trivializa la política, la pauperiza, pero paradójicamente y no tanto, incide prepotente sobre ella. Electoralmente. Y sobre nuestros cuerpos. Tinelli es televisión.

Desde ese mismo aparato parece que algunos analistas piensan la política y en función de eso proyectan hipótesis sobre ella, como si no existieran ni la lucha ni las borrascas de la vida política colectiva que se expresan en la Plaza. El día anterior al 9 de julio, el día del aniversario de la Independencia, José Natanson escribe en Página/12 “La hipótesis Tinelli / La hipótesis Felipe” (https://www.pagina12.com.ar/126979-la-hipotesis-tinelli-la-hipotesis-felipe) y, con esa reflexión, reubica el debate político en el exacto lugar en el que lo había situado Macri cuando habló de la “angustia española” de los jacobinos argentinos. Y especula candidaturas, pues –para él– hablar de la política del macrismo implica tomar posición explícita respecto de un peronismo entendido como un dispositivo político viejo, frente a una derecha que es nueva. Y más allá del peronismo, sugiere que las organizaciones políticas son viejas, mientras que la derecha es nueva, moderna, democrática. En síntesis, ubicada en su tiempo y espacio.

Si el contexto latinoamericano de fines del XX – comienzos del XXI, nos enseña algo es que la derecha nunca es nueva, sino que es siempre parecida a sí misma. Un animal mitológico que al tratar de morderse la cola gira sobre sí mismo. Y con su afán de caracterizaciones temporales, Natanson desplaza el conflicto (lo viejo, por ende lo que lucha, lo que se organiza, lo que asume identidades definidas) hacia una supuesta armonización especuladora de “hombres” de la política (intendentes, gobernadores), como si todos fueran iguales, como si no hubiera en la escena política ninguna mujer (salvo una rápida mención final a Cristina Kirchner) y como si los proyectos políticos solo estuvieran articulados “por arriba”, en función de candidaturas y como si “por abajo” (en los entramados, la militancia, las articulaciones de conflictos sectoriales) hubiera puro vacío.

Natanson nos sugiere pensar con cinismo. En ese sentido coincide con una figura central del gobierno de la Alianza Cambiemos (el cinismo precisamente). Pues sus discursividades giran alrededor de la idea de postverdad, que no es otra cosa que una mentira descarada, impúdica y deshonesta; y que –aún– no merece una desaprobación general. Nos sugiere que no hay otra posibilidad que asumir nuestra incapacidad de proyectar colectivamente. Que es una imposibilidad manifiesta pensar y fraguar (algo así como) un Frente de liberación nacional y social, en tanto materialización de la unidad de las fuerzas populares, despojadas (hasta dónde sea posible) de sectarismos, con una función de defensa/resistencia y sobre todo de avanzada, con programa político amplio, premisa emancipadora de las transformaciones sociales necesarias. Lo que Natanson nos sugiere no tiene ninguna novedad en la Argentina; y en otras latitudes tampoco. Fueron los tiempos de Menem o Berlusconi. La que nos propone Natanson, es la operación intelectual del “no se puede”, del “son todos chorros” per se. Y de ahí proviene el deslumbramiento por Tinelli.

Natanson produce un “giro lingüístico” para preferir menos a Rossi que a Solá, cuya vocación por los grandes poderes fácticos pareciera ser un rasgo de virtud: desde la sojización como modelo económico (que el analista resalta en su nota), hasta evitar dar quórum en el Congreso para tratar el acuerdo del gobierno con el FMI. Nuestro politólogo parece ser la externación del me digo progresista pero la real politik es la que define mis pensamientos y mis actos. Un como si existiera algo por fuera de lo que se hace y se piensa. Se trata de un retorno a la metafísica, que como tal anula la política, entendida como acto emancipador, colectivo, que brota de los dramas humanos.

El análisis “aséptico” que nos propone, simpatiza con la idea de que el macrismo es capaz de seguir avanzando por méritos propios. Él percibe una “destruida fuerza” en recomposición, sin mediar más variables que el análisis institucional de partidos viejos. Por ende, no hay ni contexto, ni movimiento real de trabajadores humilladxs que sufren y que se oponen de múltiples formas a la precariedad de la vida que nos propone el macrismo. No hay debate de ideas, ni futuro alguno, salvo el que nos propone la filosofía del duranbarbarismo. Lxs intelectuales orientan y apelan a la crítica con vistas a hacer producir sentido a realidades de difícil aprehensión en el capitalismo. Digamos que una de sus funciones es ayudar a dirigir la mirada y la acción. El ejercicio de Natanson, por el revés, se nutre de su lugar de intelectual para reponer un escepticismo generalizado, despojado de crítica y sobre todo de la capacidad de acción política en tiempos de desesperanza. A tono con el poder.

*Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET – Centro de Estudios e Investigaciones Laborales/CONICET