Por Nuria Giniger[1] y Cinthia Wanschelbaum[2]

 

Tiempos y espacios

El 26 de septiembre de 2014, fueron desparecidos 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

El 2 de agosto de 2018, un escape de gas de una garrafa hizo estallar la Escuela 49 de la localidad de Moreno en la Provincia de Buenos Aires. Allí murieron la vicedirectora y un auxiliar, mientras calefaccionaban el lugar para recibir y dar de desayunar a las y los estudiantes, al comenzar el día de clases.

La desaparición de los normalistas en México inauguró una nueva etapa de ofensiva contra la educación pública en nuestro continente, que tiene en la explosión de la escuela en Argentina otro episodio, en un marco histórico específico: el plan imperialista de recolonización que vino bajando del norte hacia el sur. Y todo plan colonialista tiene en su seno un proyecto educativo, que en este caso comienza destruyendo la educación pública.

 Pedagogía del oprimido

Hace años que la lucha por el derecho a la educación pública se ha convertido en el núcleo de la resistencia del movimiento popular latinoamericano y caribeño. La convicción popular de que la educación forma parte de su liberación, tiene su contrapartida en un plan de destrucción sistemático, que no solo se sustenta en la lógica mercantilista de transferencia de riquezas a los sectores concentrados y poderosos. Se basa especialmente en el interés de las clases dominantes de levantar un muro en la relación entre los docentes y los “nadies”, los que, como dijo Galeano, cuestan menos que las balas que los matan.

Además, de México a la Argentina, millones de chicas y chicos comen una vez por día o reciben los nutrientes necesarios para su crecimiento solamente en la escuela. A pesar de que deberían comer en sus hogares, las y los trabajadores de la educación sabemos que en la actual situación histórica estos desayunos son imprescindibles para que las niñas y niños (jóvenes y adultos) se eduquen. Porque el objetivo es siempre educar y construir las condiciones de posibilidad para que eso pase: dar de comer, calefaccionar la escuela, emparchar sus paredes destruidas, colgar afiches, pintar murales, abrazar a los pibes y las pibas, escuchar sus historias, abrirles la escuela para que la llenen de música.

La Escuela Normal Rural que forma a las y los docentes en Ayotzinapa tiene -entre otros- un mural del Che en sus paredes. La vicedirectora de la 49 abría los sábados la escuela para la orquesta infantil, y el auxiliar era militante sindical.

Esta relación pedagógica que el poder insiste en hacer desaparecer y estallar, mantiene la dignidad de aquellos sectores violentados institucionalmente de forma sistemática. En el trabajo de educar, de alimentar, de construir relaciones humanizadas en un mundo profundamente deshumanizado, los y las maestras enseñamos modos de ser y de actuar que se oponen al proyecto político-ético-pedagógico de quienes ven en la educación pública y en sus docentes un enemigo a atacar.

Renuncie Vidal

El Macrismo se instaló en la Ciudad de Buenos Aires realizando un golpe institucional, utilizando de forma despreciable la muerte de 194 jóvenes en Cromagnon. Jóvenes estudiantes y trabajadores. Jóvenes desdeñados por el Macrismo. Jóvenes rockeros, rebeldes. Jamás les ha importado a Macri, a Vidal ni a la Alianza Cambiemos la vida de esos jóvenes, ni ninguno de los muertos por negligencia estatal, por corrupción empresarial, ni por desinversión o ajuste. Hicieron uso de los muertos para instalar un gobierno y una forma de ejercicio del poder cada vez menos democrática.

Hoy, los dos muertos -que podrían haber sido cientos si las y los niños ya hubieran llegado a la escuela esa mañana- son para el Macrismo “pequeños problemitas”. Son los “problemitas” derivados de un Estado presente: presente en el ajuste y la represión, presente en la desaparición seguida de muerte de Santiago, el asesinato de Rafael, la cárcel de Facundo y Milagro, la muerte de Sandra y Rubén.

26 de septiembre de 2014 – 2 de agosto de 2018: Moreno y Ayotzinapa. Donde empieza y termina América Latina. Dos días y lugares distintos con un mismo dolor y una misma lucha. Un ciclo que debemos cerrar: es tiempo de profundizar la lucha, de organizar la resistencia y convertirla en ofensiva. Es tiempo de que Vidal y Macri renuncien. Es tiempo de construir alternativas emancipadoras del Río Grande a Tierra del Fuego. Ahora es cuando.

[1] Investigadora del CEIL-CONICET [2] Investigadora del CONICET-IICE|UBA y Docente de la UNLu