Por Enrique M. Martínez*
Ilustra Luciana Capece

En las crisis sociales, políticas o económicas que, si son agudas, tienen flancos que abarcan los tres campos, es casi inexorable que todos quienes se ocupen de ellas terminen aplicados a proponer o reclamar acciones que, imaginan, corregirán las consecuencias más negativas.

En la vorágine de describir el incendio y repartir extinguidores -estén cargados o vacíos- es poco probable que se comiencen por caracterizar con precisión las causas de los problemas, lo cual resultaría el camino casi obvio para una acción efectiva.

Algunos tienen una justificación inmediata para su manera de actuar. Son los que están en función de gobierno, que creen que hay que hacer más de lo mismo, achicando el agua que entra al barco, con algunas medidas de coyuntura y otras de maquillaje. No menean públicamente explicaciones profundas de las causas porque, o las conocen de antemano y no están sorprendidos porque se benefician quienes buscaban que lo hicieran, o no admiten mostrar su incompetencia.

El desafío lo tenemos quienes queremos cambiar estructuralmente el estado de cosas, construyendo escenarios sociales más serenos, porque serán socialmente más justos y por lo tanto más aceptables.

La sociedad de posguerra, hace 70 años, estableció como conflictos principales la distribución de los frutos de trabajo y la soberanía nacional, afectada por la dependencia de Inglaterra y Estados Unidos.

El golpe de 1955 fue reactivo a los logros del peronismo en esas dos cuestiones. El “fifty-fifty” y el protagonismo productivo del Estado, que promovió y acompañó el nacimiento de miles y miles de pymes, fueron cambios estructurales intolerables para esa alianza ideológica y de intereses entre sectores económicos extractivos locales y sus segmentos industrializadores del exterior; así como para lo que comenzaba a ser la concentración de producción de bienes y servicios para el mercado interno, que buscaba un mejor control de los beneficios de cada actividad.

“Combatiendo al capital”, “el sindicalismo como columna vertebral del movimiento”, “Liberación o dependencia”, “Achicar el Estado es agrandar la Nación”, “Como en una casa, el Estado no puede gastar lo que no tiene”.

Consignas simples y categóricas, fueron a la vez explicación de causas y consecuencias para unos u otros, durante un duro y demasiado largo período de nuestra historia económica contemporánea.

En ese lapso, sin embargo, el mundo tuvo cambios importantes: El capitalismo dejó atrás las crisis provocadas por la falta de demanda, que causaba la caída de las inversiones, como sucedió típicamente en Estados Unidos en 1929. Progresivamente, los excedentes financieros fueron construyendo su propio mercado, de dimensión actual muy superior al mercado global de oferta y demanda de bienes y servicios.

En tal espacio, se juega a la ruleta rusa, con reglamentos que cambian de forma cotidiana, que buscan hacer dinero con dinero, sin producir ningún componente de lo que llamamos la economía real, en un casino gigantesco que se encarga de destruir capital periódicamente. El poder acumulado por ese espacio le permite recurrir a los gobiernos, bajo la consigna que se trata de corporaciones demasiado grandes para dejarlas caer, construyendo planos inclinados de extracción de ingresos y patrimonios del resto de la sociedad, para recuperar los garitos en peligro. La crisis de la burbuja inmobiliaria de 2008 en EEUU es un claro ejemplo de los nuevos escenarios.

Todo eso es loco, pero hasta sería admisible, como manicomios de nuevo cuño, si no fuera porque el otro cambio sustancial del último medio siglo es el creciente vínculo de las finanzas con las grandes corporaciones productivas mundiales.

En primera instancia, como parte de la obsesiva carrera por el crecimiento y la competencia, se generalizaron las corporaciones productivas huecas, que mantuvieron su centro de decisiones en los países centrales, a la vez que construían redes mundiales de abastecimiento de materias primas y componentes, para minimizar costos. Luego -y esto es clave- esas compañías pasaron a financiarizar sus excedentes, o sea a participar del casino mundial, obteniendo ganancias haciendo dinero con dinero, habitualmente iguales o mayores a las que se generan produciendo.

Con esto, todo queda vinculado. Vinculado y dependiendo de un puñado de apostadores, que se juegan el dinero propio y el nuestro, para peor con la seguridad de que, si pierden, los gobiernos ayudarán a volverlos a poner en la pista. Ni qué hablar cuando por mecanismos de manipulación sofisticados, los financistas pasan a administrar un gobierno nacional a través de un asalto legal, como en Argentina.

No perdamos de vista lo que nos enseñan los cientistas sociales rigurosos: hacer dinero con dinero es un juego de suma cero donde lo que gana alguno se lo saca a otro, ya que lo único que crea valor es el trabajo productivo, sea el ámbito que sea. Por lo tanto, cuando el sistema financiero crea moneda, escapando de una función básica de prestar a alguien los ahorros de otro; cuando se financian gastos locales con deuda externa; cuando se inventan pedales en el intercambio entre monedas; cuando se devalúa; se están transfiriendo ingresos entre sectores. La única situación en la que el país en su conjunto se favorece es cuando se devalúa para aumentar exportaciones industriales, sin afectar los precios internos. Esto solo se intentó aquí en 1967, cuando era Ministro de Economía Adalberto Krieger Vasena, liberal con mirada abarcadora.

La devaluación ha sido utilizada muchas veces en el último medio siglo en nuestro país, para transferir ingresos a los exportadores de materias primas agropecuarias y productos industriales, como el acero o el aluminio.

Muy pocas de esas veces tuvo por objeto proteger de las importaciones a los pequeños productores de bienes de consumo.

Tal vez nunca, como esta vez, fue un resultado de la especulación financiera salvaje, que beneficia lateralmente a algunos exportadores industriales, menos a exportadores de granos, porque la cadena de valor se ha dolarizado. Los destinatarios son los acreedores del país, luego de una absurda toma de deuda, en buena parte para financiar gastos locales en pesos. Es un resultado de la bicicleta financiera que, una vez agotada la burbuja expansiva de la deuda, necesita que se reduzcan al mínimo los usos comerciales o turísticos o de ahorro personal de las divisas, para dar más certeza de cobranza a los bancos y fondos de inversión acreedores. Todo comandado por su representante colectivo: el FMI.

Si ese es el diagnóstico, es necesario construir para esta instancia una alianza no tradicional, en la que los sectores populares afectados en su capacidad de consumo, hagan frente común con los empresarios de cualquier dimensión con vocación de llevar adelante empresas que atienden el mercado interno, con producción de bienes y servicios. Todos los comprendidos en este universo nos vemos afectados, mientras somos espectadores de la acumulación de ganancias de bancos nacionales y extranjeros.

Las nuevas consignas deben ser contra la hegemonía financiera y a favor de la producción nacional. Allí está centralmente la controversia de hoy. La que nos ahoga.

*Instituto para la Producción Popular