Por Nuria Giniger y Rocco Carbone

 

Hace dos semanas, en el marco del conflicto universitario más importante en quince años, el dólar empezó a escalar sin rumbo. Los precios internos, por especulación y por su vinculación con el dólar, se dispararon –con clara excepción de los salarios– y el gobierno mostró signos de debilidad. El jueves 30 de agosto, en la Plaza y en el país, latía (sentíamos) una esperanza: que Santa Rosa se llevaba en helicóptero al Presidente. Una esperanza compartida por medio millón de personas movilizadas. No despegó, pero dejó su estela.

Entre los movimientos y la política empezaron a circular varias hipótesis que implican escenarios distintos. Éstas se pueden frasear bajo forma de preguntas: ¿hay que echar al gobierno de la Alianza Cambiemos? ¿Hay que esperar a que se desplome por su propio peso? ¿O con paciencia y otras sagacidades hay que ilusionarse con un 2019 próximo y lejano al mismo tiempo y ganarle en las urnas? Algunas de estas preguntas recibieron respuesta. Por ejemplo, que si pedimos la renuncia del ejecutivo somos golpistas. ¿Golpistas? Memoria: los golpistas en este país se roban bebés, torturan, asesinan, exilian y desaparecen. Hay otro golpismo, latinoamericano, más reciente: el hondureño, el paraguayo, el brasileño. Ese Temor (Temer en portugués) que fue legitimado por Macri en uno de sus primeros viajes como Presidente. Y en la misma Argentina reciente hubo intentonas golpistas. Por lo menos dos: con el caso Nisman y con motivo de la Ley 125. Pues bien, ¿quiénes son los golpistas? Esta pregunta por cierto también encuentra su respuesta en el clamor popular de la Plaza, cuando levanta una voz colectiva, plural y potente que recita: “Macri basura, vos sos la Dictadura”.

“Macri basura, vos sos la Dictadura”.

Hace un año comenzamos a discutir la idea de “derecha democrática”, que supone que la novedad del macrismo se anclaría en sus victorias electorales y en su “respeto” a las instituciones que garantizarían la democracia. De un año a esta parte, la historia ha demostrado que la democracia y el macrismo van por carriles contrapuestos: la destrucción del Estado de Derecho, que se sostiene en una tríada de iniciativas gubernamentales, mediáticas y judiciales, configura represión y encarcelamiento, doctrina del lawfare  y con el decreto de 683/18, a las fuerzas armadas desplagadas en la calle. El lunes 10, el Boletín Oficial (BORA) nos informó cómo se transfieren fondos públicos del flamante Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología a fortalecer las fuerzas represivas. ¿Alcanza para avizorar el futuro cercano? Sí, aunque sea de forma hipotética, pero no por eso menos probable: que de haber 2019, con una oposición popular constituida y un macrismo políticamente frágil como ahora, éste no estaría dispuesto a abandonar el gobierno. Fundamos esta conjetura en una razón: que la Alianza Cambiemos es un poder que no tiene raíces democráticas y que de ponerlo en paralelo con alguna fuerza latinoamericana, deberíamos hacerlo con las derechas golpistas del siglo XXI.

Dady Brieva, el sábado 8, utilizó una metáfora futbolística para plantar su posición en un programa de televisión: “Quiero que se queden como esos jugadores que juegan mal y que putean al árbitro para irse, pero el árbitro les dice: No, quedate hasta el final, hijo de puta, así la gente se da cuenta que jugás mal. Quiero que se queden hasta el final y quiero que realmente la pasemos mal para que no compremos más espejitos de colores”. Esa reflexión nos deja un elemento considerable: “que la pasemos mal”. Acaso, ¿no la estamos pasamos mal? Sólo en el primer semestre de 2018 han sido despedidos más de 4.000 trabajadorxs entre el ámbito público y privado. Además, con los últimos ajustes ministeriales nos esperan otros tantos despidos. Las tarifas de servicios esenciales (luz y gas) son impagables. Y acaban de secuestrar y torturar a una maestra de una escuela de Moreno ¿Acaso tenemos que esperar a que las condiciones de vida de la clase trabajadora empeoren aún más? Y en el día de ayer, en una nota en El País (en su versión internacional), Pichetto dijo: “El Gobierno tiene que terminar su mandato, en Argentina habrá elecciones en 2019”.

Sólo en el primer semestre de 2018 han sido despedidos más de 4.000 trabajadorxs entre el ámbito público y privado. Además, con los últimos ajustes ministeriales nos esperan otros tantos despidos.

En la calle, que es un termómetro popular, ya se percibe el hartazgo frente al saqueo que Cambiemos está llevando adelante. Sin embargo, pese al hecho de tener una movilización por día, aún no se percibe una perspectiva nítida de articulación de las luchas ni mucho menos una alternativa política para frenar la reconquista neocolonial de Argentina, con el objetivo de construir un proceso de liberación nacional y social. ¿Entonces, lo sacamos o esperamos a Pichetto?

La historia latinoamericana nos ha demostrado que cuando el pueblo logra echar a un gobierno salvaje, bárbaro, oscurantista, insensible a las necesidades y a los derechos populares, nada es en vano. El poder del pueblo deja al proceso de transición en la picota: ya nada es lo mismo. La agenda popular producida en las calles y en la lucha marca posición en el presente y condiciona el futuro. ¿Eso significa que inmediatamente lograremos configurar una alternativa popular? No necesariamente, pero nos deja en mejores condiciones para organizarnos y luchar. El gobierno de Macri convierte en negocio todo lo que toca, al Estado mismo, y en el contrafrente atenta contra la vida social en su máxima expresión.

La historia latinoamericana nos ha demostrado que cuando el pueblo logra echar a un gobierno salvaje, bárbaro, oscurantista, insensible a las necesidades y a los derechos populares, nada es en vano.

Pero además, ¿qué indicios reales tenemos respecto de que el poder (el gobierno, las empresas multinacionales que están especulando financieramente, la embajada yanqui) entregaría graciosamente el gobierno del Estado? Es tiempo de asumir vocación de poder. Sacar a Macri nos permitiría reposicionar aquello que Lula entendió para inclinar su fórmula: Unidad Ciudadana, comandada por Cristina Fernández, recogiendo las luchas y demandas populares, inclinada hacia la izquierda, puede contribuir a dirigir el proceso de despojarnos del aparente destino siempre subalterno de la Argentina. Fuera Macri ya.

*CEIL-CONICET / UNGS-CONICET