Por Sofía Picca

Después de 10 años se reestrena en el barrio del Abasto, “Teatro para pájaros”. Aprovechamos las líneas de fuga que despierta la obra para pensar las intersecciones entre el hecho teatral y la realidad. Conversamos también con Laura López Moyano y Lautaro Delgado quienes interpretan a Gloria y Ricardo en la pieza.

En 1968 Pier Paolo Pasolini definió el teatro desde una perspectiva semiológica como “un sistema de signos cuyos signos, no simbólicos sino icónicos, son los mismos signos de la realidad. El teatro representa un cuerpo mediante un cuerpo, un objeto mediante un objeto, una acción mediante una acción.”
Lo que resulta clave en este manifiesto no es que el teatro tome los signos de la realidad sino la visión misma de la realidad como una configuración, como un tejido de signos, una construcción. De ahí se desprende una posible respuesta para quienes preguntan por qué ese amor al teatro: el placer de ver en escena el artificio, el mecanismo que sostiene los juegos de poder.
Luego de diez años se reestrenó la obra escrita y dirigida por Daniel Veronese, que pone sobre el escenario a seis actores en una pieza en donde domina la palabra. “Con Teatro para pájaros existe esta dislexia entre título y obra. Lo que provoca es un choque de sentidos semánticos. Toda la obra de Veronese es eso. Un juego discursivo para entender un poco más de forma poética el alma humana y su hermosa tragedia” explica Lautaro Delgado.
Diez años son mucho y son poco a la vez. Sin embargo, los problemas que se plantean atraviesan las reflexiones teatrales desde hace mucho tiempo. “La obra plantea contradicciones entre las distintas formas de producción. Creo que cada personaje es la voz de las formas de pensar esto. Cada uno defiende un tipo de teatro distinto” cuenta Laura Moyano. Es una obra que piensa y habla de teatro, de cómo hacerlo, como vivirlo, o incluso, como vivir de él.

Fotografía: Claudio Da Passano

Teatro para pájaros es una obra metateatral, que encierra una obra dentro de otra constantemente -¿una especie de jaula quizás?- y nos permite, en ese juego de espectadorxs, preguntarnos donde están los límites, o por lo menos, donde está el tope de la caja china desde la cual ya no se puede sacar ninguna otra. “Estos juegos metateatrales producen un efecto de abismo en el espectador. Lo ubica también como actor dentro de la realidad, la cultura como una ficción organizada de tal forma que parece ser natural nuestra forma de vida cuando en realidad es una puesta en escena con complejos sistemas de interpretación. Este efecto produce una sensación de fuga, de disparo, como un vidrio que se rompe y permite la entrada de la brisa” dice Lautaro. El recurso no es nuevo ni exclusivo del teatro pero si vital en momentos en los que nuestra propia configuración de la realidad cambia y se deconstruye a cada momento –por lo menos para quienes nos aventuramos en la enriquecedora pero igualmente dolorosa misión de cuestionar el por qué de las cosas-.
Hace diez años, también, Teatro para pájaros puso -y pone- en escena la violencia machista, y la señala como tal (las encargadas de hacerlo son las mujeres). “La pajarera es ese lugar donde seres que pueden volar están encerrados y eso hace que se coman entre ellos’’ explica Laura. La diferencia entre una década y otra es la capacidad de nombrar esa violencia, identificarla y denunciarla como espectadrxs. “Creo que en eso la obra es muy innovadora. Hace diez años no se hablaba de esto” cuenta.
Hay, sin embargo, un señalador, una marca, que nos invita a visibilizar la crítica o la mirada furtiva hacia esas conductas: Emily Dickinson. Ella aparece esporádicamente en el personaje de Gloria, colándose por las grietas de un texto que pareciera nada tener que ver con ella. La escritora es de otro siglo, sin embargo, puede hacerse presente en las discusiones actuales. Dickinson rompió con las convenciones poéticas de su época, no solo con su estilo, sino por el hecho mismo de ser una mujer escritora en un mundo dominado por hombres.
¿Por qué Emily Dickinson? Hay algo de lo anacrónico que me resulta fascinante. Esa capacidad de extrañar lo cotidiano -eso que no debería estar ahí porque pertenece a otro orden- que permite alejarnos y volver a ver con otros ojos. Del mismo modo que la metateatralidad nos invita a ver una historia construida, para disfrutarla, claro, pero sin olvidar que aquello que vemos es teatro.
Si como decía Pasolini, son los mismos signos de la realidad, hay que recordar lo arbitrario del signo y mantener el ejercicio de desnaturalizar todo lo que nos rodea. Esa es una buena forma de abrir la jaula y entender quienes forjan los hierros que la construyen.
O como dijo Emily Dickinson: Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie.

Fotografía: Claudio Da Passano

Ficha técnico artística

Autoría: Daniel Veronese
Actúan: Marina Bellati, Lautaro Delgado, Malena Figó, Diego Gentile, Laura López Moyano, Leonardo Saggese
Escenografía: Daniel Veronese
Iluminación: Cristian Domini
Fotografía: Lautaro Delgado
Comunicación: Gustavo Passerino
Diseño gráfico: Gonzalo Martínez
Asistencia de dirección: Felicitas Luna
Prensa: SMW
Producción ejecutiva: Ailin Ponce Campos
Dirección: Daniel Veronese

Más información
El extranjero
Valentín Gómez 3378 (Abasto). Capital Federal – Buenos Aires
Duración: 75 minutos.
Función: Lunes 21:00 hs.
Localidades: General: $ 300 – Estudiantes/Jubilados (Presentando acreditación): $ 250