Entrevista: Julián Andreu
Escribe: Camila Sánchez
Fotografía: Carol Smiljan de Agencia AF

El fútbol es el espectáculo central de este tiempo. Recién bajado del avión que lo trajo de vuelta a Argentina, luego de estar en Rusia en la cobertura del Mundial, Ariel Scher nos recibe en un bar de San Telmo. Siempre cálido y sonriente.

Ariel es un tipo de esos con los que podrías estar
horas y horas hablando de deportes y literatura.

Algo así nos pasó y, casi sin darnos cuenta, volvimos a enamorarnos del Negro Fontanarrosa, de Dante Panzeri y de sus propios cuentos, como los que integran su último libro “Todo mientras Diego” (Grupo Editorial Sur). Sí, también hablamos de fútbol.

¿Cómo te podemos presentar? ¿Como un periodista deportivo o como un
literato del deporte?

Como un periodista, como un buen abuelo, como un buscador de historias que
adopta la forma que sea a ver si contribuye a mover el mundo.
Tu referente es Dante Panzeri. Contanos qué te gusta de su contrapunto.
Sobre todo me gusta diferir con él, aprender. No lo pude conocer pero Panzeri
quebró los modos de hacer periodismo deportivo que es con lo que yo me vinculé
primero en mi vida. Panzeri empezó a ocuparse del periodismo deportivo de
manera sistemática. Tuvo una perspectiva que incluía la definición de periodismo,
de lo que cualquier persona interpreta que es el periodismo, que es poner en
cuestión el universo sobre el que él trabajaba y ponerlo en cuestión con datos, con
información. Con información en el sentido de que informar es dar forma, dar
forma a partir de lo que se indaga. En ese sentido, Panzeri no sacó de la cancha
nada de lo que lo antecedía sino que incorporó un montón de zonas.
Cuando te leo siento una relación con los cuentos del Negro Fontanarrosa…
El Negro Fontanarrosa es único e irrepetible. Yo lo conocí, lo quiero, lo quise. Ante
todo me siento un lector, habrá gente que habrá sido su amigo, desde luego.
Es otro referente… Sobre todo es alguien que te dice ‘Tomá lo que hacés en serio y hacelo bien’. Esas dos cosas, ‘animate’ y, por otro lado, ‘si te vas a animar, jugá el partido de
verdad’.

Estuviste en el Mundial en Rusia. ¿Cómo viste a los argentinos?, ¿cómo se
movieron?

Rusia es como la vida, una caja de zapatos que es larguísima y no tiene el modelo
que dicen que te van a vender ni el modelo contrario, es la vida que está ahí. Un
francés que no es francés, un croata que no es croata. Uno mismo que no sabe
qué es y qué no es, que se encuentra ante la oportunidad de descubrir la sociedad
humana. No conocía Rusia, me topé con mucha gente de muchas partes, aprendí
de las distintas capas geológicas que tiene la historia social, política, cultural rusa
y eso te transforma. Al francés, al croata o al francés que yo haya descripto en
cualquiera de mis cuentos los mejoró porque les quitó cortinas. Lo que peor nos
hace es envolvernos de perjuicios, porque son los que te llevan al debido proceso,
dirían los juristas.

¿Te sorprendió la organización del mundial?

No me sorprendió la organización, porque cuando vos visibilizás los prejuicios de
otros te das cuenta de que son prejuicios. Rusia armó un mundial con muchísima
intensidad, con un juego político que no puedo desentrañar entero, que ubica a
Rusia, a la ciudad de Moscú, en un lugar de referencia socio-turística en el que no
estaba. Si algo yo les escuché decir a los colombianos, a los mexicanos, los
peruanos, los ingleses, en menor cantidad, a los argentinos y uruguayos, es que
no se esperaban eso. Para los estándares de la sociedad burguesa y capitalista,
Moscú es súper tentadora y el Mundial estuvo muy a tono con eso en términos del
juego social que hubo. Fue un acontecimiento que tuvo peso a nivel deportivo pero
también a nivel social.

En uno de tus cuentos hay un personaje llamado Julio, al que lo relacionás
un poco con la idea de que todos los mundiales son en julio. ¿Qué creés que
diría Julio? ¿Se hubiera quedado con la gambeta del belga Hazard o se
hubiese sumido en el triunfalismo de los que se llevaron el Mundial?

Creo que hay muchas mamás y papás que le dirán a sus pibas y a sus pibes que
está muy mal subvalorar a alguien que sale campeón. Seguramente nos gustará lo
que hizo Senegal, la construcción de equipo que hizo Islandia, un brillo para la
altísima competición. Le gustarán cosas de Argentina, a pesar de todas las lluvias
de comentarios por fuera de la crítica, porque la crítica implica análisis. En general
todo lo que leímos y escuchamos sobre el Mundial tiene la fuerza de una lluvia de
nadas, disfrazadas de algo. Pienso que hay muchas mamás, papás, profes y tías
y tíos en el mundo que le dirían “Disfrutá de que la vida es vida”, y que la gente desarrolle sus posibilidades creativas. Algunos hacen la que hizo Hazard o lo que
hizo Modric, Mbappé o Griezmann. O el pase que le dio Banega a Messi, o lo que
hizo Messi para hacer el primer gol frente a Nigeria, o cantidades de instancias
recortadas que nos recuerdan que el fútbol es un juego y que estamos vivos
porque jugaron.

Dicen que casi siempre el Mundial lo gana el mejor. ¿Creés que Francia fue
el mejor y por eso se llevó la copa?

De la combinación de construcción entre equipo y recursos individuales, Francia me pareció el más solvente. Quizás eligió un camino más seguro para llegar a ser campeón que para deslumbrar con su fútbol de manera visual. Decía Ramón Besa, en El País de España, que Francia fue un equipo arrogante, eligió sus recursos y los puso en juego para poder ganar el partido, no hizo trampa, dio la sensación de que te podría poblar la panza, el corazón, las hormonas de manera más intensa… Como en el rato en el que Argentina le ganaba 2 a 0 y Francia dijo: “Tengo que atacar porque si no se nos complica”.

Hay una identidad en la selección argentina. ¿Cómo fue el desarrollo y por
qué creés que lo hacen salir con poco brillo?

Hay un ciclo que excede un poco todo. Es una manifestación del fútbol que puede
estar muy por encima en términos de rendimiento o de la construcción cultural que
la fundamenta. Creo que tendrían la misma postura si Argentina iba a ser
campeón o no. Mi valoración no es del rendimiento del equipo, sino del fútbol
argentino: tiene una transformación cultural que a mí no me gusta. La cultura
siempre se transforma y las personas o los grupos de personas tenemos derecho
a estar más cerca o más lejos en esa mutación cultural. Tengo la sensación de
que lo que se demanda como proyecto es hacer más goles que los otros. Si el
fútbol fuera solo eso, sería una actividad que nos llamaría la atención pero no
sería fútbol, sería solo eso. Otra cosa, la Argentina sufre todo el tiempo, Panzeri
justo decía en una visión casi bíblica que no se inventó el fútbol para que en el
séptimo día volvamos a sufrir también. No está bueno sufrir, el fútbol nos invita por
identidades afectivas a disfrutar. Carles Rexach, el gran delantero catalán en la
modificación del Barcelona que hemos conocido, decía que las cosas que se
hacen sufriendo en el fútbol salen mal. Todos los que pasaron por la selección
están calificados, hay una ruptura más profunda que no la puede resolver un
entrenador o un equipo de entrenadores. Es otra construcción de qué hacemos
con el fútbol. Como dice Eduardo Sacheri, no es poco tener un juego que te
acompañe toda la vida. Me siento un poco deudor de eso.

Empezaste en Clarín tu historia de cuentista, con tu columna “De Rastrón”
que luego recopilaste en un libro. ¿Cómo fue esa parte de tu vida
profesional?

Hacía cuentos de fútbol y también de no fútbol, desde no me acuerdo cuánto
antes. En Clarín hacía una columna dominical que después derivó en un libro de
cuentos (“Wing Izquierdo, el enamorado”), mientras también escribía cuentos en
otros medios. Luego publiqué “Fútbol en el bar de los sábados” y “Deportivo Daer”;
este último es de literatura y deporte, son ficciones de deporte. El último que
publiqué fue el que salió hace pocos meses “Todo mientras Diego”, que lo escribí
allá por el 2006 antes del Mundial de Alemania.

Tu cuento “Es hoy” sólo lo publicaste en las redes sociales. Fue en el 2001
cuando había una gran crisis en el país y vos, como hincha de Racing,
festejabas el campeonato. ¿Cómo viviste esa dicotomía?

Tenía una sensación de “esto no puede estar pasando”: mi equipo estaba por salir
campeón después de 35 años. Yo lo seguía yendo a ver saliera campeón o no, y
el mundo se acababa, por lo menos el mundo próximo, el de la Argentina. Seguí
toda la campaña, estaba en Nueva York para la segunda mitad del año 2001, es
más, estaba ahí cuando cayeron las Torres Gemelas, cubriendo el Abierto de tenis
de EE.UU. Racing jugaba con Belgrano y me volví ese mismo día en avión, me
parecía un cruce extraño. La vida es un cruce extraño siempre, es una
construcción de heterogeneidades. No te pasa que el día en que conocés al amor
de tu vida hay sol, bajan los precios y firmás dos situaciones de laburo que te van
a hacer feliz, eso no pasa. Seguro que el día en que conocés a esa persona
importante el colectivo pincha dos neumáticos y llegas tarde. El periodismo y la
literatura te dan la posibilidad de contar esa confluencia en circunstancias que no
son las óptimas.

Se te ve un apasionado del fútbol, un futbolero de ley. ¿Cómo te llevás con el
resto del deporte en general?

Me interesa todo el deporte. Escribí sobre muchos deportes, he ido a Juegos
Olímpicos y a los Panamericanos. Entre el ‘82 y el ‘84 escribí sobre handball, me
gusta mucho ese deporte. A pesar de que soy muy futbolero, no me gusta que el
fútbol se coma todos los deportes. El deporte es una franja ancha para
relacionarse, no me gusta hablar de lo que no sé, que es casi todos los temas
[Risas], pero me gusta ir por estas cosas y el deporte te da una gran posibilidad.

León Najnudel por los años 80 sentó las bases de la liga nacional de básquet, ese proceso derivó en la Generación Dorada. ¿Creés que se puede repetir esa experiencia en el fútbol 

Es muy difícil porque el fútbol, por el lugar político social y cultural en que está, en este mundo ocupa un lugar de poder. La construcción de cualquier proyecto necesita la acumulación de poder para llevar adelante ese proyecto. Lo que pasó
con el básquet fue extraordinario y sigue siendo extraordinario, da la sensación a la distancia que además de un proyecto extraordinario hubo una lógica de modelación política que posibilitó llevar eso adelante. En el fútbol hay tantos juegos de poder tan poderosos, valga la redundancia, que un proceso similar
parece más complejo, pero eso no quiere decir que no se pueda dar la disputa de ese poder. No estoy de acuerdo con la apoliticidad del periodismo deportivo, es hipócrita, toda construcción es política y que tengamos deporte o no le tengamos también es político. Lo que sí ocurre en este tiempo es que el fútbol es el espectáculo central de una vida que ha espectacularizado todo o casi todo. O sea, es el espectáculo central de la vida de este tiempo. Seguro el gol de Griezmann lo
vio un séptimo de la población mundial, y a través del tiempo lo verá casi toda la
humanidad. Por eso es una lógica muy compleja donde hay mucho en disputa,
porque la industria de la comunicación es la gran industria de este tiempo y elige
como contenido central dar la disputa en torno de eso, y además la industria de la comunicación define lo que somos: antes incidía, influía y ahora podemos decir
que nos conforma, nos constituye. Hay una variable en juego todo el tiempo,
¿cómo no va a ser difícil?, pero no sólo por el volumen de negocio del show
televisivo, que es menor a otros, sino porque la industria de la comunicación tomó
arraigos que la prexistían, los tomó y los potenció. Por otro lado, juegan factores
de poder que no identificamos claramente como industria de la comunicación: los
gobiernos y otros actores de poder que también juegan en esa cancha, por eso es
difícil reorientar. Pero dar la discusión ya es un primer paso para poner en
circulación otras cosas.

En un reportaje de 2008 dijiste que este “fútbol de negocios mugrientos” nos
da la oportunidad de ir a la cancha con nuestros seres queridos y eso es
“suficiente para llenar nuestras vidas de ternura”. Diez años después,
¿seguís sosteniendo lo mismo?

Sí, el fútbol es un deporte polivalente, construye identidades y demuele
identidades, construye cinismos y destruye cinismos, le da oportunidades a los
mugrientos pero también te da el lugar del abrazo más puro de la historia del
mundo, y mañana, el que sigue, vuelve a ser el abrazo más puro del mundo. El
fútbol es un lugar donde caben muchas cosas. Manuel Vázquez Montalbán decía
que el fútbol era la religión más importante y más expandida del siglo XX, y en
comparación con otras religiones, no ha hecho tanto daño. Me parece que tiene
algo de eso el fenómeno del fútbol. Tiene cosas que no me gustan, pero tiene
muchas otras que sí. Es un punto de encuentro, es un lugar donde sos con otros.
Induce en estos tiempos a hacer la tuya, a ser vos con vos y nada más que vos,
estás reivindicando a la vida que se hace con otros, y eso a mí me encanta.

¿Seguís creyendo que es una pasión de multitudes?

Es una pasión de multitudes pero reconfigurada. Hace un tiempo leí en la Revista
Panamá, un artículo que se llama el “Gordo sillonero”, hablaba de quiénes son los
que se vinculan con el fútbol. Hubo un tiempo que era una zona amplísima pero
circunscripta a los que íbamos a la cancha, o los de los que leíamos El Gráfico, o
las secciones de deportes. Ahora tomado como contenido de la industria de la
comunicación, está todo el tiempo en todas partes y hay una serie de lazos que se
establecen con esos que no tienen los mismos conocimientos que había antes. No
todo el mundo era Guardiola o Menotti, que llevan 50 años yendo a la cancha,
super profesionales en ciertas cosas, pero tenías algunos saberes. Ahora son
otros los saberes, distintos, y algunos son menos específicos del juego.

Nota publicada en Revista Hamartia #30