Por Rocco Carbone / Nuria Giniger*

 

América Latina: contrapunto. En el siglo XXI latinoamericano el fin del ciclo progresista comienza con cuatro golpes de Estado: Haití, Honduras, Paraguay, Brasil. Por más que formen parte de nuevas “tecnologías de derrocamiento” no fueron menos cruentos que aquellos de las décadas de 1960-1970. No han sido golpes “blandos”. En varios de esos episodios hubo fuerzas armadas y policiales actuando. En Paraguay hasta hubo una masacre: la de Curuguaty. No obstante, a diferencia de los golpes de la generación pasada, el protagonismo político fue siempre de civiles. Las dictaduras latinoamericanas clásicas implementaron el genocidio para modificar las relaciones de fuerzas que existían hasta ese momento. ¿Qué son las relaciones de fuerzas? El estado de situación de la relación capital-trabajo, es decir, cuánto y cómo se distribuye la riqueza, cómo se expresa esa disputa en formas de lucha (social, política, militar) y hasta qué punto los proyectos populares significan un desafío real al poder para subvertir el orden existente. El proyecto del poder en la década de 1970 era impedir que los pueblos de América Latina asumieran el destino en sus manos. Hoy también. Formulamos esta síntesis porque aunque la crueldad y las herramientas de disputa hoy no sean exactamente las mismas que antaño, los gobiernos de derecha están impulsando un plan continental que pretende modificar el desafío que los pueblos latinoamericanos le han presentando al neoliberalismo. Por otra parte, en términos políticos, el capitalismo no tiene ante sí un ambiente o pueblos en estado de explosión que amenacen la permanencia del sistema (por más que haya manifestaciones callejeras enormes), entonces ahora no le interesa contener siquiera el papel del reformismo, que siempre intenta limitar a la masa radicalizada, y actúa de contemporizador ante la lucha. Entonces, emerge el exponente político de los monopolios: el fascismo descarnado.

 

Brasil/Argentina. El domingo último en Brasil 48 millones de personas votaron a un candidato de ultraderecha y se multiplicaron las interpretaciones de los hechos. Cubren un arco que va desde aquellas que ponen en foco al “enano fascista”, ignorante y desalmado de lxs electorxs, hasta aquellas que repiten que en la Argentina de 2019 “vamos a ganar”. Y a partir de ahí, revertir los oprobios del macrismo, cual acto de magia, por el mero efecto de las urnas. En ambos extremos –del pesimismo y el optimismo–  se subestima o se solapa cómo llegamos hasta esta hora latinoamericana. Llegamos hasta aquí porque dejamos a Milagro, a Lula y al resto de los presos políticos encerradxs sin luchar por su liberación. Porque depositamos nuestras expectativas solo en una urna. Porque luchar significa un empeño humanista mucho mayor frente al curso “natural” de la vida. En la sincronía, una parte más que considerable del pueblo expresa la firme idea de no querer atravesar un período histórico extendido en el que haya presidentes (y fuerzas políticas) capaces de alentar la tortura o el asesinato policial, ni que fomenten el odio genérico y racial, ni que estén dispuestos a encarcelar (aunque haya habido asesinados de militantes opositores). Pese a eso no se verifica una disposición generalizada (masiva) hacia la lucha para evitar esas sombras aciagas que en la Argentina tienen ya casi tres años de gobierno y que en Brasil parecen proyectarse con fuerza a partir de un futuro muy próximo. Parecería que resulta más sencillo depositar las esperanzas en una campaña electoral que se hará oportunamente, con mucha convicción, pero es imperioso tener en cuenta que la hora latinoamericana está marcada por el racismo, la misoginia, la homofobia, la xenofobia, el clasismo/elitismo, elementos que se vienen a sumar a la lógica ceoliberal y mafiosa propia de la derecha argentina.

Ciclo progresista. El ciclo de los gobiernos progresistas latinoamericanos llegó a su límite conceptual y práctico. Límite propio de la distribución de la riqueza dentro de los confines del capitalismo. Pero encontró un límite sobre todo en tanto “proyecto civilizatorio”. Consumir se reveló un plan razonable porque los pueblos latinoamericanos venían de carencias acumuladas de años de privaciones: sin comida, sin vivienda, sin trabajo, sin. Complementariamente, ese proyecto siguió fomentando el individualismo y no logró revertir los sentidos acerca de lo colectivo. La cuestión de los derechos fue menos colectiva que individual. Y a la hora de luchar por los derechos conquistados –es evidente– cuesta salir del letargo, reactivar lo común, recuperar la iniciativa. La otra cara del problema: en nuestro continente no aparece una alternativa. Ni respecto de los progresismos ni frente a la barbarie de la recolonización. De esto desciende que no tenemos en estado de disponibilidad ni un proyecto de futuro (una propuesta real de una sociedad distinta) ni una fuerza política que quiera impulsar ese proceso de construcción emancipatorio. Lxs dirigentes progresistas (en su mayoría) solapan constituirse en impulsores de un proceso de confrontación. Prefieren la especulación frente a cuántas posibilidades se abrirán en 2019. Entre esas voces se manifiesta la emergencia del desprecio hacia Cuba, Venezuela, Bolivia que –con todas sus dificultades– intentan restituir la idea de revolución en tanto proyecto emancipatorio y de potencia colectiva.

El ciclo de los gobiernos progresistas latinoamericanos llegó a su límite conceptual y práctico.

Hipótesis. Frente a la brutalidad implicada en la idea del Brasil de Bolsonaro –que reactualiza los golpes latinoamericanos del siglo XXI, que nos recuerda que en ese país es imposible hablar de democracia puesto que Lula está proscripto, que amplía las fronteras de acción de la derecha ceoliberal y mafiosa del macrismo– la hipótesis que postulamos es la unidad: la lucha en unidad que impulse la idea de un proyecto revolucionario continental.

*UNGS/CONICET. CEIL/CONICET