Escribe: Mónica Puertas

Ilustra: Maite Larumbe

España y la moción de censura a Rajoy es el fin de la Transición como mito fundacional de la democracia española contemporánea.

Hacia el fin del bipartidismo

El 31 de mayo de 2018 el presidente de España, Mariano Rajoy, fue destituido por un
procedimiento constitucional de su sistema parlamentario: la moción de censura. La
salida de Rajoy es el fin de la Transición como mito fundacional de la democracia
española contemporánea. Las características de su salida auguran el fin de un sistema
político viciado por un bipartidismo diluido. Es que el Partido Socialista Obrero Español
(PSOE) y el Partido Popular (PP) aplicaron similares políticas de austeridad para
gestionar la crisis económica de 2008. El resultado es que engendraron una
generación que dijo “Basta”. Soplan vientos de cambio en el Mediterráneo.

La sobremesa de Rajoy

Durante las ocho horas que duró la moción de censura a Mariano Rajoy, los diputados
españoles le hablaron a una cartera de mujer. Era la cartera de la vicepresidenta,
Soraya Sáenz de Santamaría, que reservaba la banca presidencial como el lugar a un
amigo en el colectivo. Rajoy almorzó en un restaurant, donde se quedó de sobremesa,
entre habanos y whiskys, según los propios medios españoles.
Al desgaste natural que afecta a cualquier gobierno en el ejercicio del poder, se le
sumaron las imágenes de la violencia desplegada en Catalunya durante el proceso de
referéndum de la independencia. Ese primero de octubre de 2017, Rajoy mostró una
de las peores caras de la represión estatal. Desconoció el referéndum e intervino la
comunidad autónoma, aplicando el artículo 155 de la Constitución Nacional. El saldo
fue de siete presos políticos y varios exiliados, entre ellos el ex presidente de la
Generalitat, Carles Puigdemont.
No obstante, el tiro de gracia fue la sentencia Gürtel: una investigación iniciada en
2007 sobre una red de corrupción que demostró que el PP se financiaba con dinero de
empresarios, a quienes se los compensaba con algunas concesiones. La sentencia se
conoció el 24 de mayo de 2018: la condena de 29 de los 37 procesados. Esto disparó
una moción de censura. Hubo otras tres mociones de censura que no prosperaron: a Adolfo Suárez en 1980, a Felipe González en 1987 y una a Rajoy anteriormente, en
2017.

La cuarta moción fue posible gracias a la presión de los nuevos partidos políticos.
Pablo Iglesias, Secretario General de Podemos, una semana después declaró:
“Nosotros llevábamos un año diciendo ‘tiene que haber una moción de censura y hay
números para esa moción de censura’. Los que tienen que estar descolocados son
otros, incluso en el propio PSOE”. Así ponía en evidencia que, aunque en lugar de
Rajoy asumía Pedro Sánchez, el PSOE estaba lejos de poder capitalizar esta jugada
política.

Primer plato: la Transición

Se llamó así a un consenso político cristalizado en la Constitución de 1978, tres años
después de la muerte del dictador Francisco Franco. Fue el inicio de un período de
democracia liberal que mutó en un bipartidismo cerrado y aislado de la sociedad. Pero
llegó a crear una clase media sostenida en políticas públicas en el marco de un
capitalismo que sostenía un Estado de Bienestar.
Pero la Transición configuró también la idea de “dos bandos” (republicanos y
falangistas). Construyó un imaginario que remitía a la guerra civil como el último lugar
al que había que volver; licuando el verdadero origen del franquismo en España: el
golpe de Estado de las clases dominantes a una República democrática. Se
consolidaba con la Transición una especie de teoría de los dos demonios.
Recién en el 2007 se creó la Ley de Memoria Histórica, durante la presidencia de José
Luis Rodríguez Zapatero. A pesar de esta ley, no hubo una política concreta que
tratara, por ejemplo, las fosas comunes donde hoy todavía yacen los restos de
alrededor de doscientos mil desaparecidos. A estas tareas se abocaron entidades
privadas —como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH)
y el Foro por la Memoria— o comunidades autónomas. No hubo políticas públicas de
DD.HH. ni un proceso de reparación. Incluso, el preámbulo de la ley afirma que la
memoria de las víctimas del franquismo es personal y familiar.
Bajo los gobiernos de Mariano Rajoy, la Ley de Memoria Histórica quedó derogada de
facto, ya que en los Presupuestos Generales del Estado no hubo dotación
presupuestaria para su aplicación. Y por si quedaba alguna duda de lo que significa el
bipartidismo, veamos el caso del PSOE que hace tres meses votó –igual que el PP–
contra la revisión y modificación de la Ley de Amnistía que en 1977 impidió juzgar los
crímenes del franquismo, alegando que abriría una situación de inseguridad jurídica.

Segundo plato: los Indignados del 15M

El 15 de mayo de 2011 la Puerta del Sol de Madrid se llenó del hartazgo de miles de
ciudadanos autoconvocados a través de las redes sociales. Las consignas creativas
evidenciaron la renovación generacional: “No somos antisistema, el sistema es
antinosotros” o “no alcanza el pan para tanto chorizo” (chorizo=delincuente).
Bisnieta de la guerra civil, nieta de la dictadura e hija de la Transición, ésta era la
generación víctima de la desocupación: los desempleados o “en paro” eran el 20,9%,
cifra que ascendía a casi un 50% entre los más jóvenes. Una tasa de desempleo que
no había desde 1995. El 15M esa generación golpeada hizo tronar el escarmiento. El
bipartidismo empezó a crujir. La democracia liberal ya no tenía nada para ofrecer.

La cosa venía mal desde la estafa de la “burbuja inmobiliaria”, que sentenció a las
clases medias a la experiencia de vivir en la calle. Durante los últimos años, los
créditos hipotecarios habían sido la vedette de un modelo económico precario basado
en el sector servicios. Pero la letra chica se hizo gigante cuando, ante la imposibilidad
de seguir pagando la cuota, la devolución del inmueble no extinguía la deuda
contraída con el banco. Los desalojos se dispararon. Fue en 2009 que surgió la
Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), una organización social liderada por la
actual alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Desde la PAH, los desahuciados
comenzaron a comprender que el problema no era individual sino social. Un milagro
que sólo produce la política.
En un contexto de manifestaciones públicas, el gobierno del socialista José Luis
Rodríguez Zapatero modificó el artículo 135 de la Constitución Nacional para asumir
que el Estado pondría como prioridad el pago de la deuda externa. A sólo tres meses
de la aparición de Indignados en la arena pública, el PSOE firmó su sentencia de
muerte. Un año después, en 2012, se concretaba el mayor rescate bancario donde se
inyectó un capital de casi 63 millones de euros, de los cuales la más favorecida fue
Bankia. Las medidas antipopulares aceleraron la crisis social.
El bipartidismo pasó de crujir a romperse, sin que se lograra distinguir a quién
pertenecían los pedazos rotos. Las políticas de austeridad, impuestas por la Unión
Europea, lograron mimetizar a dos partidos tradicionales con proyectos históricamente
antagónicos. Pero esas mismas políticas engendrarían a su propio anticristo:
Podemos. Se iniciaba así el desmoronamiento de la Transición como pacto social.

Postre: Podemos

Podemos se creó como partido en 2014, cuando lanzó una convocatoria de dos días a
la que llamó “Asamblea Constituyente”. Reunió a siete mil afiliados en Madrid con la
consigna de proponer a la ciudadanía las principales líneas sobre las que debía
trabajar el Partido. Una de las más votadas fue la corrupción. Si se tiene en cuenta
que sus principales referentes venían de la academia, se puede decir que el nuevo
Partido pondría en ejercicio esa máxima de Carlos Marx: “Los filósofos se han
dedicado a interpretar el mundo cuando de lo que se trata es de cambiarlo”.
Referenciado principalmente en el politólogo y docente universitario Pablo Iglesias, el
partido creció vertiginosamente: en mayo de ese mismo año consiguió cinco escaños
en el parlamento europeo. Un partido diseñado sobre una estrategia de comunicación
moderna: exprimieron las redes sociales y el humor para llegar a un electorado
históricamente despolitizado. En Youtube se pueden ver programas humorísticos
como “Tuerka News” o de debate como “Fort Apache”, recursos audiovisuales que
buscan disputar el sentido común a quienes no son seducidos por los dispositivos
tradicionales de la política.
Así capitalizó partidariamente gran parte del descontento del 15M. Evitó que la
irrupción de los Indignados quedara en movimientismo, en una indignación episódica.
Creó, en definitiva, un punto de inflexión entre una democracia representativa y una
participativa. En la primera, los políticos se limitan a recoger las demandas de la
sociedad y a intentar satisfacerlas. Representan actores ya dados. En la participativa,
en cambio, el político se transforma también en productor de las demandas. Su trabajo
es performativo. El politólogo y docente australiano, Michael Saward, afirma que en la
democracia participativa la subjetividad es invocada: “Es un mundo de producción (…),
la política se convierte en un trabajo de composición”. Podemos entra en esa
definición, por ejemplo, al llamar “casta” a la vieja clase política impugnada por las
nuevas generaciones o cuando durante la moción de censura dijo: “La derecha quiere siempre borrar la historia real y reescribirla de nuevo, falseándola. Para ustedes Lorca
habría muerto de gripe en 1936 o Machado se habría ido tranquilamente con su
familia de España para residir en Francia. Ustedes quieren borrar la historia y nosotros
tenemos la obligación de traer la historia a este parlamento”.
Desde esta lógica performativa, Podemos comenzó a “producir” a su propio
electorado, formateando el imaginario colectivo. Pero elige dónde y cómo dar las
batallas por el sentido común. Así lo manifestó Pablo Iglesias a Revista Hamartia en
marzo de este año, cuando vino a la Argentina para participar de la marcha del 24 de
marzo: su estrategia fue la de no retomar enseguida las banderas y símbolos
republicanos, más allá de sus propias procedencias políticas. Apuntaron a antagonizar
con el imaginario de la Transición, que tiene menos estigmas que la Guerra Civil y la
dictadura franquista. Lo que no quiere decir que no fueran a por ellas más adelante.
Precisamente, a cuatro años de su creación, el nuevo partido ya está camino un
revisionismo histórico sin precedentes. Por ejemplo, durante sus últimas
intervenciones en el Congreso de los Diputados, Pablo Iglesias pidió que se retire la
medalla de mérito al torturador franquista, Billy el Niño, algo que unos años antes
hubiera sido imposible plantear.
Pero la ruptura del bipartidismo se saldó con dos nuevos partidos: Podemos, que para
las elecciones de 2016 se alió con Izquierda Unida formando UNIDOS PODEMOS, y
también CIUDADANOS: una derecha joven representada por Albert Rivera y diseñada
a partir de focus groups. Con fuerte tufillo a marketing liberal, la marca joven del PP,
prescinde de símbolos franquistas (como Mauricio Macri que ni siquiera reivindica a
próceres gorilas). A pesar de la lavada de cara, el proyecto de Ciudadanos es el del
IBEX 35, el principal índice bursátil de referencia de la bolsa española formado por las
35 empresas como Bankia, Repsol o Telefónica. Es decir, un partido a la medida de
las corporaciones.
La novedad política también la protagonizaron los “ayuntamientos del cambio”: dos
gestiones que demostraron que puede haber superávit al compás de una política
social inclusiva y de orientación pública. Manuela Carmena en Madrid y Ada Colau en
Barcelona han hecho de las dos principales ciudades españolas una demostración de
que se puede poner las instituciones al servicio de la gente.

Mozo, la cuenta

Asumió el socialista Pedro Sánchez, el primer presidente que no fue antes diputado.
Pero este economista de 42 años de la tecnocracia liberal sólo representa la mejoría
de la muerte. El bipartidismo perece. Sánchez asume con muy poco caudal político,
por lo que necesita confluir con otros partidos como Podemos o los nacionalistas. Algo
que no quiso hacer en 2016, permitiendo que ganara Rajoy.
Esta vez el PSOE va a gobernar con 84 diputados de 350 en el Congreso de los
diputados y con mayoría absoluta del PP en el Senado, que ocupan 147 escaños de
los 266. Además Sánchez tiene que gobernar con los presupuestos que se le
aprobaron a Rajoy y que el propio PSOE había votado en contra.
El cambio viene a todo ritmo: por primera vez se instala institucionalmente exhumar los
restos de Franco y sacarlo del Valle de los Caídos. Quedan pendientes muchas cosas
todavía: derogar la Ley Mordaza, mejorar la inversión pública en sanidad, educación,
seguridad, derogar la Reforma Laboral de 2012 que precariza profundamente el
empleo, recuperar el carácter público de la Televisión Estatal (RTVE) y un largo
etcétera. Pero cuando la juventud se pone en marcha el cambio es inevitable. Y, aunque Rajoy confunda al Congreso con un restaurant, en ninguno de los dos casos
podrá irse sin pagar.