Por Carolina Rosales Zeiger
Foto Laki Pérez

Con una mano flamea el pañuelo verde, con la otra sostiene el cuerpo y la emoción. Saluda por detrás de la reja del patio delantero de su casa, en un barrio alejado del centro de Trelew, a la marcha que pasa, interminable, frente a sus ojos. Esa marcha que desde sus columnas le canta que escuche, que se una a la lucha, que si se organiza no plancha más camisas. Ella, quién sabe otra de las brujas ancestrales, sonríe con los ojos achinados de sangre originaria, con las manos arrugadas de trabajo e historia, con la espalda torcida de tanta lucha erguida. Y entonces se anima: da un paso, y otro, y otro más, y abre la puerta de esa reja que alguna vez le significó seguridad y tranquilidad. Porque esta vez eso que tanto anheló, sabe que está afuera. Entonces una decena de mujeres corre al encuentro. La abrazan entre todas, aprietan con amor cada uno de sus frágiles pero firmes músculos. La aplauden. Lloran. Y siguen marchando.

La escena se repite a lo largo de las 40 cuadras que ocupa la marcha de cierre del 33° Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) de Chubut -el más austral de la historia- y que se propone recorrer la mayoría de los barrios de la ciudad. De cada terraza, balcón o esquina emergen saludos cómplices y más pañuelos verdes, esos que hace un año eran apenas identificables y que hoy son el símbolo indiscutible de un movimiento y momento históricos. Y en ese contexto, en ese sur bien al sur, por primera vez en 33 años, una consigna se impone para cambiarlo todo: “Plurinacional, memoria ancestral”.

En 2017 Santiago Maldonado aún estaba desparecido durante el fin de semana del ENM, realizado en la ciudad de Resistencia, Chaco. La Patagonia era favorita entre las sedes postuladas para la edición siguiente: imperaba la necesidad de visibilizar el crimen de Santiago y la lucha por la que fue muerto, luego de la represión en la Pu Lof Cushamen en medio de una movilización mapuche. Porque cada encuentro lleva la impronta del territorio donde se hace: en Posadas la discusión sobre el tráfico de personas, en San Juan la minería a cielo abierto y en Chubut, entre tantas otras, la disputa por las tierras originarias. Quizá por ello la mesa de mujeres latinoamericanas: “Feministas del Abya Yala” fue de las más concurridas por fuera de la dinámica de los talleres oficiales y se convirtió en uno de los momentos más emocionantes del Encuentro. “Ser feministas es reconocer la sabiduría ancestral de las generaciones pasadas, y traerlas a la actualidad”, dijo la guatemalteca Lolita Chávez, actualmente exiliada de su país luego de un ataque armado por defender sus tierras. Junto a ella compartieron experiencias y manifiestos mujeres de Brasil, Nicaragua, Costa Rica, México, Bolivia, Chile, Honduras, El Salvador, Kurdistán y de diversas comunidades que habitan el suelo argentino. ¿Había algo superador a pensar al movimiento feminista como un movimiento de la Patria Grande? Sí: pensarlo como un movimiento plurinacional y convertir eso en una identidad, no en una consigna de coyuntura.

Quizá el 2018 haya significado una bisagra para los ENM. Desde 2019 pasarán a llamarse Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. Quizá sólo así,  cambiándole el nombre, aceptando que lo colectivo muta, se transforma y avanza, y que ese es el irrenunciable motor histórico, siempre, termine de comprenderse la necesidad del carácter federal de los encuentros, de visibilizar la particularidad de cada lucha en su territorio y así construir un movimiento que no deje sus convicciones –de pluralidad, horizontalidad e inclusión- en las puertas de ningún feminismo liberal, de cotillón o pasatista. Quizá, por fin, sea el tiempo de las brujas, esas ancestrales que con sus conjuros podían todo: incluso ser libres.