Por Agustín Wydler y Carli Bianco (*)
Ilustra Luciana Capece

Recientemente fue aprobada en la Cámara de Diputados la media sanción de un presupuesto para el año 2019 que merece ser adjetivado, sencillamente, como desastroso. No contiene ni una sola medida a favor de los trabajadores, la industria, el comercio, las PyMEs o los jubilados. El único componente que crece, y de manera sustantiva, es el pago de los intereses de la deuda externa. Durante sus dos primeros años de gobierno Macri dijo que se endeudaba para no hacer el ajuste, pero ahora presenta un presupuesto de ajuste con el único objetivo de poder pagar la deuda que contrajo previamente. Es el perro que muerde su propia cola.

Este presupuesto, que profundiza el feroz ajuste que ya está teniendo lugar durante 2018, no es el resultado de ninguna pesada herencia ni de “cosas que pasaron” en el escenario internacional, sino la consecuencia directa de las políticas económicas del actual gobierno. Macri apostó ciegamente a una lluvia de inversiones extranjeras y a un boom exportador que permitiera el crecimiento de la economía, intentando sustituir el principal motor de crecimiento que posee estructuralmente la economía argentina: su mercado interno. Se olvidó un detalle: analizar el escenario externo. En el marco de un mundo todavía en crisis, en guerra comercial, con crecientes prácticas proteccionistas y con una visible reversión de los flujos de capital desde la periferia hacia el centro, hasta el menos formado de los analistas se debería haber dado cuenta de que esa fórmula no funcionaría. Parece que los libros mordieron al mejor equipo económico de los últimos 50 años.

Como consecuencia de una política económica que combinó ajuste, apertura comercial y financiera y un brutal endeudamiento externo, llegamos en abril de 2018 a una nueva y profunda corrida cambiaria, cuyo saldo fue un abrupto salto en el tipo de cambio mayor al 110% en los últimos 10 meses y una pérdida de más de 30.000 millones de dólares de reservas, incluyendo al desembolso del FMI de 15.000 millones que ya se evaporó. Frente a este panorama, y en el marco de la revisión del acuerdo firmado con el FMI, se implementó un nuevo esquema de política monetaria cuyo efecto inmediato es devastador: la tasa de interés superó el 70%, lo que hace inviable cualquier proyecto productivo.

Este presupuesto, que profundiza el feroz ajuste que ya está teniendo lugar durante 2018, no es el resultado de ninguna pesada herencia, sino la consecuencia directa de las políticas económicas del actual gobierno.

La política económica que se desprende del presupuesto 2019 no trae ninguna novedad, sino una profundización del ajuste para garantizar el pago de la deuda. De hecho, el declamado “déficit cero” no es más que un nuevo engaño: el déficit financiero (que incluye el pago de intereses de la deuda) es de casi 600.000 millones de pesos (un 3,2% del PIB). Pero esta política de ajuste y pago de la deuda propuesta en el presupuesto no nos desendeuda, sino todo lo contrario: la deuda total de la Argentina llegará en 2019 a 331.971 millones de dólares, lo que representa un 75,3% del PIB, frente al 40% en 2015.

En términos de ingresos y gastos, las proyecciones que surgen del presupuesto no dejan lugar a dudas de la orientación de la política económica para 2019: crecen un 5% los ingresos (por la restitución de las retenciones), caen un 7,7% los gastos primarios, sube un 10% el pago de intereses. Tomando el período 2015-2019, la caída real del gasto primario será del 18%. El detalle del ajuste muestra recortes reales en casi todas las partidas: educación y cultura (-10%), ciencia y técnica (-5,3%), salud (-4%), trabajo (-12,8%), vivienda y urbanismo (-17,3%), promoción y asistencia social (-4,2%), agua potable y alcantarillado (-9,5%), e industria (-15,5%).

Al analizar los destinatarios de este nuevo y brutal ajuste, tampoco se observan rupturas, sino continuidades: el ajuste lo pagan los trabajadores, los jubilados, los beneficiarios de asignaciones sociales, las clases medias y las provincias. Se trata de un ajuste que va contra (casi) todos. Contra el bolsillo de las clases populares: los subsidios económicos caen un 31% (-39% para transporte y -27% para energía -27%), lo que redundará en más tarifazos y aumentos del boleto. Contra la inversión pública: los gastos de capital caen un 31%, profundizando el ajuste de la obra pública que ya tenemos en 2018. Contra las provincias y el federalismo: las transferencias a las provincias caen un 39%, más allá de la eliminación previa del Fondo Federal Sojero, que representaba en 2018 unos 50.000 millones de pesos. Contra los jubilados: desde 2015 se perdió una jubilación por año, no se permite seguir trabajando a los jubilados que obtuvieron la Pensión Universal para el Adulto Mayor y se avanza en la liquidación del Fondo de Garantía de Sustentabilidad. Contra los beneficiarios de prestaciones sociales: las asignaciones universales y familiares caen un 11%, las pensiones no contributivas lo hacen en un 5% y los programas sociales (Progresar, Argentina Trabaja, etc.) se reducen un 15%. Contra la educación: el presupuesto para 2019 cae un 10% adicional por encima del ajuste del 20% que ya viene sufriendo desde 2016.

Contra las provincias y el federalismo: las transferencias a las provincias caen un 39%, más allá de la eliminación previa del Fondo Federal Sojero, que representaba en 2018 unos 50.000 millones de pesos.

Para peor, el ajuste será más profundo cuando efectivamente no se cumplan las estimaciones de crecimiento (-0,5%) e inflación (34,8% promedio) para 2019, lo que parece inevitable teniendo en consideración el antecedente del año pasado: en el Presupuesto 2018 se estimó una inflación del 10%, que va a estar cercana al 50%, y un crecimiento del PIB del 3,5%, pero que en realidad va a caer como mínimo un 2,4%. De hecho, el FMI ya estimó una recesión tres veces mayor a la prevista en el presupuesto, de 1,6% para 2019. Por otro lado, la estimación de un dólar a $40 también parece demasiado optimista y, de no cumplirse, se incrementará la inflación (lo que implica un mayor ajuste) y crecerán el gasto financiero en intereses de la deuda y las tarifas dolarizadas de la energía y el transporte.

Sin embargo, este presupuesto tiene algunos pocos ganadores: los especuladores internacionales y los acreedores externos, a quienes se aseguran los dólares para el pago de la deuda. De hecho, la única partida que se incrementará en un 10% será la destinada al pago de los intereses de la deuda externa que creció de manera hipertrófica desde que Macri asumió el gobierno, endeudando al país en más de 150.000 millones de dólares adicionales entre deuda privada y pública, nacional y de las provincias. Estos pocos beneficiarios del presupuesto macrista se suman al selecto grupo de ganadores del modelo económico actual: los grandes exportadores de productos agropecuarios, que se benefician de la megadevaluación que sufrió la economía en 2018; los bancos, que especulan con la nueva timba financiera de las LELIQs; y las empresas energéticas, que se llenan los bolsillos con la dolarización de las tarifas realizada por Macri.

En suma, luego de cuatro años de gobierno, Macri nos dejará una economía más pequeña y en recesión, con una inflación galopante, un desempleo de más de dos dígitos, una reprimarización y desindustrialización del aparato productivo y una caída brutal de las condiciones de vida de los argentinos. Nada que se parezca de cerca a aquellas falsas promesas de campaña de la lluvia de inversiones, el boom de exportaciones, la pobreza cero, la pulverización de la inflación y el “vamos a vivir mejor”. El presupuesto de 2019 le pone el moño a la estafa electoral de Macri al pueblo argentino.

(*) Los autores son docentes e investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes. Carli Bianco es también asesor de la CTA de los Trabajadores.