Por María Eugenia Mastropablo
Fotos Prensa Daniel Filmus

Por su cercanía al Congreso, el Molino fue “un sitio de debate y discusión política”, nos cuenta Daniel Filmus: “Si las paredes hablaran, recordarían cuántos acuerdos surgieron de esos momentos”.

Día a día cientos de personas pasan por su puerta sin detenerse, otras reclaman a los diputados y senadores por diferentes causas y un grupo se gana la vida vendiendo distintos productos. Todos conviven en la mítica esquina de Callao y Rivadavia, y la mayoría no recuerda que allí funcionó la esplendorosa Confitería del Molino.

Tras 22 años desde su cierre definitivo en 1997, en julio de 2018 el Congreso Nacional, a través de la Comisión Bicameral Administrativa del Edificio del Molino, tomó posesión del inmueble e inició su restauración y puesta en valor.

Daniel Filmus, quien preside la Comisión, destacó la importancia de recuperar aquellos espacios que interpretaron un papel relevante en nuestra historia: “Estoy orgulloso de poder acompañar y promover esta recuperación patrimonial ya que, generalmente, Buenos Aires le da la espalda a su patrimonio. Recuperar El Molino es un hecho importante para la Ciudad y para el país. Me parece que es fundamental que los argentinos tengamos la posibilidad de pensar y repensar nuestro pasado tanto en las cosas buenas como en las dificultades”.

El nacimiento de un gigante

Constantino Rossi y Cayetano Brenna fueron dos pasteleros italianos que en 1859 fundaron la “Confitería del Centro” ubicada en Rivadavia y Rodríguez Peña. Recién en 1866, el comercio pasó a llamarse “Antigua Confitería del Molino”, pero fue en 1905 cuando se trasladó a la esquina de Callao y Rivadavia.

El centenario de la independencia en 1916 fue la excusa perfecta para que los dueños pusieran en marcha las obras y lograran expandirse. Para esto, contrataron a un arquitecto amigo llamado Antonio Francisco Gianotti, quien convirtió al edificio en un ícono del Art Noveau.

Uno de los detalles que destaca Mónica Capano, quien hoy dirige el trabajo de restauración, es que los dueños le pusieron como condición a Gianotti que la confitería no cerrara sus puertas mientras él hacía las refacciones. Así fue como los cuatro pisos superiores, la cúpula y los tres subsuelos se construyeron mientras que en la confitería seguían atendiendo al público.

Tantos años de abandono llevaron a que los restauradores tuvieran que pedirles a los vecinos fotos de bautismos, casamientos, etc. para usarlas en la reconstrucción. Además, como si se tratara de una película, contrataron a un buzo especializado para que nadara por el tercer subsuelo y les contara qué es lo que había escondido bajo más de un metro y medio de agua.

Afortunadamente, el paso del tiempo no logró que las historias del Molino quedaran en el olvido. De hecho, los integrantes de la Comisión Administrativa coinciden en que si algo le sobra a la confitería son anécdotas. Esto se debe a que fue el punto de encuentro de políticos, artistas e intelectuales de distintas épocas.

Uno de sus habitués era el legislador socialista Alfredo Palacios, quien al igual que otros políticos de principios del siglo XX tenía cuenta en la confitería. Él pasaba por allí todos los días antes de entrar al Congreso y le pedía a los mozos que le guardaran el sobretodo para poder retirarlo a la salida.

Otra de las anécdotas que todos recuerdan es la del pedido de Carlos Gardel que puso en apuros a los pasteleros. El cantante solicitó que le prepararan una torta especial para su amigo Irineo Leguisamo. Así fue como nació el “postre Leguisamo” (hojaldre, merengue, marrón glacé y crema imperial con almendras), que rápidamente se convirtió en un clásico.

Otro de los datos curiosos es que en 1996, mientras filmaba la película “Evita”, Madonna pasó por el salón de fiestas del Molino para grabar el videoclip de “Love don’t live here anymore”.

El futuro del Molino

El pasado sábado 10 de noviembre el público pudo tener una aproximación a lo que fue el esplendor de la confitería ya que fue abierta por “La noche de los museos”.

¿Cuánto tiempo llevará la restauración? Si bien Ricardo Angelucci, secretario administrativo técnico de la Comisión, se animó a afirmar que probablemente el trabajo esté terminado en dos años, explicó que los tiempos pueden ser variables. “Como Comisión Administradora tenemos la obligación de recuperar El Molino en lo que tiene que ver con todo su valor patrimonial, histórico y cultural. Restaurar un edificio de estas características no admite sólo arreglar las paredes y pintarlas sino que hay que tratar de reconstruir los materiales. Es una tarea que no se puede mensurar en el tiempo porque, además, se hace en términos artesanales”.

El edificio tiene una superficie 6900 m2, tres subsuelos (donde funcionaban los servicios de mantenimiento, la producción de la pastelería y hasta tenía su propia fábrica de hielo) y la planta baja (donde se vendían los productos de pastelería y donde se ubicaba la confitería). En el primer piso estaba el salón de fiestas y del segundo al quinto piso había departamentos.

El proyecto es que la confitería vuelva a estar en funcionamiento y que en la primera planta funcione un museo. En los pisos donde había departamentos se ubicarán dependencias del Poder Legislativo. “Este lugar era llamado la Tercera Cámara porque era el sitio de debate y discusión política propio de la democracia. Queremos que vuelva a ser un lugar de difusión cultural”, reflexionó Filmus.

Los lugares históricos destacan no sólo por los hechos trascendentes que ocurrieron allí sino también por las historias individuales que cada ciudadano le aporta. Con respecto a esto, Filmus recuerda con nostalgia: “Vine muchas veces en la época de la facultad, venía a tomar café con mis compañeros de Sociología. Después, ya en los 90, fue un lugar de muchas reuniones y discusiones. Hasta se formó el grupo del Molino en el que también estaba Chacho Álvarez. Hubo reuniones acá que empezaban en una mesa y terminaban con debates con decenas de militantes. Si las paredes hablaran, recordarían cuántos acuerdos surgieron de esos momentos”.