Por Paula Lambertini*
Foto Revista Hamartia

Estos modos de interpretar estos dolorosos hechos nos hablan de los mecanismos de adaptación del patriarcado: diluir los casos de femicidio en universos más amplios o concebir excepcionalidad sobre ellos. Si son casos de inseguridad, el universo de los que los padecen en nuestra ciudad somos todxs, y no sólo las mujeres. Hay un borramiento de las historias que llevaron a esas mujeres a ser asesinadas cruelmente. Si por el contrario son producto de la locura: veremos con horror el corrimiento de la “norma”, como si fuera excepcional. Una escena en una película que no habitamos (otro capítulo será repensar los modos de profunda exclusión social que sufren las personas con padecimiento mental) la “excepcionalidad”, y la “universalización” de estos crímenes de odio a razón de género producen un doble obstáculo: para que nos identifiquemos con esas mujeres, sus historias y sus padecimientos. También para que podamos ligar a esos varones a nuestros padres, hermanos y abuelos. En definitiva a un modo de construcción de la masculinidad que produce particulares modos de sentir, pensar y actuar de acuerdo a un mandato de ejercicio desigual del poder: donde se vigila y se castiga a las mujeres.

Si bien el feminismo lo viene reiterando hace mucho, cada vez que una mujer muere victima de la crueldad es necesario reafirmar que a los femicidios hay que tratarlos como lo que son: el último anillo del círculo de violencia de género.  Y es importante reafirmarlo porque una correcta caracterización de esta problemática es un primer paso importante para construir las respuestas y políticas públicas que se anticipen al cotidiano horror que implica que cada día una mujer muera a causa de violencia en nuestro país.  ¿Qué pasaba en la vida de esas mujeres?  Antes hubo celos,  control sobre nuestros modos de actuar, sentir y pensar, sobre cómo nos vestimos humillación, aislamiento, luego empujones, golpes. También hubo promesas sobre que eso no iba a volver a pasar, príncipes azules que devenidos en demonios, vuelven a las flores, las caricias y los besos. En el medio, probablemente, como en el caso de Tolosa, alguna denuncia que busca de modo desesperado que un tercero-el Estado-intervenga para cortar la violencia, para ampararnos y salir de ese circuito de  dominación que se está llevando nuestras vidas. Si el Estado no interviene, nos deja desamparadas y profundiza la violencia. Cuando la crueldad no encuentra límites, la respuesta será más violenta para disciplinar a esa mujer y para demostrarle que sigue estando como un objeto atado a los designios de ese varón. Allí las mujeres quedamos inscriptas en la dominación y se instaura la idea de impunidad.

Impunidad que se rebela vergonzosa en el fallo del femicidio de Lucía Perez. El fallo de Lucía deja suspendidas las ansias de justicia de su madre, su familia y de todas, y nos habla a nosotras y a nuestras hijas. Nos dice que su muerte, la muerte de una chica de 16 años, en una situación con tres mayores atravesada por un caso de venta de drogas es producto del ejercicio de sus libertades. Los fallos no sólo construyen antecedentes judiciales sino significan los modos de construir y regular las relaciones sociales entre mujeres y varones: una idea de lo que es justo. Este incorpora nuevos elementos: ya no somos culpables por cómo nos vestimos y qué hacemos con nuestras vidas, sino que reivindicando nuestras libertades, nuestros femicidas no tendrán consecuencias porque “nosotras lo consentimos”. Por lo tanto, el precio de la reivindicación de nuestra libertad será ser cruelmente asesinadas. Inaceptable.

La Justicia machista, promueve la injusticia. Pero no tiene el patrimonio del desamparo. El Poder Ejecutivo Nacional invierte 11 pesos por mujer por año para la implementación de políticas públicas en materia de género. Y a nivel local, el Intendente Julio Garro, no implementa la Emergencia por Violencia de Género aprobada por unanimidad en el Concejo Deliberante, que incorpora una batería de medidas claras y precisas para prevenir y asistir la violencia de género.  Porque aunque las desigualdades entre mujeres y varones producen innumerables violencias que son propias de todos los ámbitos de la vida política, económica, social y cultural, deben existir prioridades. La Emergencia por Violencia de Género demarca un territorio de urgencias: la violencia en el ámbito domestico y las que padecen las jóvenes, entre otras. Como dijo la concejala Lorena Riesgo: “El Intendente tiene que convocar una mesa con todos los sectores para implementar la Emergencia. Tenemos una enorme responsabilidad, podríamos haber protegido la vida de las mujeres”. Paradójicamente estas urgencias no encontraron respuestas en dos años.

Ayer paramos, y nos movilizamos masivamente. Demostramos capacidad de reacción y el vigor de un movimiento feminista que sigue dando muestras claras de límites y sueños. Porque los horrores del Patriarcado siguen vigentes, la diferencia es que estamos  juntas, organizadas y conscientes de nuestras injusticias y de la lucha que tenemos por delante para construir una sociedad más justa e igualitaria. No hay modo de transformar esta realidad sino es a partir de que el Estado integre nuestras demandas, que escuche a las millones de mujeres que nos manifestamos en las calles por nuestros derechos. El Estado y las problemáticas de las mujeres, no pueden ser asuntos separados sino que éste debe ser la principal herramienta para igualarnos y garantizar nuestras libertades. Cuando decimos el Estado es responsable, hablamos de los tres poderes, en los tres niveles.  Que nadie se haga el zonzo, son nuestras vidas las que están en juego.

Justicia por Lucia! Devuelvan a Johana!  Justicia para todas!

*Psicóloga especialista en género y militante feminista.