Por Celeste del Bianco*

David era moreno, como su apellido. De ojos marrones y sonrisa contagiosa, ese diciembre estaba contento porque había pasado a segundo año. Había estudiado todo el mes con su mamá para rendir las materias. Tardes enteras, sentados en la mesa de la casa del barrio Villa 9 de julio en Córdoba Capital. Matemática y química, las únicas pendientes para marzo.

-”Tomá mamá, dice Carlos que me vayas a anotar para segundo año”, gritó contento David, mientras mostraba el comprobante con las notas.

“Llegó con una alegría tan grande. Estaba feliz, quedó tan chocho, al día siguiente lo fuimos a anotar. El quería cursar a la tarde para mirar los partidos del mundial del 2002”, recuerda Rosa, su mamá.

 

Ese día acomodaron juntos la habitación de David, hicieron limpieza de carpetas, separaron libros que ya no usaría, acomodaron útiles y dejaron todo listo para disfrutar del verano lejos de las obligaciones escolares. En una repisa, quedó reservado el casette donde tenía grabada la ópera Carmen. Le encantaba sentarse frente al equipo de música y escuchar “Habanera”.

– “Pueda ser que el año que viene sea más prolijo”, dijo, mientras acomodaba las hojas sueltas de la carpeta de plástica.

Le gustaban las manualidades. Era especialista en reparación de globos aeróstaticos de papel de seda. Cómo cada año, cuando se acercaban las fiestas, David cruzaba al campo que tenían enfrente de su casa en búsqueda de globos consumidos por el fuego. Salía lleno de espinas y de yuyos con su tesoro por construir. Los arreglaba con paciencia y el 24 a la noche, después del brindis, los encendían en familia.

El 20 de diciembre almorzaron en familia. En la mesa, el lugar central estaba vacío. Luis, el papá, estaba en terapia intensiva por problemas de presión.

Mientras Rosa lavaba los platos, David, Laura y Mario miraban “Yago”, la novela del verano. David era el más chico de los cuatro hermanos. Verónica, la mayor, ya no vivía en la casa familiar.

-”Mamá, voy a bañarme un ratito con los chicos”, propuso al término de la novela. Hacía mucho calor y los chicos del barrio se juntaban en la casa de Gabi para refrescarse en la pileta.

 

 

Esa tarde había mucho movimiento en el Supermercado Mini Sol. Vecinos del barrio estaban en la puerta esperando bolsones de comida, también aguardaban personas de otras partes de la capital que habían escuchado la promesa en la radio.

David y el Ale agarraron sus bicicletas, hicieron más de 5 cuadras, y fueron a ver qué pasaba. Nunca habían visto esas escopetas largas, más que en las películas de acción que pasaban en la tele. Tampoco era común ver a tantos policías juntos formando una mancha negra en la calle. Les llamaron la atención los casos y las pecheras oscuras. Con 13 años era difícil comprender la peligrosidad de esa presencia.
En su casa, Rosa escuchó disparos

Alguien dio la orden y los hombres de negro empezaron a disparar con plomo. Comenzaron las corridas, los gritos, el miedo. David también corrió, aturdido, desorientado, niño. El oficial recién incorporado a la fuerza Hugo Cánovas Badra gatilló sin titubear. La bala con la que mató a David entró por la nuca pero no fue la única. El cuerpo menudito fue marcado por la violencia policial cinco veces, incluso en la zona de los pies.

-Se siente como si te agarraran las tripas, y te las quisieran dar vuelta así- dice Luis mientras retuerce sus manos en le pecho- y después te las quieran sacar por la boca.

Su cuerpo robusto se encoje, habla calmo, dándole tiempo a las palabras y las formas, buscando alguna figura que explique aunque sea de manera ínfima su dolor de padre.

-Un fiscal me dijo, ¨De La Sota no mandó a matar a su hijo¨. Claro que no mandó a matar a mi hijo, si a mi no me conoce. Pero sí tenía forma de evitarlo: tenían perros, tenían gases, tenían bastones y reprimieron a los tiros. O sea, que había intención de matar. No mandó a matar a mi hijo, mandó a matar – reflexiona.

La justicia se demoró 16 años en llegar. Un peregrinar constante entre fiscalías, juzgados indiferentes, poder político cómplice y policías amenazantes.
Cómo en un juego de ajedrez, la respuesta de los policías ante las denuncias de la familia, fueron las amenazas. Madrugadas eternas con llamadas telefónicas intimidantes.
Una noche, Mario, el otro hijo de los Moreno, fue demorado por un grupo de oficiales mientras regresaba en auto a su casa. Cuando palpó su campera, percibió un regalo inesperado en su bolsillo: cinco cartuchos; tres verdes y dos rojos.

-Era como un mensaje, habían pasado cinco años. Nosotros éramos cinco y nos dejaron cinco cartuchos. Lo tomamos como un mensaje mafioso- comenta Luis

Una de las tantas burlas de la justicia cordobesa fue cuando sobreseyó en 2011 al jefe del operativo, Luis Farías, acusado de la manipulación de todas las pruebas, y le puso una sanción de 750 pesos. Una cifra insignificante comparada con los 15 mil pesos que tuvo que pagar la familia Moreno en el 2014 por una tasa fiscal que le impuso la Corte Suprema por un recurso extraordinario.

-Pagar una tasa fiscal por un hijo que te han matado – Rosa hace silencio y mira hacia delante intentando buscar algún argumento lógico_ Eran 15 mil pesos, tuvimos que pedir un préstamo para pagarlo porque sino nos iban a venir a embargar lo poco que teníamos. La Corte nunca se expidió sobre esa presentación.

Finalmente en julio de 2017, la Cámara Primera del Crimen condenó a Canóvas a doce años y ocho meses de prisión. Sigue libre porque la sentencia no está firme

En ese Tribunal estaban Rosa, Luis y sus hijos. Se abrazaron fuerte, lloraron, mezcla de satisfacción y dolor. Casi 16 años tuvieron que pasar para desterrar las falsas versiones alrededor de David. El pelo blanco de Rosa y sus párpados cansados evidencian el paso lentísimo de la justicia.

Sobre “39, el documental”

“39” es un material audiovisual que reproduce las historias de las personas asesinadas el 19 y 20 de diciembre del 2001. Cuatro periodistas mujeres recorrieron el país durante un año en busca de los testimonios que fueron invisibilizados por más de 15 años, con la intención de dar a conocer sus historias de vida y de denunciar la impunidad que, hasta hoy día, recorre algunos de los casos. A su vez, el film respalda, con un importante material de archivo, el recorrido que hizo la Argentina para terminar en un estallido social.

Con el debut de Ayelén Velazquéz como directora, la producción ejecutiva de Celeste del Bianco, la producción general de María Luz Coronel y Paula Schrott y la post producción de Craneo Films, el documental cuenta con la participación de Iván Noble en la presentación de testimonios.

*Periodista. Productora Ejecutiva de “39, el documental de las víctimas del 2001”.