Escribe: Enrique Arias Gibert (*)

Ilustra: Maite Larumbe

Las palabras tienen peso. Hacerse cargo de la palabra y del silencio propio hace al sujeto ético. Ser ético no tiene nada que ver con una dimensión valorativa especifica que, casi siempre, degenera en una moralina de censores y un concierto de indignados. La moralina es materia prima necesaria para el show obsceno del escándalo.
El neoliberalismo no es solo una forma de expoliación económica, es también una ideología y, como tal, un mecanismo de producción de sujetos que, en su alienación, soporten la confiscación de libertades, derechos y dignidad. El neoliberalismo temprano de la dictadura, el neoliberalismo maduro de finales del siglo XX y el neoliberalismo tardío que vivimos necesitan la producción de hombres y mujeres reducidos a una infancia interminable.


El neoliberalismo quiere que la palabra pierda peso, que lo dicho no engendre compromiso y menos aún el silencio. Por eso reemplazan la palabra por la imagen, como si la imagen no fuera también un relato, una composición, un signo. Y como es sabido, el signo es siempre aquello con lo que se puede mentir. Pero a diferencia de la palabra, la imagen no hace cadena y por eso la imagen no admite contradicciones.
¡Pero, si ven mis ojos salir el sol todas las mañanas y ocultarse a la noche! Y con esa certeza la inquisición condenó a Galileo.
Los promotores del país de Disneylandia odian el pensamiento, la explicación por las causas. Sólo aceptando la naturalidad de las relaciones sociales alguien puede acostumbrarse a vivir en la incertidumbre y disfrutarla. Cuando no se pertenece al círculo augusto de los que dan trabajo. Ellos no tienen ningún problema de gozar la incertidumbre, es decir la inseguridad, del otro.


La clave del discurso neoliberal es imagen de la vuelta al estado de naturaleza del contractualismo clásico en la que el hombre es el lobo del hombre. Pero esta naturaleza post social ya ha determinado que los hombres lobo estén sueltos y los no lobos atados. El hombre es lobo del hombre pero la propiedad, es decir las relaciones sociales de poder, no se toca. Así es fácil sentirse lobo.
Para que este carnaval soez se haga posible es necesaria una ley ausente. Ausencia se encarna en una casta en la que, como en la iglesia o el ejército, se hace carrera por cooptación. Una casta que adquiere cuerpo cuando se trata de la defensa de sus privilegios, pero guarda silencio o mira hacia otro lado frente al crimen ejercido desde el poder de las fuerzas de seguridad o de las estructuras patriarcales de dominación.
Una casta que hace ostentación de republicanismo y guarda silencio cuando desde el poder ejecutivo le señalan que si no se juzga conforme el buen criterio nombrarán otros jueces. Jueces que guardan silencio cuando el presidente indica que se han nombrado nuevos jueces para que los trabajadores no hagan más juicios. El silencio de los así designados convalida la negación del derecho. No se trata de tener un criterio u otro. El dictado del Presidente implica negar la acción judicial, la posibilidad de ser escuchado por el hecho de ser un trabajador. Nadie se ha sentido agraviado cuando el Presidente dice que los ha designado para negar la ley en su aspecto más básico, el derecho a ser oído por un tribunal imparcial.

Juicio a los Jueces

Cuando la enfermedad se hace habitual, cuando la cobardía se esparce, cuando el derecho es olvidado por quienes deberían defenderlo y todos estos males se hacen regla, no cabe hablar solamente de la patología del sujeto. Hay una patología estructural que debe ser arrancada de raíz. Algunos invocaran el miedo, la presión, para el silencio. Pero el silencio de los corderos, no es el silencio del inocente, es el silencio cómplice con el banquete de los lobos. El crimen en la estructura no exculpa a quien no esté a la altura del juramento democrático de asegurar los beneficios de la libertad a los hombres y mujeres de carne y hueso que habitan el suelo argentino.
La democracia no exige jueces que se parezcan al pueblo. Esa afirmación nos deja presos en lo imaginario, en lo infantil. ¿A quién se parece, al papá o a la mamá? Lo que la democracia necesita no son jueces que se parezcan al pueblo sino jueces que sean pueblo intérprete de la ley del pueblo. Solo así habrá democracia, es decir, poder popular.
Sres. jueces, ustedes son culpables de destruir la Patria a través de la destrucción de las instituciones, de hacer de la ley una herramienta maleable al servicio de los poderosos, de construir un sistema en el que cada ciudadano es culpable en un sistema de prohibiciones sin límite, penado con la muerte por la decisión de cualquier funcionario policial. Señores Jueces, la Democracia, es decir la Patria los demandará por traicionar la Ley que les fuera puesta en su custodia.

* Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo. Doctor en Ciencias Jurídicas.

Mirá el “Juicio Ético a los Jueces” de Madres de Plaza de Mayo: