Por Cinthia Wanschelbaum*

Cuando se creó el sistema educativo argentino se tuvo la (liberal) utopía que la educación de los niños y niñas iba a resolver un problema que desde el mismo momento de creación del sistema ya existía: el analfabetismo y la no terminalidad de los estudios, en jóvenes y adultos.

El razonamiento de los constructores de la nación fue el siguiente: si creamos escuelas con ingreso universal por la sola existencia de las escuelas primarias y secundarias, en un tiempo acotado se acabará con el problema de la educación de adultos. En efecto, en momentos de conformación del sistema educativo, la educación de adultos fue concebida como una estrategia de coyuntura que debía desaparecer “naturalmente” con el hecho de que las poblaciones en edad de hacerlo concurrieran a la escuela. Sin embargo, se convirtió en un problema de estructura. Diversas investigaciones e investigadoras sobre Educación de Jóvenes y Adultos coincidimos en destacar que la expresión educación de adultos se fue configurando (históricamente) como un eufemismo para referirse a la educación de los sectores subalternos. La educación de adultos se constituyó como un campo para responder y recoger los problemas provenientes de la diferenciación producida y reproducida en la denominada educación común.

la expresión educación de adultos se fue configurando (históricamente) como un eufemismo para referirse a la educación de los sectores subalternos.

En la historia de la educación argentina no sólo no se logró ese (falaz) objetivo liberal, sino que, producto de un sistema económico, político, social, cultural y educativo desigual, a lo largo del siglo XX se creó lo que se denominó el “subsistema educativo” para los horriblemente mal llamados “desertores”, conformado por el conjunto de políticas de educación de jóvenes y adultos, entre las cuales se encuentran las escuelas de adultos y las nocturnas.

El nefasto mote de “desertores” ubicó al problema en el individuo, mientras que la existencia de jóvenes y adultos que no terminan sus estudios es un problema político-pedagógico-social-ideológico. Son la consecuencia de un sistema y de políticas que privilegian a la educación de unxs, ricxs, por sobre la de otrxs, pobres, tal y como nos tiene acostumbrados el Gobierno de las Ciudad, desde hace más de diez años a la actualidad.

No obstante su razón de ser, esas escuelas y/o políticas educativas para jóvenes y adultos, como las nocturnas, se configuraron en espacios ocupados por trabajadoras y trabajadores que encontraron allí espacios de aprendizajes y resistencia a este sistema desigual y discriminatorio.

El nefasto mote de “desertores” ubicó al problema en el individuo, mientras que la existencia de jóvenes y adultos que no terminan sus estudios es un problema político-pedagógico-social-ideológico.

Estas escuelas que históricamente educaron a quienes cotidianamente sufren las “miserias planificadas” -al decir de Walsh- de un poder desigual, opresor, que mercantiliza cualquier relación con el fin de beneficiar a los que más tienen con aún mucho más, son las que el Gobierno de la Ciudad quiere cerrar.

La ecuación es simple: Larreta y Acuña promulgan una resolución que legisla el cierre de las escuelas de lxs jóvenes y adultxs expulsadxs del sistema educativo. Esto supone una doble (o quizás ya triple, cuádruple) expulsión.

La política es clara: Larreta y Acuña, que son Macri, construyen destruyendo una parte del sistema educativo que educa a quienes encontraron en las escuelas nocturnas el lugar para continuar y terminar sus estudios después de estar todo el día trabajando para subsistir en una ciudad cuyos gobernantes cierran escuelas cuando, dadas las estadísticas educativas, habría que abrir aún más.

Es que lo que estamos viviendo es un nuevo ataque hacia la educación pública por parte de un gobierno que sólo gobierna para los intereses y necesidades de su clase.

El cierre de las escuelas nocturnas constituye uno de los eslabones de una cadena de decisiones político-educativas (entre las cuales también se incluye la creación de la UNICABA y la destrucción de los 29 profesorados) que tienen como fin la privatización y mercantilización de la educación de un modo distinto al que vivimos durante los 90. Ahora, no se trata solo de fogonear y estimular la educación privada, sino de reducir al mínimo indispensable un sistema de educación público por el cual históricamente hemos luchado llenando las aulas de pibas y pibes que el poder de los macris insiste en expulsar.

El presente está siendo de lucha. De mucha. Sí. Y así seguiremos, resistiendo, ocupando las calles, boicoteando los actos públicos, enseñando en las aulas de día, sí, y también, y sobre todo, en las noches estrelladas.

*Cinthia Wanschelbaum es investigadora del CONICET/IICE-UBA, docente de la Universidad Nacional de Luján y presidenta de la Asociación de Graduadas y Graduados en Ciencias de la Educación (AGCE).