Escribe: Santiago Pilar

China ya no es sólo quien compite por la primacía como potencia económica. También busca la primacía ideológica y política frente al imperialismo norteamericano. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, un nombre apelativo a la histórica Ruta de la Seda, plantea un desafío geopolítico para EE.UU.: China se conectaría con 60 países de Occidente a través de rutas marítimas y terrestres.

El surgimiento de China como potencia mundial capaz de rivalizar en el plano económico con los Estados Unidos, el mayor imperio conocido en la historia de la humanidad, ha dejado de ser novedad hace tiempo. El gigante asiático compite en forma permanente por el primer lugar en cuanto al tamaño de su PBI, enfrentándose a EE.UU. al estilo de dos futbolistas de élite que se disputan el Balón de Oro año a año. Estamos hablando del principal exportador mundial, con alrededor del 13% del total, sede de 12 de las 100 empresas más valorizadas del mundo, y que cuenta con un plan de desarrollo hacia 2025 que busca crear compañías líderes a nivel mundial en diversas industrias de alto valor agregado como transporte aéreo, energía, tecnología, entre otros rubros. Un actor de primer nivel sin dudas.

Desde 2013 surgió una novedad: la capacidad de Beijing de convertirse en un rival de Washington en términos de gravitación geopolítica, con el lanzamiento de la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta, un nombre apelativo a la ruta de la seda y el esplendor milenario que la época de oro de esa columna vertebral del comercio internacional significó para el país de Mao Tse Tung. Se trata de un proyecto que ha sido tildado en repetidas oportunidades como “el plan Marshall chino”, es decir, na iniciativa de desarrollo de infraestructura, conectividad y, naturalmente, relaciones políticas, que sirvan para cimentar la hegemonía de China en el escenario internacional.

La intención es desarrollar una ruta marítima y otra terrestre que conecte China con Europa occidental, involucrando a 60 países que son los que disponen del 75% de las reservas energéticas conocidas y alrededor del 70% de la población mundial. De hecho, como señala la agencia de noticias oficial Xinhua: “desde 2013, el país asiático ha invertido más de 50.000 millones de dólares en la construcción de líneas ferroviarias, carreteras y puertos en naciones que han sido olvidadas durante muchos años por Occidente”. La intención de disputar el lugar dirigente a nivel internacional es notoria.

Trump y Xi Jingpin

El concepto de una nueva ruta de la seda, más tarde elaborado como Franja y Ruta, fue planteado por el presidente chino Xi Jinping en septiembre de 2013 en una visita a Kazajstán. Un mes después, Xi Jinping planteó esta misma idea ante la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN por su sigla en inglés), incorporando que la ruta también sería marítima. En noviembre de 2013 el tema fue asumido con mayor iniciativa, cuando el comité central del Partido Comunista de China (PCCh) ordenó acelerar los tiempos y el desarrollo de la infraestructura que conecte a su país con sus vecinos. Desde entonces, el proyecto ha sido una locomotora indetenible, sumando a su camino a gobiernos de las más variopintas inclinaciones políticas, que a pesar de estar muy lejos de comulgar con la idea de desarrollo que propone la visión del marxismo que emana desde Beijing, no pueden negarse a subirse a un tren que parece ser una de las claves del desarrollo en el siglo XXI.

Es así que en el marco de este megaproyecto China ha sellado acuerdos tanto con monarquías árabes como con democracias occidentales, abarcando desde Filipinas hasta Polonia, entre decenas de otros. En el último Foro de la Franja y Ruta, en mayo de 2017, contó incluso con la participación de un Mauricio Macri. A pesar de la plena voluntad de de alinearse con los EE.UU. en todos los aspectos en que sea posible, Macri no pudo evitar presentarse en persona en ese evento y elogiar al gobierno comunista. Así, hizo gala de un pragmatismo que no es tan usual en un presidente que tiene como marca registrada la ideologización absoluta de las relaciones internacionales en su mandato.

Todos los países, ya sea de Asia, Europa, África o las Américas, pueden ser socios internacionales de cooperación en la Iniciativa de la Franja y la Ruta”, destacó Xi Jinping en su discurso inaugural del Foro, en un contexto en el que varios países de América Latina expresaron su interés en ese proyecto. Una mojada de oreja para unos EE.UU. que, con sus acciones injerencistas recientes en Venezuela y Nicaragua y las de sus personeros en Brasil, Argentina, Chile, y Colombia, entre otros, ha demostrado que no está dispuesto a abandonar sus pretensiones sobre la región.

Pero, ¿por qué la Franja y Ruta es una forma de disputarle a EE.UU. la hegemonía mundial? ¿Es sólo porque le quita el mercado potencial de países en desarrollo de Asia y África? ¿Es porque plantea tejer relaciones más fuertes de China con Europa occidental? Sí, pero también hay mucho más atrás de eso. Así lo revela una nota más que interesante publicada por “The Economist” el primero de marzo de 2018, titulada “How the West got China wrong” (“Cómo occidente entendió mal a China”), un medio por cierto insospechado de simpatizar con la fuerza que la nación asiática va ganando paulatinamente en esta disputa. Una de las ideas principales del artículo es que durante 25 años las potencias occidentales apostaron a que abrirle los brazos a China llevaría a China a tener una actitud recíproca hacia el capitalismo y la democracia liberal-burguesa, pero que esa apuesta fracasó estrepitosamente.

PCCh.

Entre las evidencias de este error, según esta publicación, está que Xi Jinping, lejos de ceder, reforzó el control del PCCh sobre el Estado y sobre la economía del país, la cual es utilizada como una herramienta de poder y es cada vez más controlada por el Estado. En este contexto, el artículo remata con el ejemplo de la Franja y Ruta: se queja de que la dimensión del proyecto hace ver como un “pigmeo” al Plan Marshall y que va a desembocar en una red de relaciones internacionales de China con cuantos países deseen involucrarse, pero siempre en los términos propuestos por Beijing.

Sin perjuicio de la arista económica, el artículo rápidamente revela uno de los puntos más inquietantes respecto a esta “apuesta fallida”, y plantea que es tarea de occidente prestar mucha atención al 19° congreso del PCCh. En este congreso, se planteó que China y su modelo de desarrollo representan ahora “una alternativa para muchos países” y una forma distinta de encarar los problemas políticos y económicos. Esto, explica The Economist, muestra que China ya no es para EE.UU. sólo un rival económico sino también ideológico y político. Es en esta tónica que se debe comprender, tal como lo hacen los escribas del establishment, lo que significa la iniciativa de la Franja y la Ruta: una herramienta para disputar poder en la arena internacional, no para reemplazar un actor sin tocar el modelo de gobernanza global, sino para representar una alternativa política para toda la humanidad.

Esta nota fue publicada originalmente en la edición papel n° 30 de Revista Hamartia.