Escribe: Gabriel Fajn (*)
Foto portada: Gastón Vera

El neoliberalismo se caracteriza por el desmantelamiento del Estado y la primacía de un discurso que asigna al mercado el rol central y unívoco como mecanismo de regulación social. En esta lógica, el Estado está más atento a la función de gendarme, que contempla la represión de los conflictos, el disciplinamiento social, y el socavamiento de los lazos sociales. Asimismo, se derriba una arquitectura de seguridad social y crea un futuro incierto, erosionando progresivamente los derechos de los trabajadores y profundizando la precarización del empleo.

El neoliberalismo no sólo destruye un régimen social anterior sino que también se apropia del aparato del Estado: un permanente productor de reglas institucionales, jurídicas y normativas que dan forma a un nuevo tipo de racionalidad dominante. Tal despliegue, en el nuevo ejercicio del poder, configura procesos de “normalización” y de técnicas disciplinarias en las que se reorganiza el trabajo, las tecnologías, las estructuras de las organizaciones, los métodos de gestión y los dispositivos de control de los cuerpos. Esto establece una nueva microfísica del poder al interior de las empresas.

El neoliberalismo se propone construir un nuevo tipo de subjetividad, dócil a las nuevas condiciones del capitalismo y entregada a la competencia permanente. Un “empresario de sí mismo”, lanzado para obtener la máxima rentabilidad, capturado por el goce de la ganancia y adaptado para lidiar con lo incierto, las frustraciones, el stress y las depresiones.

En términos ideológicos y políticos, el neoliberalismo se despliega como una estrategia global que propone configurar un sujeto homogéneo, que requiere de dispositivos y mecanismos renovados para tal andamiaje. El neomanagement, el discurso empresarial y sus técnicas de aplicación operan en el rol de sutura entre la estrategia global y la conformación de una nueva subjetividad. Dispositivos de evaluación, coaching, nuevos métodos comunicacionales, recursos motivacionales y diversas técnicas que no sólo construyen obediencia, sino que buscan captar y modelizar el mundo de las emociones.

Estrategias de resistencia y organizaciones sociales

En su libro “Construyendo utopías reales” (2015), Eric Olin Wright analiza y describe los mecanismos de reproducción social y las diferentes propuestas de las estrategias de cambio y emancipación social. De manera minuciosa, Wright recorre tres lógicas básicas de transformación: la rupturista, la simbiótica y la intersticial.

El modelo de transformación rupturista remite a las tradiciones políticas revolucionarias de socialistas y comunistas: los actores colectivos fundamentales en la sociedad son las clases organizadas en los partidos políticos y su lógica estratégica es la arena del Estado y el enfrentamiento de clase con la burguesía. Por otro lado, la metamorfosis simbiótica está más vinculada a la tradición política de la socialdemocracia: los actores colectivos son coaliciones de fuerzas sociales, las luchas se dan en el terreno del Estado y la lógica estratégica es de colaboración de clases.

Pliegues. FOTO: Gastón Vera.

En tercer lugar, el modelo de transformación intersticial que es el que nos interesa destacar está más relacionado con la tradición política del anarquismo y los movimientos sociales. Estos colectivos intentan construir alternativas al margen del Estado y de las clases dominantes. Las transformaciones intersticiales tratan de configurar nuevas formas de habilitación social en los nichos y márgenes de la sociedad, incluso cuando no parece que planteen amenaza inmediata alguna las clases y elites dominantes.

Durante las últimas décadas, emergió una diversidad importante de organizaciones sociales: empresas recuperadas, organizaciones nucleadas en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), cooperativas de consumo popular, organizaciones artísticas, etcétera. Estas y otras experiencias no sólo completan, sino que refuerzan la perspectiva de estrategias intersticiales que plantean alternativas sociales a las instituciones dominantes existentes y configuran opciones emancipatorias.

Diversos ejemplos de movimientos, redes y organizaciones sociales abonan a esta idea de ser emergentes en los pliegues de la sociedad, resistiendo los avances destructivos del neoliberalismo y proponiendo alternativas de organización, relaciones de trabajo, autogestión y consumo. Son experiencias cuya organización trasciende una finalidad económica o productiva y articulan demandas de ampliación de derechos y mayor habilitación social.

Las cooperativas u otras formas de asociativismo, que complementan la organización económica con las demandas de género, (como por ejemplo la Cooperativa textil “Estilo Diversa”, cuyo plantel incluye socios, mujeres y hombres trans, lesbianas, bisexuales y heterosexuales), contienen a grupos vulnerables que muchas veces son rescatados de situaciones de calle y redes de prostitución, configurando verdaderos espacios de contención y defensa de derechos sociales.

Otra muestra son las cooperativas en contexto de encierro que se fueron multiplicando en los últimos años como, por ejemplo, las cooperativas Kbrones y Esquina Libertad, que surgen en penales y logran fisurar la lógica entre el adentro y el afuera de la cárcel. Estos colectivos crean capacidades y recursos entre los detenidos para insertarse laboralmente, construyendo un proyecto de futuro laboral y alterando el círculo vicioso de reclusión, reincidencia y redes de profesionalización del delito.

En síntesis, las diversas experiencias de carácter intersticial emergen en los márgenes de la sociedad, en aquellos pliegues ocultos o que el sistema se niega a ver y a mostrar. Articulan, por lo general, demandas económicas, de trabajo y de otro tipo que pueden ser de género, sociales, laborales, etc. En los momentos en que el Estado acompaña tales avances se constituyen en actores relevantes de interlocución social; y en tiempos de retroceso y repliegue, como la actual ofensiva descarnada del neoliberalismo, representan verdaderas trincheras políticas, organizativas y sociales para resistir estos embates. Estas organizaciones sociales son el zócalo para configurar en procesos de largo aliento, redes y movimientos que se vertebren con otras experiencias de carácter colectivo, solidario y autogestivo.

(*) Gabriel Fajn es Licenciado en Sociología y Profesor Adjunto en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Esta nota fue publicada originalmente en la edición papel n° 30 de Revista Hamartia.