Escribe: Enrique Arias Gibert (*)

¿Quién sabe lo que puede un cuerpo?

Baruch Spinoza

Una serie de demandas atraviesa la sociedad argentina. Estas resistencias de las cooperativas, de los movimientos sociales y de trabajadores desocupados, de los pueblos originarios y de las mujeres, de la sociedad civil al incremento del control policial, y de los trabajadores al aumento de los poderes empresariales en las relaciones de trabajo, a primera vista independientes, se entrecruzan, se solapan, se potencian, se confrontan.

No se trata de demandas principales o secundarias o de artilugios para distraer de los problemas económicos. Se trata de demandas auténticas, plurales. Sin embargo, pareciera que la aceptación de una demanda particular –como tal – tampoco daría la satisfacción esperada por quienes las promueven. Es que ellas dan cuenta de una crisis general en la que lo nuevo no termina de nacer porque lo viejo no termina de morir.

Lo que las articula en su particularidad es la resistencia a una política sobre los cuerpos, en la que estos son sustancia de goce, objeto de control. Es que la política sobre los cuerpos se manifiesta en una despolitización del cuerpo. Cuerpos que, si no se trata de los que dan trabajo, han de acostumbrarse a vivir en la incertidumbre y disfrutarlo. Ni el marqués de Sade fue tan claro.

El Leviatán, de Hobbes.

En la portada del Leviatán, Hobbes manda a inscribir un hombre inmenso que porta el báculo y la espada, para simbolizar el poder material y espiritual. El cuerpo de este hombre está formado por innumerables hombrecitos. Habrá a quien le toque ser cabeza, cuerpo, brazo o pie, incluso báculo o espada. Cada uno de ellos tiene un lugar y función. Cuerpos sumisos sometidos al orden organicista. Como ejemplificara el cabecilla del golpe de estado de 1955: “Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país, el hijo de barrendero muera barrendero”.

Esta articulación es expuesta por todos los autores prerrevolucionarios, de Locke a Kant, pasando por Adam Smith y Blackstone, en el ámbito de lo doméstico. En el ámbito de lo doméstico se encuentran los hijos, que son hombres y mujeres inmaduros a los que hay que someter en su salvajismo natural, la mujer, a quien el cuerpo que se pone por naturaleza sobre ella debe dirigir y poseer y los sirvientes o trabajadores, que por su falta de talento o dotes naturales han de seguir la voluntad del amo. En este ámbito de lo doméstico el pater familias es, al decir de Locke, un monarca absoluto con un poder reducido y corto. Por eso, el hogar del inglés es su castillo. Toda la lucha de la modernidad es la lucha por desabsolutizar estas relaciones de dominio, uso y goce sobre el cuerpo del otro. De los derechos del niño, a las relaciones de género al derecho del trabajo, lo que se pretende es limitar ese poder de disposición.

Fabricas, obreros y la revolución industrial también sobre los cuerpos.

Una política sobre el cuerpo es lo contrario a la política de los cuerpos. La política sobre el cuerpo requiere su despolitización, su objetivación. Por eso se habla y se trata de individuos, de emprendedores, de consumidores, de víctimas solitarias. Una política sobre el cuerpo no entiende los vínculos cooperativos y pretende destruir el extendido vínculo asociativo que existe en nuestra Patria para reemplazarlo por empresarios prestadores e individuos consumidores. Es que el asociado, por ejemplo, a una cooperativa de prestación eléctrica no es sólo el comprador de un producto sino un sujeto que al decidir con otros, hace de su cuerpo y del cuerpo común un sujeto político.

El cuerpo-objeto tiene precio, algo se da para obtener, es un cuerpo integrado al circuito de intercambios, cuando no lo es de apropiación, como en la violencia callejera del improperio o la violación, o de segregación, cuando se lo coloca como otro absoluto, algo que no merece ser considerado, como el cuerpo de los pueblos originarios.

El orden de los cuerpos sumisos es el de las masas, de los individuos en relación directa con el lugar de excepción, del Uno, del líder o de lo que siempre ha sido así. El sujeto-masa es el que hace lo que hay que hacer. Así sea dirigir Auschwitz.

La democracia para el consumidor-masa es la elección entre dos marcas de zapatillas. Es algo ajeno que se elige como espectador. La democracia de masas es, paradójicamente, la de un demos sin pueblo. Es el efecto de las políticas sobre el cuerpo. Las resistencias, por el contrario, se llenan de voces plurales, polifónicas, implican al sujeto como tal con sus relaciones y sus faltas. Del mismo modo, la libertad es potencia, no posibilidad de zapping. Las resistencias están llamando al Pueblo. Es la política de los cuerpos.

Ni una menos

Los ricos sólo dan lo que tienen, es decir lo que les sobra y esa sobra empieza a circular en los intercambios. Por eso los ricos no entrarán al reino de los cielos y bajo el nombre de democracia suministran su contrario, la oligarquía.

El Pueblo sólo aparece cuando se politizan los cuerpos, cuando dicen “ni una menos” o, “no en nuestro nombre”. Y la condición de politización es dar lo que no se tiene, compartir la falta como se comparte el pan. De allí los términos compañero, compañera. El Pueblo sólo nace como lazo con otro, del compartir la falta. El pueblo sólo nace como acto de amor. El Pueblo es el efecto de una política de los cuerpos, de un afecto.

Lo que une las rebeldías es el pasaje del poder de unos pocos con dinero (la oligarquía) al poder de los indistintos (democracia), de las políticas sobre el cuerpo a una política de los cuerpos.

Parafraseando a Freud se puede decir donde era la masa ha de advenir el Pueblo.

Ese es el proyecto de la Constitución que yo conozco y amo.

(*): Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo y Doctor en Ciencias Jurídicas.