Escribe: Enrique Arias Gibert (*)

Ilustra: Luciana Capece

Difícilmente exista una expresión más impúdicamente falaz que la de veredicto de la justicia.

En primer lugar veredicto. Lo veredicto es La Verdad Ya Dicha. ¡Cómo si la verdad pudiera ser pronunciada! El veredicto tiene el aroma rancio de la muerte, de lo que no debe hablarse. Roma locuta, causa finita. Roma ha hablado, la causa ha concluido.

Es cierto que la verdad habla, pero ella misma no puede ser encerrada en un sintagma. Y también es cierto que la verdad no calla.

Esperar al veredicto es condenar la verdad al silencio, porque en la espera la verdad no es dicha y, con el resultado, la verdad ha hablado, una lápida en la que la verdad sin alma reposa ajena para siempre.

Tampoco habla la Justicia, hablan los jueces. ¿Usted va al médico o la Salud? Y por más infatuados que estén los médicos con su saber, no creo que después de un chequeo clínico se animen a establecer un veredicto sobre la enfermedad. Cuanto mucho establecerán su diagnóstico.

Veredicto

En cuanto a los jueces, que yo sepa, carecen de sentidos que les permitan un acceso privilegiado a la verdad. En mi caso, no tengo aptitudes telepáticas, no tengo ninguna capacidad específica para escrutar la verdad mediante el vuelo de las aves. Como mucho, podemos escudriñar un expediente intentar descifrar en los signos que allí se encuentran, una hipótesis razonable que, para ser tal, debe poder ser comunicable.

La fantasía de la relación del juez con la verdad solo cohonesta monstruos. Es el atajo a la arbitrariedad más ramplona. Es el engolamiento del führerprinzip con el ropaje de la íntima convicción. Como decía Pascal, si no podemos hacer que la justicia sea fuerte, hagamos que lo fuerte sea lo justo.

Finalmente, y esto es lo más importante, el juez no se plantea ni puede plantearse (salvo supuestos de sicosis, que también los hay) un saber de la verdad toda. Ni tampoco es su interés. Un juez no está para decir la verdad de lo verdadero sino para establecer si con el material puede condenar a alguien a una pena o hacer lugar o rechazar una demanda.

Un juez que conserve el juicio no tiene por objeto saber si una violación se produjo o no sino si con lo que tiene en la causa corresponde condenar o absolver. No es certeza o creencia, es una opinión que en el mejor de los casos será meditada, seria, humana, contemplando el contexto del hecho y las relaciones concretas de poder en las situaciones intersubjetivas que se están juzgando. En el peor de los casos, el prejuicio, la moralina, llevará a confundir el juicio sobre la existencia de un hecho con un juicio sobre el valor de las personas. Entonces el juez mudará a Inquisidor del Santo Oficio.

Por eso es absurdo exigir una espera de un “veredicto de la justicia”, pero además lo que está en juego no es un juzgamiento (nadie pretende, que yo sepa, encerrar a Darthes por el veredicto de la calle) sino manifestación pública respecto a prácticas sociales ocultadas que corrompen la sociedad como todo secreto a voces. Es también manifestación pública respecto del modo machista y misógino con que muchos jueces fallan. Y contra la ideología neoliberal de los tribunales como servicio de justicia (una especie de delivery) hay que afirmar el carácter político, de poder del Estado, que tienen los tribunales y por eso, sometidos al control y a las demandas de la sociedad.

Por eso esperar al veredicto es un modo apenas disfrazado, de poner mordaza a una cuestión de género que exige a gritos ser reconocida.

 

* Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo. Doctor en Ciencias Jurídicas.