Escribe: Daniel Rosso (*)
Ilustra: Matías Chenzo

El gobierno maneja una combinación coyuntural de fordismo emocional –produce sentimientos de angustia en serie–, vandorismo televisivo –con Carrió como máxima expresión– y máquinas de desaparición –donde lo que dice el kirchnerismo es anulado per se–. ¿Qué hacer en esta disyuntiva?

El macrismo, para alimentar su relato, produce sentimientos en serie. Es una especie de fordismo emocional. Maquiniza estados de ánimo y los transfiere al cuerpo de sus principales dirigentes. El Presidente Macri, ante la implementación del ajuste, se muestra dolorido, apesadumbrado, triste, acongojado, amargado, dolido, consternado, atribulado como el resto de los argentinos y argentinas. La angustia comienza en él. Luego se derrama sobre todos los ciudadanos. El macrismo “siente” y cuenta lo que siente. Lo angustian los recortes. Las tormentas que atraviesa lo dejan “atormentado”.
Pero, según su perspectiva, no hay posibilidad de elegir. Hay un sólo camino. Es el ajuste o el precipicio. Entonces, se juega a fondo por los argentinos y argentinas tomando medidas en contra de ellos y ellas. A continuación, les muestra la angustia que esas decisiones le producen. Al mismo tiempo, promete justicia: todos sufriremos igual. Mientras el gobierno padece por implementar esas medidas, los ciudadanos sufren cuando son afectados por ellas. Es la sociedad de las angustias comunes. Por supuesto: Cambiemos se muestra sensible mientras avanza en la ejecución de medidas insensibles. Habla con el corazón mientras avanza con el cuchillo.

El macrismo, para alimentar su relato, produce sentimientos en serie.

El oficialismo también promete igualdad en las pérdidas. “Todos perdemos”, dice. Por eso, el sistema político se concentra en la negociación del Presupuesto y cada uno de los negociadores es un perdedor eligiendo el modo de perder. Todos pierden y todos sufren. Cada uno de los gobernadores en la mesa de negociación pierde algo. Perón fue el primer trabajador. Macri es el primer angustiado.

“Estos fueron los cinco peores meses de mi vida”, dice en su discurso. El país de Cambiemos es un país “dolorizado”. La Argentina sólo dejará de doler cuando asuma que debe exponerse al dolor. Y para eliminarlo tiene que atravesarlo. Es con dolor que el dolor se va. La solución consiste en aplicar cirugía mayor: eliminar un componente de la cultura argentina, el populismo, que desde hace 70 años acostumbró a los argentinos a pedir de más. Se habituaron a pedir flan. A las demandas excesivas. A vivir por encima de sus posibilidades. Por eso, Cambiemos intenta construir el pacto antipopulista con el cual llevar a fondo la reducción de derechos: lejos de discutir cómo protegerlos planifica el modo de suprimirlos. Implementa un nuevo gradualismo: el de la eliminación secuencial de beneficios.

Perón fue el primer trabajador. Macri es el primer angustiado.

En estos escenarios, el Presidente Macri se presenta a sí mismo como alguien que no tiene poder. Como alguien que no puede. Pero se diferencia del resto de los que no pueden: él sabe lo que hay que hacer hoy para poder en el futuro. Hay que saber perder para después ganar. La democracia posible y deseable para el macrismo es la que se resigna. Si hoy ganamos pierde el país. Si hoy perdemos nos espera el futuro.
En paralelo, el juez Bonadío utiliza el aparato judicial para construir el relato que necesita el gobierno y sus aliados: es el discurso que intenta extraer del sistema político a una de sus culturas históricas. La judicializa, la segrega y, si puede, la encarcela. Intenta trasladarla desde el espacio público, donde nació y donde se manifiesta, hacia el ostracismo y las cárceles. Lo hace con el discurso anticorrupción históricamente utilizado por las clases dominantes en la Argentina y en la región.

El vandorismo televisivo

Elisa María Avelina Carrió introdujo el discurso liberal republicano en la alianza Cambiemos. Con él, el gobierno ha movilizado la agenda anticorrupción a través de la cual intenta eliminar la cultura política que activa derechos y demandas populares desde hace más de 70 años. Pero recientemente, la diputada de la Coalición Cívica ha modificado su ángulo de fuego: ahora dispara contra el oficialismo a quien acusa de abandonar ese discurso que ella colocó hace un tiempo dentro de la alianza gubernamental. Lo que parece estar en discusión es la permanencia o el alejamiento del relato liberal republicano del interior de Cambiemos. Pero es más que eso: Carrió denuncia a Macri por abandonar ese discurso mientras ella también lo abandona. La diputada ya no le atiende el teléfono al Presidente. Los exponentes máximos del diálogo han dejado de dialogar. Ella cree que él hizo cambios en la AFIP para favorecer a su primo, Ángelo Calcaterra, y que no quiere presa a Cristina Fernández de Kirchner porque necesita polarizar con ella en las próximas elecciones.

Elisa Carrio

Pero Carrió también renuncia al discurso liberal republicano cuando propone que la ex Presidenta vaya presa calificándola como culpable antes de que los procedimientos judiciales así lo establezcan, y aceptando manejos procesales sumamente cuestionados. La diputada defiende la República al mismo tiempo que la hace trizas.
Es la principal exponente del vandorismo televisivo: golpea mediáticamente para inmediatamente después negociar. Busca imponer el discurso liberal republicano al mismo tiempo que lo traiciona. Ese relato es sólo un campo de operaciones: todos lo usan en simultáneo a que lo abandonan. Carrió superpone República con procesamientos irregulares de la ex Presidenta.

La máquina de desaparición

Ante las protestas por la decisión gubernamental de que los usuarios afronten la deuda contraída por las distribuidoras de gas con las productoras, como consecuencia de la devaluación, el secretario de Energía, Javier Iguacel (1), ha dicho que “más de la mitad de quienes se quejan por el aumento del gas en las redes sociales son kirchneristas”. Y agregó: “Son militantes que quieren meter miedo”. La táctica consiste en superponer al problema –en este caso, el nuevo aumento tarifario– la identidad kirchnerista. Es la aparición del fantasma que hace inviable al país desde hace décadas. El kirchnerismo miente, exagera o busca meter miedo, por lo cual, los problemas a los que este sujeto hace referencia no tienen existencia. “Es desinformación de la ex Presidenta”, continúa Iguacel. Es decir: el sujeto que denuncia el problema lo hace desaparecer. Al decirlo le quita existencia. El kirchnerismo, en esta perspectiva, es el grado cero del actor democrático: su discurso le quita existencia a lo que nombra. Hay demandas excesivas y palabras excesivas. El exceso de la palabra kirchnerista evapora a las realidades que nomina. Así, Cambiemos transforma a su principal adversario político en una máquina de desaparición.
Entonces: combinación coyuntural de fordismo emocional, vandorismo televisivo y máquinas de desaparición. ¿Qué hacer? Para empezar, cuestionar una de las premisas básicas de la pospolítica: su idea de igualdad. Esa noción de que todos somos perdedores, todos estamos angustiados, todos debemos apoyar un proyecto único. Cuando la grieta deja de existir aparece la pospolítica. Sin embargo, hay perdedores y hay ganadores. Hay angustiados y grandes beneficiados. Hay un proyecto y otro que se le opone. Por eso es necesario instalar un discurso propositivo alternativo.
En política, sólo se imponen las palabras nuevas.

(*) Sociólogo y periodista. Fue Subsecretario de Medios de la Nación, gerente periodístico de Radio Nacional y jefe del área de investigaciones y desarrollo de la Agencia Télam.

(1) Al momento de publicar esta nota en la edición papel, Iguacel aún no había sido eyectado de su puesto de ministro. Hoy, se encuentra reciclado en la estructura de Cambiemos.