Escribe: Sofía Picca

Sobre “La suerte de la fea”

En un pequeño escenario montado sobre otro escenario, Dulitzky le da vida a Viola, una intérprete musical destinada al foso y al desprecio de la mirada masculina. La protagonista, lejos del rechazo interpelado a nivel de la ficción, invita a seguirla a cada minuto en sus gestos y palabras. Es que hay algo de orden del texto que una no se quiere perder cuando ve esta clase de obras. El guiño, el remate, la historia: es la poética kartuniana que interpela a un espectador despierto y curioso.

Centrándose en el orden de lo particular, esta historia es la historia de la suerte de una de las tantas feas. De aquellas que a comienzos del siglo 20 en Buenos Aires ejecutaban los instrumentos en los bares de atracciones, mientras las bellas y atractivas (falaces) figurantas robaban los suspiros y otras hierbas de la clientela masculina. Entre paréntesis, el argumento parece lejano pero encuentra una caja de resonancia en días en los que programadores de grandes festivales musicales anulan la presencia de mujeres artistas. Para pensar, el repique del teatro y sus temas. Cierro paréntesis.

Y la mirada se pone en juego, como siempre en el escenario, porque de ahí el origen de toda teatralidad, la mirada que organiza ese espacio otro dotado de códigos y convenciones. “La suerte…” escenifica aquello que narra, juega con aquello que se esconde y que se muestra. La fealdad como contrapunto de la belleza, en esa tensión de opuestos que no pueden prescindir el uno del otro. Si pensamos incluso en las teorizaciones que se hicieron a lo largo de la historia, lo bello como tal ocupo las reflexiones de los artistas y filósofos, como no así lo feo, que se consideró el resultado opuesto de su antecesor (leer para eso Historia de la fealdad de Humberto Eco).

En el escenario de lo que narra la protagonista se permite solo lo bello, lo visible, lo legitimado. En el escenario real de la obra y envuelta por texturas rojas y aterciopeladas, la ignorada y su talento tienen lugar como si de una nota desafinada se tratara, irrumpiendo en la armonía de las cosas.

Nuestra fea se encarga de describir la llegada de la nueva figuranta con la cual logra un vínculo de retroalimentación que termina confirmando el círculo vicioso de los opuestos. Es ella, Yolanda, mediante la mímica exacerbada y cachonda que sirve de musa inspiradora para Viola. Y así llega la validación (oculta), el éxito, y hasta la posibilidad de tener orgasmos solitarios en el foso con solo escuchar el eco de los suspiros masculinos. Si y solo sí, su cuerpo queda fuera de la superficie. Porque si su cuerpo irrumpe en la escena el régimen de visibilidad entra en crisis: es que los trasnochadores y compadritos quieren ver lo que están acostumbrados a ver, puesta en escena.

Desafiando los estándares y su suerte, la protagonista busca romper con aquello que se supone es digno de ser visto, e incluso tiene una mirada incisiva sobre los mecanismos de producción teatral. Interesante para repensar la sed de docilidad (estética y de carácter) que históricamente se sintió hacia la mujer.

Por más Violas arriba de los escenarios.

Fichaa artística-técnica

Dramaturgia: Mauricio Kartun

Actuación: Luciana Dulitzky

Dirección: Paula Ransenberg

Composición musical e intérprete en escena: Fede Berthet

Asistencia de dirección: Marcelo de León

Diseño de Escenografía y Vestuario: Alejandro Mateo

Realización escenográfica: Los Escudero

Realización de vestuario: Lucina Tropini

Diseño de iluminación: Fernanda Balcells

Pelo: Granado

Fotos: Alejandro Ojeda, Sofía Montecchiari

Diseño gráfico: Zkysky

Repostería: Vilmanjar

Prensa: Simkin & Franco

Más información

Funciones: domingos a las 18hs

Dónde: Teatro El Picadero.

Dirección: Pasaje Santos Discépolo 1857, C.A.B.A.

Web: www.teatropicadero.com.ar

Informes: 5199-5793

Entradas en la boletería del teatro y por PlateaNet: $400

Duración: 50 minutos