Escribe Johanna V. Cura*
Foto Portada Veronique Pestoni
Ilustra Daniela Passarelli

Quien calle ahora será responsable para siempre

Somos mujeres, lesbianas, travestis y trans que marcamos los límites del territorio. Cada 8 de marzo paramos en todo el mundo. Se trata de una protesta sin fronteras. Nos matan todos los días por ser diversas al orden establecido. Ser un resto consiste al macho. Y no debemos perder de vista la canallada del sistema capitalista. La “corporación patriarcal” es la que nos pone en una condición de otredad entendida como inferior, minoría o diferente. Capitalismo y Patriarcado producen la diferencia por medio del aumento de la jerarquía y su reproducción, llevándonos  al límite. La muerte, el exterminio como “expresión incontestable de su éxito”- dice Segato- nos perpetra como pueblo dominado. Es ése el verdadero triunfo del capital. El machismo está arraigado al sistema, en un contexto que lo avala y que se ocupa de sostenerlo y reproducirlo. Devenir mujeres es disputarle territorio al capitalismo y al machismo. Devenir feministas es disputar poder.


 

Históricamente, hemos sido abusadas y recortadas por las diversas violencias que nos fueron enmarcando desde la cuna. Somos mujeres, lesbianas, travestis, y trans unidas contra la violencia de género. Corpus colectivo que, en su insistencia, produjo cambios. Estamos abiertas a desordenar el crudo orden del machismo enquistado. Desde cada útero o pene- categorías orgánicas con las que construyeron el discurso, resonamos en el deseo de ser quienes queremos ser y no estar empaquetadas ni en la historia triste y de terror de la humanidad ni desde la biología. Llamémoslo Trascendencia. Concentramos nuestra fuerza en grito colectivo desde lo más íntimo.

Cada vez que de nosotras hay encuentro construimos otro tipo de arquitectura política, diferente al mando, al poder y a la muerte, piezas de un orden corrupto que nos ha desdeñado.

Todo lo diverso al macho ordena al macho. Si nosotras morimos, ellos “son”.
Pero no son más que la identidad del estrago. Si nos matan, nos violentan sexual y moralmente, entonces pueden “ser” para con el otro varón

La violencia es constitutiva de las relaciones entre los géneros. Dijo Foucault: “El poder de exponer a una población a una muerte es el envés de poder garantizar a otra su existencia.

No queremos ni amos ni esclavos, queremos una comunidad. Queremos Instituciones Justas. Nunca Más argumentaciones de barro  como “emoción violenta” cuando existe un femicidio, ni de “puta” cuando hay un abuso sexual, ni de “niña fabuladora” cuando hay abuso por parte de un macho dentro la sagrada familia, ni que se nombre como “madre despechada” a quien denuncia. Basta de narrativas estigmatizantes y humillantes en los medios de comunicación. De la falsa distribución del poder político. Deseamos Paridad en los puestos de trabajo, Deseamos trabajo. No nos queremos muertas en un hospital por valores conservadores que subestiman nuestra vida. No queremos ni mujeres, ni niñas ni ninguna persona con capacidad de gestar, con embarazos no deseados. El aborto YA debe ser  legal, seguro y gratuito. Nos queremos Vivas.

 

Somos Lenguaje. Pluralidad de Voces.

El baño del lenguaje patriarcal nos embarró. Ahora luchamos por quitarnos ese barro occidental.

Somos presa de un sistema de pensamiento que nos devuelve más(+) o menos (-). El sistema binario.

Desde nuestra visión feminista la política tiene otras formas, distintas a las de muerte o autodestrucción humana. Aprendimos a elegir ser madres o no serlo y que la genitalidad no define nuestro género, ni nuestra elección sexual. Podemos deconstruirnos porque somos lenguaje.

Hay un cambio discursivo que va mucho más allá de escribir con la E, la X o con @.

Durante siglos nos nombraron por extensión, nos dijeron que existimos gracias a una costilla, que somos propiedad privada.  La explicación católica cristiana monta la estructura política más arcaica de desigualdad de género: Adán y Eva. Ella lo sedujo y él comió entonces del fruto prohibido. El castigo fue el matrimonio. el dolor excesivo en el parto, la sumisión y la pérdida del deseo. Le dijo a la mujer, en su Génesis 3:16: “Multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.”

Para el cristianismo, la maternidad, el sufrimiento y la monogamia son indisociables. El varón tiene derecho a maltratarnos y para justificarlo lo asocian el amor. Por sobre ellos, el mayor mandato patriarcal: Dios.

La burguesía emitió el discurso moderno de la libertad para que, desde nuestro pensamiento binario, también accionáramos como un “adentro” y un “afuera”. Como si el sistema capitalista nos hubiera permitido salir de la esclavitud. Las mujeres, niñas y pobres nunca nos liberamos, por eso la lucha de clases es indisociable de la problemática de género.

El sistema capitalista también mata, apresa y margina cuerpos. El mismo “Contrato Social” de Rousseau sugiere que una mujer “jamás debería sentirse independiente sino vivir en el temor a ejercer su astucia natural (…) Que de ella hay que hacer una esclava coqueta con el fin de que sea una esclava más deseable y la compañía más dulce para el hombre” (Wollstonecraft, 1792).

Desde que somos niñas nos ven a través de un cristal deformante y estigmatizante . Esa falsa cristalidad ha conformando ciertas representaciones y prácticas para cada identidad.

Además aprendemos por imitación: “¿Cómo nos puede extrañar, entonces, que surjan rivalidades perpetuas, cuando la única ambición de las mujeres se centra en la belleza?” (Wollstonecraft, 1792). La escritora inglesa ya ponía en evidencia la fórmula del patriarcado: la ruptura de los lazos sociales. Devenimos mujeres no sin la otra

Ahora nosotras ya no estamos solas. Somos pluralidad de voces juntas.

Ya no cabe lugar histórico para la rivalidad con la otra

El positivismo nos pisoteó y la histeria como categoría de enfermedad nos hizo cuerpo. Nos llevaron al peor de los desencuentros. Los feminismos tienen mucho trabajo por delante, sobre todo cuando desde cierta perspectiva se alimenta el liberalismo manteniendo el mismo orden de oscurantismo.

El patriarcado nos ha sacado la lengua. Nos ha cegado y mutilado. Por eso la sinergia del movimiento feminista nos permite deconstruirnos sobre un lenguaje/cuerpo en donde lo no dicho por el sistema nos desnombra permitiéndonos la no reproducción de lo igual. Yo lo llamaría Resiliencia. Quien calle ahora, será responsable para siempre.

 

* Johanna Cura es psícologa con formación en género y abuso sexual en la infancia.