Por Nuria Giniger*
Ilustra Maite Larumbe

 

¿Por qué un gobierno dirigido por la misma calaña que Duque, Guaidó, Moreno, Bolsonaro perdería las elecciones y entregaría sin chistar la banda presidencial?
Desde la alocución de Macri en el Congreso con motivo de la apertura de sesiones ordinarias, casi no hay quién vea con entusiasmo (e incluso con resignación) la opción de volverlo a votar en las elecciones de octubre, con excepción de aquellxs a quienes representa económica e ideológicamente. Hasta ahí, nada que no se ajuste a la lógica de las consecuencias de políticas de ajuste y represión: por qué votar a los verdugos, cuando ya sabemos que son verdugos.

Sin embargo, nos preguntamos, ¿por qué este gobierno (comandado por el hombre de los furcios y los ademanes malamente actuados o por otrx), que decidió endeudar a nuestro país por cien años, es decir, que se percibe a sí mismo en un largo plazo, cedería el sillón de Rivadavia?

Hace unos largos meses, advertíamos que desde el fin de la dictadura, democracia y elecciones se habían convertido en sinónimos: la dictadura se reduce a aquel momento político en el cual no hay elecciones; mientras que la democracia es aquel en el cual votamos. Nadie en su sano juicio piensa que las dictaduras son solo un lapso histórico en el cual no se vota, que es un problema de elecciones. Vayamos por caso al último genocidio, que bien ya podemos –con total soltura- nombrar así: el proyecto vino a modificar de cuajo –económica, cultural y socialmente- la Argentina. ¿Para eso había que evitar votar? No, para eso había que aniquilar a una porción de la población y aterrorizar al resto.

Las clases dominantes aprenden, tienen experiencia, se modifican y reconfiguran a sí mismas, con balances históricos y con análisis de situaciones: ¿cómo hacer para detener los procesos emancipatorios y progresistas del continente, y profundizar la desigualdad estructural, sosteniendo una mascarada democrática? Ahí está la clave: elecciones. Si hay que hacer golpes (Honduras, Haití, Paraguay, Brasil), que sean breves y con convocatorias amañadas a elecciones. Y por ahora, el experimento les viene saliendo bastante bien. Hasta Venezuela.

En la República Bolivariana, la cosa se les puso más fulera y la mascarada democrática –entre conciertos, guarimberos y sabotajes a la energía– se les fue al tacho: pusieron de presidente autoproclamado a un tipo que nadie votó, ni nadie eligió, ni nadie siquiera conocía. ¿Quién dice que no son capaces de autoatentar contra la vida del ignoto, para generar más confusión y excusa de invasión? El caso más innegable: 1933, el incendio del Reichstag, para el avance del nazismo. Desde allí, hubo millares. Si no queda más remedio, usar artimañas largamente probadas e ir instalando –con paciencia– que para “cambiar enserio”, el fin justifica los medios.

El domingo fueron las elecciones en Neuquén, donde probaron el voto electrónico. Hace un año, aproximadamente, Santiago Uchitel, investigador de CONICET y uno de los mejores especialistas en software del mundo, advertía que el riesgo “es demasiado grande y los desafíos tecnológicos no están resueltos” (Gaceta Fueguina, 10 de abril 2018), Pero como el Cientificidio es política de Estado y al CONICET lo están destruyendo, ¿qué importa lo que digamos lxs científicxs? Igual, las irregularidades se hicieron públicas, pero el MPN salió victorioso en una elección como mínimo dudosa.

En octubre se supone que tenemos elecciones presidenciales, con inflación, devaluación y represión (sin ir más lejos, el mismo domingo electoral neuquino, la policía arrasó contra los artesanxs y turistas de San Telmo). Insisto, difícil que estos cínicos (en masculino, especialmente) vuelvan a ganar una elección. A menos que hagan fraude 2.0, claro.

Desde el movimiento popular, en lo que va de febrero y marzo hemos tenido más de una decena de movilizaciones, donde la democracia la ejercimos en nuestras organizaciones, donde todas y todos participamos. La última, la del 8M, éramos más de doscientas mil abanderadas de la democracia popular contra las políticas del macrismo tan patriarcal. Claro que esperamos las elecciones, pero no esperamos sentadas ni tejiendo. Como decía una pancarta el 8M, las Penélopes no tejemos más porque “el mar es nuestro”. Entonces, es hora de articular esas luchas, esas protestas, nuestra democracia y sacar a Macri y a su gobierno de odio y destrucción. Es hora de tener propuesta política popular, democrática, feminista y unitaria, que recoja las banderas de todas y de todos los que sufrimos y somos atacados por esta CEOcracia infame. No es hora de especulaciones. Es hora, es ahora: elecciones anticipadas y en papel.

Investigadora de CONICET/Militante de Liberación – Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología.